¿Necesitará William Blake presentación de algún tipo? Por desgracia, y en los tiempos que corren, sí. Miembro extraño entre los londinenses del siglo XVIII y XIX, formaría parte de esa noble estela de pensamiento, a veces errática, a veces subterránea -al menos en la modernidad-, que ha vertebrado la noble Europa y que llamamos platonismo. Su platonismo se plegaría eso sí a un ambiente nada pagano: el de Sagradas Escrituras, si bien no sería un sometimiento forzado, antinatural... la imaginería de Blake, cruel con los de su tiempo -con razón, basta decir-, arrastra el pensamiento pagano y el cristiano a un mundo de referencias íntimas, personales de un "visionario" que halla en el verso y la imágen -nunca en el discurso argumentado- su modo expresión. A lo largo de una larga vida, no siempre cómoda, Blake conoció la pobreza y la marginación de su obra. Tenido por loco, pocos serían quienes se interesaran por su obra. La posteridad debería hacer justicia a su rico legado imaginativo, expresión de una cosmovisión que tenía como centro lo divino y el desprecio al ruido de la máquina y la fábrica que comenzaba a anegar el mundo moderno.
El libro de Chesterton -primer encuentro mío con tal autor, siempre mencionado entre los grandes- hará un repaso por la vida del poeta y grabador. Lo tratará desde su más tierna infancia, considerando algunas de sus influencias y obras, así como su carácter y relaciones. El libro, rico a las consideraciones, nos muestra un carácter complicado, sereno salvo por erupciones puntuales que tiene trato -no siempre amable- con distintos mecenas. El pobre Blake, no muy acertado en sus decisiones prácticas, va de un estado de cosas no muy bueno a otro cada vez peor. Si bien no conoció la pobreza extrema, y siempre mantuvo su producción, sí que conoció situaciones que ponían en compromiso su dignidad. A través de ellas, Chesterton da cuenta de varios puntos y momentos de su obra. En cierto momento del libro se dice que La guerra que amaba Blake era una guerra de lo invisible contra lo invisible (p. 149). Ciertamente así lo mostraba su escritura visionaria y trascendente, enemiga del materialismo; pero también la postura que en asuntos de práxis mostraría: su apoyo a la revolución francesa era un apoyo al establecimiento de normas universales y trascendentes en el mundo. Teniendo fijado ese punto inicial, agonístico, entre una realidad que debe plegarse y acoger lo ideal, encontramos la matriz de la obra de Blake. Matriz esta muy generosa a las corrientes de pensamiento subterráneo, aunque Chesterton lo dirá con mayor gracia y talento:
Algunas de sus ideas constituyen lo que el viejo mundo medieval habría llamado herejías o lo que el mundo moderno (con igual instinto de sensatez pero con menor precisión científica) llamaría modas pasajeras (p. 151).
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Chesterton atiende la figura de Blake desde su comprometida visión católica... que no es sino una forma de decir que Chesterton lo juzga de forma atenta, puntillosa, aquí y allá, encontrando los defectos que un católico encontraría en cualquier heterodoxo. El juicio se hace sin embargo con un virtuoso empleo del lenguaje y con una mirada crítica, rica de elucubraciones de todo tipo -no siempre estrictamente relacionadas con Blake- que delimitan a ese que fue el loco de Londres. Merece la pena, sin duda, conocer a ese loco visionario en esta edición bellamente editada por Espuela de Plata.
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