miércoles, 10 de julio de 2019

Fragmento "Sobre los deberes" de Marco Tulio Cicerón


No hay género de injusticia peor que la de quienes en el preciso momento en que están engañando simulan ser hombres de bien. 
(I, 13, 41)

jueves, 4 de julio de 2019

Frases ilustres de Aurelio Agustín en "Las confesiones"

"Tú has ordenado, y así es, que todo ánimo desordenado sea castigo en sí mismo" (I, 12)

"Hay, pues, algún dolor que merece aprobación, ninguno que merezca ser amado" (III, 2, 4)

"Tú eres grande, Señor, y miras las cosas humildes, y conoces de lejos las elevadas, y no te acercas sino a los contritos de corazón, ni serás hallado de los soberbios, aunque con pericia cuenten las estrellas del cielo y arenas del mar y midan las regiones del cielo e investiguen el curso de los astros" (V, 3, 3)

"El que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho" ( VI, 10, 16)

"Muchas veces los amigos nos pervierten adulando, así como los enemigos nos corrigen insultando" (IX, 8, 18)

"Por la continencia, en efecto, somos juntados y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado, derramándonos en muchas cosas. Porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti" (X, 29, 40)


jueves, 20 de junio de 2019

"El mundo de la antigüedad tardía" de Peter Brown

    A tantas lumbres ha sorprendido la caída del imperio romano que muchas de ellas han barruntado, como han podido, las causas de su declive. Gibbon arrojó parte de la culpa al cristianismo, pero las posturas avanzaron a criterios más consistentes después de su siglo. Las explicaciones, ya fueren de índole económica, política, social o militar han examinado el cadáver romano, descubriendo los órganos de su putrefacto cuerpo, aquellos que causaron el paro cardíaco de un corazón que oxigenó, en su momento, tres continentes: Europa, África y Asia . Todavía fresco el cadáver, es visitado con frecuencia por los anatomistas de la historia, por los fisonomistas del tiempo. Peter Brown es uno de esos fisonomistas, pues ha dedicado toda su vida a manosear este exquisito cadáver con sus estudios.

   Brown, en El mundo de la antigüedad tardía desgrana en tres grandes bloques su ensayo: 1) el imperio occidental de Roma, 2) el imperio oriental y 3) la aparición del islam. Se nos dice, al principio, que los romanos eran especialistas en la ingeniería, y conectaron todos sus territorios con seguras vías, pero ninguna mantenía más unidas las provincias del imperio que el mar Mediterráneo. En un período de veinte días una nave podía surcar de una punta a otra este mar. Este era la más firme unidad del imperio, el que garantizaba tener un circuito de grandes urbes bien conectadas. Pronto nos dice Brown, con sagacidad, que el enemigo de los imperios -en realidad para cualquier cosa- no son sus enemigos más obvios, sino aquellos que uno no percibe como tales: el espacio y el tiempo. El espacio es letal. Para Roma ese espacio estaba más allá del mar, bien entrados en tierra. Alejados de las urbes con puerto (Alejandría, Roma, Antioquía, Marsella, Cartago, et alia) el mundo romano se desvanece a cada paso que se avanza:
     "En las Galias los campesinos hablaban aun celta; en el norte de áfrica, púnico y libio; en Asia menor, antiguos dialectos como liconio, el frigio y el capadocio; y en Siria, el arameo y el siríaco." (p. 29) 
    La unidad lingüística, social, religiosa y aun filosófica que Roma pudo desparramar por todas las orillas del Mediterráneo era contrapunto de los territorios que se adentraban en tierra, con otras lenguas, con otras costumbres, diversas en deidades y con otras formas de contemplar la vida. Dadas esas circunstancias el desencuentro, con el tiempo, es inevitable, porque sólo quienes viven y piensan de modo parecido se sienten unidos. La uniformidad es el pilar no de Roma, sino de cualquier imperio o territorio. Allá donde los ciudadanos no se sientan envueltos por el mismo tejido institucional, por los mismos intereses y convicciones, se da, indefectiblemente, la disolución del Estado, ya fuere la Roma antigua o la España del siglo XXI. Este sutil enemigo que no se presta a combate con el hierro fue carcomiendo a los romanos, que no tuvieron problemas en frenar a germanos, sasánidas o tribus africanas.

   En el siglo III se produjo una revolución interna que favorece el ascenso de militares a todas las áreas administrativas del Estado, que talan con cuidado y esmero la administración senatorial, y que refuerzan el ejército hasta convertirlo en un sofisticado aparato de 600.000 efectivos, bien pertrechados, bien administrados, bien conducidos. Sin embargo, la distancia daba dentelladas al mundo grecolatino: la mayoría de dignanatarios surgidos en los siglos III-IV  no pisaron Roma, y los ciudadanos antes de sentirse cercanas a las instituciones romanas se apegaron a grandes señores de provincias, a los que se denominaría patronus. La preocupación de los emperadores por la presión en las fronteras ocasionó que no pudieran fijar su mirada en lo que ocurría dentro del imperio: los ciudadanos, inseguros ante el deambular de la vida, se sentían indefensos por las guerras, el empobrecimiento y la distancia de los grandes centros de poder. La Iglesia palió, del alguna manera, esas carencias, y de ahí obtuvo una enorme fuerza:
    "(...) durante las emergencias públicas, tales como las revoluciones y epidemias, la clerecía cristiana se mostraba como el único grupo unido en la ciudad capaz de preocuparse del sepelio de los muertos y organizar distribuciones de alimentos. En Roma, hacia el 250, la Iglesia sustentaba a mil quinientos pobres y viudas. Las comunidades de Roma y Cartago pudieron enviar gran cantidad de dinero a África y Capadocia para rescatar a los cautivos cristianos después de las incursiones bárbaras del 254-256. Dos generaciones antes, y enfrentando a problemas similares después de una invasión, el Estado romano se había lavado las manos respecto a los provinciales más pobres: los juristas declararon que incluso los ciudadanos romanos debían permanecer como esclavos de los individuos que los rescataron de los bárbaros. Formulado sencillamente: hacia el 250, hacerse cristiano garantizaba una protección mayor de los correligionarios que el ser civis romanus."  (p. 74)
   Esta política de protección interna de los ciudadanos llevada a cabo por la Iglesia -tras la iniciales olas de violencia contra el paganismo en el oriente- continuó hasta la entrada en escena de los árabes, momento en que verdaderamente se rompe la uniformidad cultural que, mal que bien, había sobrevivido:
   "La llegada de los árabes cortó simplemente los últimos hilos que habían ligado a los provinciales del próximo oriente con el imperio romano. En el imperio árabe nadie era 'ciudadano' en el sentido clásico. Ello significaba la victoria final de la idea de comunidad religiosa sobre la concepción clásica del Estado. Los musulmanes eran esclavos de Alá, y los demás dhimmis, es decir, grupos protegidos definidos cabalmente en términos de sus fidelidades religiosas. (...) El mundo antiguo había muerto en la imaginación de los habitantes del Mediterráneo oriental." (pp. 177-178)

   A esta oxidación natural de los cuerpos históricos que son los imperios ayudó algo que hoy, oh sorpresa, no podemos imaginarnos: una élite política incompetente. En el mejor de los casos, resultaba incapaz; rapaz, en el peor.  Las cabezas más importantes de occidente fueron torpes a la hora de absorber a los bárbaros extranjeros. ¿No nos suena de algo esto? "Corsi e recorsi", que dijera un hombre de inteligencia. El imperio oriental, mucho más sagaz, supo integrarlos en la vida social y política, con lo que consiguió andar por las arenas de la historia por mil años más, hasta 1453. No pocos abandonaron el duro y podrido suelo de la administración imperial de los siglos III-VI para refugiarse en las instituciones eclesiásticas y comenzar la conservación del mundo antigüo. Ejemplo notable es el de Casiodoro, noble romano ocupado en las tareas públicas, que sufrió una conversión que le llevó a fundar un gran convento llamado Vivarium donde se hicieron muchas traducciones al latín, y cuyo conjunto de escritos conformaría una de las grandes bibliotecas de antigüedad tardía. Los conventos se convirtieron, virtual y efectivamente, en las incubadoras de la cultura, pues en los siglos de inseguridad, de invasiones y guerras civiles nadie conjugaba la vida activa y la contemplativa. Los hombres de vida retirada y hábitos fueron los custodios firmes del saber. Ausonio, San Agustín, San Ambrosio son los nombres que dan brillo al último estallido de literatura latina de calidad. De sus manos vienen obras que todavía esculpen emociones en quienes leen sus obras, pues son de calidad perenne. Esta clase de hombres es la que está retratada en la portada del libro, en forma de varón desconocido, que suponemos culto, empleando sus días en el ejercicio de la literatura, en el estudio de la teología y otros saberes, pero con una mirada sin brillo, minada de ilusión. Cansados del mundo renuncian al mundo. Ese tipo hombre es arquetipo, según Brown, de parte de las clases altas en la sociedad romana en sus últimos siglos. 

    Es imposible reconstruir aquí no todas, sino alguna de las fructíferas líneas históricas que hila Brown. Pese a sus poco más de 200 páginas, es un libro extraordinariamente denso. Hay mucho en muy poco. La información se nos presenta como un fogonazo cegador, que nos hace difícil el acopio de datos. Esto es tanto una virtud como un defecto. Hace difícil la claridad del ensayo y uno tiene la sensación de cierto desorden, así como de cierta falta de armonía: la parte dedicada a los árabes es, con mucho, muy inferior a la dedicada a los bizantinos. Y la de estos, a la de los romanos de occidente. Pero la suya es una deleitosa falta de armonía, un confortable desorden y una clarividente densidad que auguran que el lector pueda volver a recorrer sus líneas con la seguridad de que descubrirá cosas nuevas, de que ordenará mejor los datos y de que recordará otros que, entre la madeja de observaciones, ha perdido de vista. Es un libro completamente recomendable.



domingo, 9 de junio de 2019

"La isla de las tres naranjas" de Jaume Fuster


   La inundación de nombres y autores abarrotan las lejas de cualquiera, y suelen predominar nombres extranjeros. Esto es especialmente destacable en géneros como el fantástico. Las causas de tal cosa no nos preocupan, aunque de ello resulte que los autores autóctonos no se comen, en la mayor parte de los casos, ni medio churro. No es el caso de Jaume Fuster, que entre letras y politiqueo consiguió cierto éxito hace algún tiempo, cosa que tampoco nos interesa, porque vamos a hablar de La isla de las tres naranajas, una novela publicada por Planeta hace algunos lustros.

   Si podéis imaginar una novela que entremezcle lo caballeresco, lo fantástico y la costa catalana y balear os podréis hacer idea de lo que materializa Fuster. Sólo por estas características merece decirse que tiene cierta particularidad, al menos que se nos presenta una atmósfera muy distinta a los bosquecitos con seres de orejas picudas o las protervas escenas "de adultos" de la novelería fantástica actual -ejem, ejem Martin-. No destaca la novela por la abundancia de seres fantásticos pues, aunque los hay, no se hace uso excesivo de ellos. Su presencia se halla en un segundo plano. Vemos alguna que otra sirena, una raza anfibia, medio terrestre medio acuática, un dragoncillo poco digno y poco más. Todos ellos son los dedos de la mano del destino, pues como novela de fantasía no podía faltar a esta cita el destino.

    La novela comienza con un gesto propio de las epopeyas antiguas: con un poeta invocando a fuerzas naturales y sobrenaturales con que inspirar el canto de su poema, poema que refleja hazañas recientes, gestas destacables, en las que "hace punto" lo ordinario y lo extraordinario, como dos hilos con los que hacer costura. Este inicio tan impersonal se adereza de un estilo pretendidamente arcaico que, con más cojera que soltura, acompaña el relato. Se relata, tras este inicio, los momentos en que el poeta cantor, Guiamón, conoce a un soldado errante, Roger, y también a su escudero Poncet. Con muy pocos preparativos son avisados de que en las islas Baleares, la isla de las tres naranjas, antiguo reino de prosperidad y paz, se han sumido en guerra civil, que los piratas llegan a ellas y que las pobres gentes se hallan en indefensión, necesitados de un brazo fuerte que los defienda. No hace falta que digamos mucho más, pues los que todavía no son héroes parten hacia allá para cumplir gestas. 

   En general, la narración es entretenida, aunque desde un aspecto psicológico los personajes son más simples que la arena, la prosa cojea entre estilo arcaico y expresiones modernas, y tampoco es que destile excesiva imaginación. Sin embargo, tiene cierto encanto, y a muy de destacar es la introducción de elementos caballerescos, cosa de la que hacen ayuno la mayoría de las novelas fantásticas "adultas" actuales: las armas especiales son portadas únicamente por las manos que se muestras dignas, las pociones curativas discriminan entre los buenos de corazón y los malvados y encontramos un sutil recubrimiento moral de la historia:
"El combate entre Garidaina y Bajac había sido el enfrentamiento entre la gracia y la fealdad, entre la agilidad y la fuerza, entre la brutalidad y a inteligencia; la lucha entre el portador y el caudillo fue entre el bien y el mal, entre la luz y la sombra, entre el futuro y el pasado". (p. 219)
   Quizá porque estemos cansados de la prosa moderna de los tibios, que hacen a los malos bondadosos y a los bondadosos malvados -véase la fantasía que está arrasando actualmente en librerías y pantallas- nos ha gustado el eco medieval de la caballería, por más que se nos presente con bondades literarias modestas.


jueves, 16 de mayo de 2019

"La nave de los necios" de Sebastian Brant

"Las reticencias de nuestra época respecto de la moral son en primer lugar de vocabulario. El bien, el mal, la culpa... ¡Todo eso parece tan anticuado! Y muchos creen haber resuelto el problema porque han renunciado a las palabras que servían en otro tiempo para plantearlo. Según ellos la virtud es una lengua muerta"
                       (Vivir de André C. Sponville)


    Los lúcidos ateos dicen tantas cosas dignas de estimación que siempre debe uno tener buen acopio de sus escritos en sus baldas, porque le sirven para tomar distancia... de los ateos no lúcidos; los creyentes ya no son mayoría, así que no es de ellos de quienes puede temer uno, o si son mayoría son de las cascarujas semireligiosas que resultan las ideologías. Los ateos creyentes que se postran a sus jardines de mentiras (las ideologías) gustan de concebir que todo es "construcción social", todo es "pacto" y que así no hay bien ni mal absoluto, porque lo que hoy es bueno mañana no, y viceversa. Así es el pensamiento ondulante y fofo que dice verdad a la mentira y mentira a la verdad, según la danza de los siglos y de las conveniencias particulares, todo ello cubierto con la robusta capa de la tolerancia al "otro". Pero tal manto es de factura low cost, se agota rápido, y así no podrá durar mucho el pudridero mental que enarbolan quienes se suman a ese carro. La sabiduría antigua de las sociedades resulta un buen paraguas para la lluvia de mierda que descargan sobre nuestras cabezas las ideologías modernas. Ha sido muy de mi gusto, como protector contra esa lluvia, un librito de finales del siglo XV, alemán, llamado La nave de los necios. Sus páginas se deben a la diligencia de Sebastian Brant, humilde profesor de derecho que en sus vigilias escribió las distintas torpezas en que incurrimos en nuestros días, en nuestras acciones, en nuestras vidas. Realiza una completa y cumplida recolección de vicios, hábitos negativos y acciones que pueden llamarse incontestablemente malas o viciosas, sin titubeos o fórmulas disfrazadas, halagüeñas.

   La obra muestra premeditación, como ya avisa el título. La "nave", desde los escritos de Platón y Aristóteles, es la metáfora del Estado o de la sociedad en la que estamos todos. Cuando Brant la apela como propia de "los necios" ya avisa de su mala conducción. Su tripulación surca los mares del tiempo, sin reposo, esperando anclar en el puerto de Narragonia. "Narr" es necio en alemán, así que Narragonia no es sino "la tierra de los necios". Sus futuros habitantes esperan expectantes su encuentro con indumentaria bufonesca, con gorro, prendas y cascabeles, que hayan una bella expresión en los más de cien grabados que acompañan al texto, la mayoría de ellos atribuidos a Durero. También aparecen con forma de borrico, para dejar bien claro a los ojos lo que algunos no podían leer.

   El libro tiene una clara vocación edificante y moralista, y eso le permitió en su día poder difundirse de una manera considerable, en diversos formatos. Tanto fue así que el autor se lamenta en la tercera edición de que se hallan mutilado algunas líneas en algunas ediciones porque "se ha dado la vuelta a mi trabajo y se han mezclado otros versos que carecen de arte, clase y medida. Muchos versos míos se me han cortado, el sentido se pierde a la mitad; cada verso se ha tenido que plegar a la forma en que se quería imprimir y a lo que exigía el formato." (p.417). No era esto raro en la época, ya que según el tamaño de la edición, el texto debía ser manejado de una manera u otra. Las dificultades incrementaban cuando había cantidad de grabados, como es el caso de La nave de los necios.

    Las aventuras editoriales del texto nos han de interesar menos que las aventuras interiores que nos muestra, con un juego de espejo. Cada pequeño capitulito retrata un vicio, una estupidez o simplemente alguna torpeza, y es tan nutrido el catálogo que será difícil escaparnos del espejo de sus páginas. Y si alguien cree conseguir escaparse es que está agarrado a algún cepo sin darse cuenta, lamiendo la herida del pie. En general todos los motivos del libro toman como base escenas bíblicas que nos son referidas por un completo aparato de notas y, en ocasiones, referencias clásicas. Con todo, destaca el trasfondo de sabidurías práctica de las Escrituras. De los muchos vicios que retrata algunos nos pasan desapercibidos porque como dijo en una ocasión Nicolás Gómez Dávila: "'Humano' es el adjetivo que sirve para disculpar cualquier vileza". Entre ellos hay dos que a algunos nos atañen muy cercana y directamente, como la acumulación de libros que no se acaban leyendo. De estos se ríe Brant nada más iniciarse el libro, pues lo adecuado no es tener muchos libros, sino sacar provecho de los mejores. Así, representa al que colecciona con gorra de necio, más preocupado por espantar a unas moscas que por sacar mucho provecho del texto. Tras de aquí se halla la crítica a la búsqueda sin freno de saberes, que nuestra cultura gloria, pero que en literatura se tematizó bajo la figura de Fausto:
"Me contento con ver muchos libros ante mí. El rey Ptolomeo se procuró todos los libros del mundo y consideró esto un gran tesoro; mas no encontró la doctrina verdadera ni pudo instruirse con ella."
                                                                                          (La nave de los necios, p. 95)



   Compren este libro y asistan al espectáculo de vanidades. Cuentan con la ayuda Antonio Regales Serna, que guía al lector por el infierno de los vicios, cual Virgilio, con una cómoda y extensa introducción junto a un aparato de notas que no dan lugar a que se pierda referencias el lector, especialmente los que no conocemos las Escrituras. Durante la lectura del libro verán amigos, familiares, parejas, pero también a sí mismos. Los esfuerzos de Brant por coleccionar facetas humanas muestran que el hombre no cambia, ni siquiera aquel que escucha a la serpiente decir: "Seréis como dioses" y se alza para decir que estará bien o mal lo que "pacte" o "decida" con otros. ¿Qué remedio le queda  al moderno aunque conciba que "el infierno son los otros"?



miércoles, 8 de mayo de 2019

Frases ilustres de "El collar de la paloma" de Ibn Hazm

Las almas son como ejércitos puestos en filas, donde los que se reconocen se hacen amigos y los que se desconocen se separan.



Miente de juro quien pretende amar a dos,
como mintió Manes en sus principios.
No hay sitio en el corazón para dos amados,
ni lo que sigue a lo primero es siempre segundo. 
Igual que la razón es una, 
y no conoce
otro Creador que el único, el Clemente,
uno es también el corazón y no ama
más que a uno, 
esté lejos o cerca.
Quien no es así, es suspecto en ley de amor
y está distante de la verdadera fe.
La religión no es más que una, la recta, y el que tiene dos religiones es infiel.



   Cierto sabio ha dicho: "Haz amistad con quien quieras, pero evita tres personas: al necio, porque queriendo serte útil, te perjudicará; al inconstante, porque, cuando mayor sea tu confianza en él por la larga y firme amistad que con él tengas, te dejará colgado, y al embustero, porque te venderá cuando más seguro estés de él y por donde menos lo esperes".


miércoles, 1 de mayo de 2019

Bernard Picart (1673-1733)


Ilustraciones de  Ceremonies et Coutumes Religieuses de tous les Peuples du Monde (1721). Información adicional y de interés aquí.







lunes, 29 de abril de 2019

Publicaciones



Libros:


- Astrología, medicina y filosofía en Marsilio Ficino.

   El Renacimiento, como periodo histórico, asistió al atípico intento de hermanar filosofía, magia y esoterismo. Capítulo especial de este proceso supone el pensamiento de Marsilio Ficino (1433-1499), el responsable de verter por primera vez en la historia toda la obra de Platón al latín. En partes de su obra pretende una conciliación entre el pensamiento pagano de neoplatónicos como Plotino, Proclo o Jámblico con la cultura cristiana. En dicha labor, la conformación de una astrología médica ha acaparado la minuciosa investigación de muchos eruditos, especialmente en el mundo anglosajón. D. P. Walker, Frances Yates o Brian Copenhaver son solo algunos de los renombrados académicos que han prestado atención a esta materia. El presente trabajo pretende un diálogo un diálogo con algunos de esos autores y apunta a la necesidad de una nueva interpretación.

Se puede adquirir pinchando AQUÍ



Artículos:

- "De gli eroici furori de Giordano Bruno: contra una lectura averroísta". Link AQUÍ
- "La dignidad del hombre en Gianozzo Manetti: entre antiguos y modernos". Link AQUÍ


Reseñas:

- Gianozzo Manetti, On human worth and excellence. Link AQUÍ 

- Fernando Domínguez, Soy de libros trovador: catálogo y guía de las obras de Raimundo Lulio. AQUÍ
- Thoreau, Henry D., Revolucionar cada día: en defensa de una vida sencilla. AQUÍ








sábado, 27 de abril de 2019

"Mis paraísos artificiales" de Francisco Umbral

"En la política, en la profesión, en la vida, en el amor, todos nos hacemos una imagen interior del joven malvado, a los diecisiete años, y los underground adolescentes de hoy no son sino la colectivización y la democratización, debidamente programada por los grandes almacenes y las casas de disco, de un satanismo muy caro a la juventud de todos los tiempos. En nuestro siglo de oro (y de sangre) se iban a los tercios de Flandes. En el romanticismo bebían vinagre o se pegaban un pistoletazo ante el espejo. En los años felices de entreguerras se hundieron en el irracionalismo surrealista y hoy son hippies, beats, underground. Toda juventud necesita una épica, y depende del momento histórico el que esa épica sea política, social, literaria o aventurera." (Mis paraísos artificiales, p. 146)
  La escritura de Francisco Umbral rara vez se entrega a una épica, esa que él dice que es tan necesaria a la ingenuidad de la juventud. Quizá se deba a que creció en un hogar humilde, que no recibió una formación ilustrada, que vio, como muchos, la guerra de cerca y, sobre todo, el hambre. Nadie le regaló nada. La supervivencia mata la infancia y de esa matanza surge una prosa que no se entrega a la metafísica y la imaginería de la moda de turno, sea ideología o sea una tendencia artística. La literatura de Umbral es análoga al enroque en el ajedrez. Tiene que ver con un ensimismamiento, con un encerrarse. La materia literaria de este autor es, casi siempre, él mismo. Muchas veces introduce en la piel de sus personajes a él mismo, pero no es el caso en Mis paraísos artificiales, novela que con tal título hace un guiño a cierta obra de Baudelaire. Con tal nombre alude a los rincones mentales en los que siempre se refugia su mente: el primer libro, un aroma, la primera mujer... Renuncia, pues, a la proverbial Madrid que tanto retrata en sus novelas; renuncia, pues, a desenvolverse en el mundo, porque Madrid fue para él su único mundo: 
"La novela es todo menos invención, contra lo que parece superficialmente. Y no solo se tiene algo que contar, sino que ese algo tiene ya una pátina, un lima, un valor literario que sólo le da el tiempo al vino de la vida. Dice mi querido Delibes que la novela es 'un hombre, una pasión, un paisaje'. A mi me sobran el hombre y la pasión. Me basta con el paisaje." (Ibíd., p.179)
   En algún sentido es así y en algún sentido no es así. Es así porque todas las páginas del volumen recrean paisajes de dulzura y amargor de su mente, pero no es así en tanto que son de un hombre, y de un hombre que escribe con pasión, o con un lirismo que rompe las páginas con su música, que es mejor que la pasión.(¿A cuántos hay que la pasión no les da ni para un párrafo?) Con tal lirismo trueca lo verdadero en falso, y lo falso en verdadero. Así tuerce la palabra este tornero del lenguaje. En su trabajo como escultor de hermosas frases va dosificando una melancolía en muy breves apartados, cada uno tratando de cosa distinta al anterior, todos unidos por una discreta desazón. Es curioso que abandone la vitalidad de sus libros y caiga en un reino de remembranzas tristes con 44 años (la novela se publicó en 1976). Se sabe viejo aunque todavía no era viejo. Pero sabe, con esos cuarenta y tantos, que ya ha perdido la oportunidad de la frescura que aporta la primera vez que se experimenta con cualquier cosa, con cualquier persona, con cualquier idea. Y esa primera vez es lo que casi siempre rememora o, al menos, aquellas cosas a las que siempre podrán volver los ojos de la mente. Y así envuelve un ligero drama toda la obra aunque sepa que no hay espacio a tal cosa:
"Decía el filosofo Jorge Santayana que vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático. Sí, es cierto, porque el drama lo ponemos nosotros, porque la naturaleza se burla, desde su fondo neutro de nuestra agitación febril y peripatética" (Ibíd., p. 136) 
    Pero no todo es belleza melancólica en el libro, pues nos brinda bellas y espléndidas reflexiones. La que trata de la amistad, en el penúltimo apartado, es una gran verdad, por ejemplo. Y no solamente hay pasajes que no son tristes, sino que aun los tristes no están exentos de algún deje umbralesco, de una de sus salidas de tono, que uno imagina con el desparpajo y el cinismo que mostraba en entrevistas y que, si no mueven a la risa, ocasionan la sonrisa.


   También hay partes que no recorren sus paisajes mentales, entre los que destaca una lúcida reflexión sobre el mundo onírico y el surrealismo, que le dio pie a considerar su presente con una luz que no era de su presente, sino del nuestro:
"Espantada de los sueños, la humanidad persigue realidades encarnizadas, crear sistemas, religiones, dogmas, ciudades, leyes, hasta que, abrumada de realidad, se hunde de nuevo en los abismos cálidos del sueño, y de ellos obtiene músicas, luces, secretos, colores, historias, amor. Actualmente, la humanidad quiere dormir. La psicodelia, la droga, el sexo, el arte irracionalista, cierta música, los barbitúricos y el orientalismo no son sino la gran cabezada de una cultura que se ha quedado traspuesta, la siesta del fauno occidental." (Ibíd., p. 119)
   Hablar del desplome de occidente (o de Europa al menos) no tiene mérito en 2019, ni tampoco hablar de su rendición a los hermosos jardines de la mentira (ideologías varias, pseudociencias, orientalismo barato mezclado con esoterismo, etc.). Hacerlo en 1976, en pleno florecimiento de una orgía del dinero y de los fastos de la cultura europea y norteamericana, sí lo tiene. 

   No ofreceré más casos de la lucidez de Umbral, ni más citas de su prosa-lírica iluminada... Sería demasiado larga esta entrada, y acabaría hablando más él que yo, porque él escribe de un modo que a pocos les será dado alcanzar. Todo libro que veo de él lo adquiero, leo y guardo; este libro me reafirma en esa costumbre. Y lo haré con más cariño por saber que Umbral ha ingresado de facto en la nebulosa oscura de un cierto malditismo. Casi nadie lo lee, casi nadie lo menciona, casi nadie lo cita. Desde donde esté seguro que goza este glorioso incógnito, que ha hecho que todavía no se hayan publicado las obras completas de una de las mejoras plumas que este lector ha podido gustar. 

 

viernes, 19 de abril de 2019

"Las extensiones interiores del espacio exterior" de Joseph Campbell


   Acostumbro por estas fechas leer siempre algo relacionado con la religión, ya sea una novela, ya un ensayo; y no del cristianismo necesariamente, sino del fenómeno religioso en general. Si el año pasado le tocó el turno a He aquí el hombre de M. Moorcock, esta vez he escogido un libro de Atalanta. Un ensayo de Joseph Campbell, de nombre prolijo, ha llenado (o más bien vaciado) mis noches. Este autor tiene numerosos títulos que han sido publicados recientemente en la editorial del conde Jacobo Siruela, destacando su libro Diosas y una historia de conjunto de las religiones, que no he leído por el momento, y que guardarán esa condición por la eternidad a causa de lo que me he encontrado en Las extensiones interiores del espacio exterior.

   Joseph Campbell es una ramificación de ciertas líneas de pensamiento de Carl Gustav Jung, al que debe el concepto fundamental de 'inconsciente colectivo'. Cuando el erudito norteamericano vislumbra el fenómeno religioso lo hace a través de dicho concepto, como buen ejemplo da en la recopilación de conferencias que agrupa en este tomo del que hoy hablamos. Su tesis básica es que el ser humano, el conjunto de seres humanos, comparten un inconsciente, del que brota una serie de tendencias, unos impulsos. Tales impulsos son principalmente tres: supervivencia, procreación y poder (capacidad de dominar o matar a otros). De ellos, dice, surgen unas ideas, unas imágenes, que sirven de "fermento" común a las religiones. Y de este modo pretende a lo largo de tres capítulos, que fueron tres conferencias en origen, mostrar el núcleo que comparten todas las religiones. Porque no es casualidad que imágenes, ideas y aun conceptos aparezcan en diversas religiones, muchas de las cuales no tuvieron contacto entre sí.
   
   No por casualidad se menciona a Kant en muchas ocasiones, y no porque Campbell  sea deudor de sus ideas, pero sí que su explicación va a guardar ciertas semejanzas con el proceder kantiano, si no en conceptos, sí en estrategias discursivas. Kant buscó una fundamentación de las ciencias y de la ética a partir de las cosas de abajo, de elementos mundanos. ¿Cuál es, por ejemplo, el fundamento de la ética en Kant? No lo es una entidad externa a la realidad, ni un texto revelado, sino una idea que germina en la conciencia del individuo, que la extiende de sí mismo hacia el resto de la humanidad. A eso le llamó el imperativo categórico el filósofo de Königsberg. De modo similar, Campbell encuentra la razón de la eclosión de las religiones de todo el mundo en algo del orden mundano, es decir, las pulsiones, expresión concreta del inconsciente colectivo. La operación es la misma: se descarta una explicación que contemple un elemento trascendente en aras de explicar algo desde la pura operatoriedad de las cosas presentes. Se sustituye la trascendencia por la inmanencia, en pocas palabras. La extensión de las ideas jungianas que lleva a cabo Campbell no excluyen cierta creatividad, pues es entretenido ver el potencial explicativo de su teoría, que puede dar cuenta de por qué el símbolo de la serpiente aparece en Sumeria, en el Hermes griego, en la China de la dinastía Zou o la Irlanda que dio textos de belleza considerable como el libro de Kells, donde aparece la serpiente ilustrada en bellos colores. Pero ese potencial explicativo es un gigante con pies de barro, pues la exposición se desarrolla sin argumentación o demostración del principio de la teoría. Se dice que las religiones son plasmaciones de tres grandes pulsiones, y que esas pulsiones son formas concretas del inconsciente colectivo, pero no se demuestra argumentativamente esta entidad en ningún momento. Ya Freud, persona comprometida con la verdad , advirtió que necesitaba encontrar un "ahí" para el inconsciente (individual). Si no lo podía señalar en el cuerpo o, al menos, demostrarlo argumentativamente, sabía que toda su teoría ingresaba, de forma inmediata e irreversible, en el oscuro campo de la pseudociencia. De esta sabia intuición no tuvo mucho cuidado Jung, pero Campbell es que ni se la plantea, así que toda su explicación se edifica no desde el sólido cimiento del saber, sino del inestable barro de la pseudociencia.

   Pero aquello no es un problema para que se venda con cierta aceptación este libro, pues tiene los ingredientes perfectos para ser degustado por los paladares modernos. Unas gotitas de estudios culturales (que siempre critican a occidente), un ligero aroma a feminismo (que supongo desarrolla en Diosas, de reciente publicación en el sello atalantino) y unas pocas historietas orientales ofrecen un menú completo para unas generaciones que aman lo ajeno mientras desconocen (u odian) lo propio. El menú es suculento, porque siempre que puede caracteriza a los monoteísmos como religiones donde se ha trastocado las ideas donde predominan figuras femeninas. La selección de platos no tiene desperdicio: del islam casi siempre calla, al judaísmo algo le achaca y la cristiandad siempre es, si no su objeto de ataque, su objeto de mofa. Por supuesto aquí demuestra la misma habilidad argumentativa y base bibliográfica que en lo que comentamos antes, incurriendo en deliciosos errores. A la cristiandad siempre le imputa el entender sus escrituras de modo literal, cayendo en el ridículo en cuestiones como la Creación, la caída del hombre y otros asuntos. A Campbell se le olvidó leer a Aurelio Agustín (San Agustín), un romano del siglo III- IV d. C. que en el libro XII de sus Confesiones advierte que no se puede leer el Génesis, ni otras partes de las Escrituras, de modo literal, inspirado este señor por la escuela alejandrina de Ambrosio de Milán, Orígenes y Atanasio, y que se impondría en la cristiandad. Pero no hacía falta que fuera tan lejos Campbell. Si hubiera leído con atención sólo la Biblia, se habría percatado de que ya San Pablo, en la Carta a los Corintios, interpreta de modo alegórico y  no literal el Éxodo. Qué acertado es para este señor lo que dice un autor publicado en el sello de Atalanta, Nicolás Gómez Dávila:
"Lo que se piensa contra la Iglesia, si no se piensa desde la Iglesia, carece de interés"
    No mejora este libro cuando Campbell recibe el don de la profecía y nos dice que las religiones actuales se hallan en declive, y que tras su derrumbamiento surgirá una religión de alcance global. Lo primero es cierto para algunas (la cristiandad es un ejemplo), pero lo segundo nadie puede saberlo. Esto no sería excesivamente grave si no fuera porque sirve para detectar una cualidad del libro y es que sus páginas se visten de espiritualismo. Esto es religión para personas no religiosas: al vaticinar una nueva religión y mostrar apego al oriente, Campbell deja de mirar las religiones con la vista del entomólogo, que estudia desde la distancia de la ciencia su objeto y se pronuncia desapasionadamente. Están muy bien orquestados todos los elementos de cara a seducir al crédulo moderno, y lo puede seducir tanto más porque la religiosidad vacua que destila Campbell (es vacua porque es una religión no formada, sin elementos doctrinarios, éticos o conceptuales) le exime de compromiso: no tiene que decir cosas embarazosas sobre la natalidad, la promiscuidad, la eugenesia, el comedimiento con la comida o las bebidas o la creecia. Sólo en una cosa debe creer: en el inconsciente colectivo, no demostrado y no demostrable, como lo divino, porque el subconsciente es el sustituto de Dios: es ubicuo, eterno, y sin un "ahí". La guinda del pastel no es que abandone el estudio serio del hecho religioso, sino que la exposición se revuelca impúdicamente con otras pseudociencias, como la  numerología que practica en ocasiones (buen ejemplo se encuentra en las páginas 46-53).  Además, puede descubrir el lector que descuida la terminología y los conceptos:  a Escoto Erígena le llama neoplatónico (p. 108), lo cual es un error como un templo, pues fue un cristiano que simplemente recogió algunos elementos neoplatónicos, como Aurelio Agustín cinco siglos antes o Raimundo Lulio (s. XII) o Nicolás de Cusa (s. XIV). Finaliza este tomo el capítulo III, que es simplemente una serie de ensoñaciones sobre lo que guardan en común el artista y el místico. Un refrito de aire romántico si resumimos, con propiedad, las páginas de dicho capítulo.

   No quiero parecer estar en absoluto desacuerdo con este libro, pues hay alguna cosa en la que sí estoy de acuerdo. En algunas líneas parece echar de menos la comprensión vital que supone el ritualismo. Se dice que la vida que no se ordena en torno a ritos pierde significación, y que los que así vagan lo hacen perdidos y sin orientación. Esto me parece sensato, pero no sé si el autor no se atreve a decir lo que esto significa, ni tampoco si el lector se da cuenta del todo: reclamar una vida explicada en torno a los ritos es decir lo mismo que se ha de luchar contra la secularidad, porque las sociedades  tradicionales anudan con el ritualismo lo divino y lo profano; la secularidad, no hace esto, porque sólo distingue entre lo profano y lo más profano. No hay espacio para lo divino. Pero decir que hay que luchar contra la secularización quitaría encanto a la exposición de Campbell, y levantaría suspicacias, así que insinúa más de lo que dice, pero no dice menos de lo que insinúa.

    Hay objeciones de mayor calado, pero habré de guardármelas, pues esto es una reseña y no una crítica académica. Me limito a no recomendar un libro que, claramente, es un aborto de la inteligencia. Se alimenta de pseudociencias y de ideologías que ornamentan muy bien el libro, haciéndolo atractivo para un público que está infectado, parcial o completamente, por esas ideologías.  El libro no resiste un análisis filosófico o histórico, porque lo que el lector tiene en las manos no es ni antropología, ni etnografía, ni historia, ni filosofía, ni teología ni ninguna de las múltiples disciplinas que ayudan a examinar el hecho religioso. Como dije, un aborto de la inteligencia.