jueves, 13 de octubre de 2016

Sobre el Nobel

   Quizá uno de los signos de decadencia de una civilización se entrevea cuando se mezcla o trastoca el sistema de valores que le es propio. Hoy lo vimos cuando unos señores involucionaron dos mil años y, como los griegos, no supieron distinguir nítidamente entre música y literatura, entre oralidad y texto. Por mero afán de generar ruido han infligido un ataque contra la cultura escrita (y a la intimidad que esta comporta) para volver a la sonora cultura de los antiguos. Que se confunda en una alta institución la cultura escrita que nos es propia es signo de cambios y trastocamientos de las más elementales ideas que, hasta hace poco, teníamos claras.

lunes, 10 de octubre de 2016

Gabriel revisitado de Domingo Santos

         Infravalorado como género, la ciencia ficción vive una extraña situación en nuestros días, pues mientras es mirada con recelo por gente supuestamente adulta (y culta), es, al mismo tiempo, la que se hace hueco en las mayores producciones de nuestros días. El género da cabida a los planteamientos más novedosos y singulares, y estos, aprovechados por la industria en forma de films o videojuegos, alcanzan un elevado éxito.

    Contra esta injusta, a la vez que hipócrita, situación luchan algunas voces. De dentro del género, por supuesto, que no cejan en su empeño de dignificar las temáticas que recoge la nueva literatura. Parece que en esa pertinaz lucha ha ocupado un lugar no menor la figura de Domingo Santos, quien ha ejercido las difíciles tareas de la traducción con el mismo empeño que las labores editoriales. Esta faceta me resulta, sin embargo, tan desconocida como la de ser escritor del género. Este es su primer libro que he leído y, aunque en primer momento su título me echó para atrás, las numerosas críticas a su favor me hicieron adentrarme en sus páginas. Estas palabras que escribiré aquí conformarán otra de esas críticas favorable.

    Temáticamente puede que esta no sea una novela que sea revolucionariamente nueva... ¿Pero quién apetece de esto después de un siglo de defensa de lo nuevo en el arte y la literatura? Yo, desde luego, no. De hecho prefiero narraciones contenidas, sin amplias pretensiones estilísticas, temáticas, pero capaces de decirnos algo. En esto último quizá Gabriel revisitado pueda contarnos algo. Su punto de partida no es algo que no hayamos visto ya. Las historias de robots son muchas  sin duda, al igual que los enfoques que se han hecho de ellas. En muchos casos nos encontramos una tendencia a tratar este tema con cierta sospecha o suspicacia: siendo dioses creadores tememos que nuestros adanes tecnificados acaben con nuestro edén cómodo y artificial. Hay muchos ejemplos de esto, tanto en el cine como en la novela, y de esta intuición, afortunada o errada, bebe Domingo Santos para brindarnos una buena historia. Lo hizo en el 62 en una España, sospecho, ajena a las preocupaciones que vinieran de robots y relatos elucubradores. Esa versión, que no tengo y de la que no puedo opinar, fue reescrita hace poco, en 2004. La intención del autor era "ponerla al día". No se si ha triunfado en ese empeño.

     La nueva versión nos pone ante la situación de la creación de un robot de caracteres nuevos. Más allá de incorporar los mejores elementos, los más novedosos y potentes, se intenta que estos no estén encaminados a un fin concreto. En otras palabras: se procura que el nuevo robot sea libre. De esta primera situación se nos irá llevando a través de las experiencias del robot, al principio meditadas con racionalidad fría, pero que finalmente se sopesan por el candor de una conciencia que no obedece solo a la estricta lógica. Este robot será como los seres mitológicos que obedecen a dos realidades. Gabriel es la versión tecnificada de lo que fuera un minotauro o una sirena: dos naturalezas en una. El juego y el desarrollo de esas naturalezas ocupan la novela, quizá no de forma genial, pero sí de forma interesante explorando temas como el libre albedrío de un ser mixto, o la finalidad a la que este deba dedicarse. Por supuesto se hará eco del tradicional miedo que es expresado ante una máquina que no siga necesariamente las órdenes de los hombres. Esta es en buena medida la problemática que vertebra la obra.... pero alejándose de ella. En este caso la humanidad no ha de preocuparse: de hecho están sobradamente protegidos. Las máquinas de Domingo Santos son especialmente generosas con la humanidad. He aquí donde da un vuelco la figura del robot en esta novela, en la que es tratado como un salvador, un arconte de la humanidad que, pese a su función benefactora, no es muy bien recibido. El robot se inviste así con la dignidad de un mártir. Tal tema lo trata deliberadamente el autor:

"Tienes todos los elementos para convertirte en el nuevo mesías de la mecanizada humanidad actual. Tienes todos los condicionantes clásicos para ello. No naciste de hombre y mujer. Moriste a manos de la Robotics pero resucitaste al tercer día. Has venido a la luna a predicar tu apostolado de paz y convivencia. Y los selenes están dispuestos a crucificarte. Cualquier secta, cualquier religión, te convertirá inmediatamente en su dios venido a predicar entre los hombres." (p. 260)

    En efecto, el robot de Domingo Santos es una figura amable que deberá primero huir de sus creadores, para luego buscar fortuna a la hora de calmar las tensiones que crecen entre nuestro planeta y la futura colonia de la luna. De sus desventuras surge este libro, que en buena medida podríamos decir que es un "bildungsroman"  de la ciencia ficción. Quizá este bildungsroman no toque todas las teclas con la precisión excelsa que caracterice a las grandes obras, pero no cabe duda que es un buen libro, aunque algunos de sus planteamientos queden atrás por ingenuos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Sobre el progreso en los antiguos y algunos más modernos

     Boccaccio en su Genealogia deorum señalaba que el arte y la técnica solo pudo desarrollarse entre los hombres merced al descubrimiento del fuego. Descubrimiento este que está ligado a Vulcano. Tras ese don que es concedido a los hombres, nacerá el lenguaje de forma gradual. Primero los hombres señalarían el fuego con gestos y de ahí pasarían al empleo de sílabas. Sería cuestión de tiempo que de estos sonidos inarticulados pasaran a fórmulas más complejas, a los lenguajes ordenados.

   Esta teoría sobre el desarrollo humano que expone el literato italianos del s. XIV es deudora de ciertos comentarios que hiciera un tal Servio a Virgilio pero, evidentemente, no podía conservarse de tal modo. El pensador cristiano disculpa al pagano Virgilio diciendo que es Adán quien dio realmente el nombre a las cosas. Poca importaba esto pues lo que estas ideas expresan es la pervivencia de ciertos pensamientos de la antigüedad que creyeron y expusieron Lucrecio, Vitruvio y otros. Estos pensadores, en palabras de Panofsky
 "imaginan el avance de la humanidad como un proceso completamente natural, debido exclusivamente a los dones innatos de la raza humana, cuya civilización empezó con el descubrimiento del fuego, explicando cualquier clase de desarrollo posterior de una forma perfectamente lógica." (Estudios sobre iconología, p. 52)
    A estas ideas les pondría imagen un pintor del Renacimiento: Piero di Cosimo. En uno de sus cuadros (justo el de debajo) aparecen en el lado derecho, al fondo, cuatro hombres trabajando en el armazón de una casa con troncos bastos, justo como Vitruvio pensaba que serían al principio de la civilización. En la parte izquierda encontramos a Vulcano con la pierna rígida y delgada, junto a un yunque, dando forma a una herradura. Tras el fuego se halla Eolo y, en el centro, una figura algo encogida que simboliza la aurora o el inicio de la civilización.

Vulcano y Eolo como maestros de la humanidad
    El despertar de la civilización halla representación pictórica no solo en este cuadro, sino también en otros del mismo pintor. El mito de Prometeo sería un ejemplo. En esta pintura, algo posterior a la anterior, podemos observar cambios patentes en las figuras humanas que integran el cuadro: representan un grado de desarrollo más avanzado en la sociedad humana. Este cambio representativo de los hombres con un dios (Prometeo) o con otro (Vulcano) halla de nuevo explicación gracias al Genealogia deorum de Boccaccio. El poeta distingía dos tipos de fuego: uno que corresponde a Vulcano y otro que es propio de Prometeo. Mientras que el primero está ligado a la resolución de problemas técnicos o prácticos (contrucciones, industrias y artes), el fuego de Prometeo tiene una mayor relación con las tareas intelectuales y discursivas.

El mito de Prometeo

    ¿Qué ocurriría antes de que el fuego de Vulcano o el de Prometeo alumbrara a los desvalidos hombres sin don o habilidad alguna? Tal cosa se planteó Piero di Cosimo en las tres tablas tituladas La vida humana y la edad de piedra. Aquí, los hombres, sin auxilio de fuego alguno son presentados desnudos y sin herramienta alguna con la que procurarse las mejoras que acompaña la civilización. En las tres tablas aparecen, invariablemente, un fuego abrasador del que huyen hombres y bestias por igual. Este es el mismo fuego que estaba en la imaginación de Plinio, Vitruvio o Lucrecio cuando imaginaban el inicio en el que el hombre domina (o empieza a dominar) las artes. Según Panofsky, todos los relatos antiguos y modernos que tomaban esta historia de Vulcano y Prometeo concordaban en distinguir tres momentos claros del desarrollo humano: "ante Vulcanum", "sub Vulcano" y "sub Prometheo". Las tres tablas se centrarían en la primera fase; Vulcano y Eolo como maestros de la humanidad se ubicarían en el segundo período. El hecho de que no haya elegido un cuadro ambientado en el tercer momento de la historia no es casual:

    "Como Lucrecio, Piero concebía la evolución humana como un proceso debido a las dificultades y talentos innatos de la especie. Y para simbolizar estas facultades y talentos, así como las fuerzas universales de la naturaleza, sus cuadros glorifican a los dioses y semidioses paganos que no eran creadores como el bíblico Jehová, sino que simbolizaban y revelaban los principios naturales indispensables para el progreso humano. Pero, como Lucrecio, Piero era tristemente consciente de los peligros que comportaba este desarrollo. Simpatizaba cordialmente con el ascenso de la humanidad más allá de las bestiales rudezas de la edad de piedra, pero lamentaba cualquier paso más allá de la época sencilla que podríamos llamar el reinado de Vulcano y Dionisos" (Estudios sobre iconología, p.75).

    Como vemos, para Piero apartarse en exceso de la vida primitiva conlleva riesgos... Pero más allá de sus naturales reservas (con las que muchos hoy estarían de acuerdo) todos estos datos atestiguan que había confianza en las fuerzas ínsitas al hombre, que le permiten enseñorearse de cuanto le rodea... Idea esta que haría fortuna durante el Renacimiento y muy posteriormente.


Bibliografía:

    -Panofsky, Erwin, Estudios sobre iconología, Alianza, Madrid 2008.

martes, 4 de octubre de 2016

"El silencio de los animales" de John Gray


    Creo que es evidente que, hoy por hoy, con la cantidad de libros que se publican anualmente no se puede de ningún modo abordar todo lo que se publica. No hay lector, por voraz que sea, que pueda hacer frente a los miles de títulos que salen de la imprenta. Al final lo que se suele hacer es buscar una lista de "recomendados" o acudir a aquellos que son más mencionados. Otros tenemos manías más peculiares y nos apegamos a ciertas editoriales, confiando en el buen hacer de esa o aquella editorial. Esto me pasaba con Sexto piso, a la cual he tenido siempre en alta estima... pero supongo que tenía que llegar algún libro que estropeara el catálogo... Algo, entiendo, inevitable en cualquier editorial con una vida duradera. 

    El libro que puso una marca negra en una editorial sin mácula (para mi) era el de un inglés: John Gray. Desconocido a mis oídos y parece que un nombre no muy antiguo en los catálogos editoriales de nuestro país -no perderé tiempo diciendo qué se ha publicado de él-. El título ya promete ser corrosivo y de procurar una ácida crítica a nuestros tiempos. Deja pocos misterios sobre qué versarán las páginas que lo componen. Faltaba ver, sin embargo, de qué modo presentaba su crítica. Su tesis, por ir al grano, es la siguiente:

"La fe en el progreso es un vestigio tardío del cristianismo primitivo, y se remonta al mensaje de Jesús, un profeta judío disidente que anunciaba el fin de los tiempos. Para los antiguos egipcios, como para los antiguos griegos, no había nada nuevo bajo el sol. La historia humana se encuadra en los cielos de  la naturaleza. (...) Al crear la expectativa de un cambio radical en los asuntos humanos, el cristianismo -la religión que San Pablo se inventó a partir de la vida y las palabras de Jesús- fundó el mundo moderno." (p. 17)
    Ya desde el principio debería sonar una sirena roja en nuestras cabezas ante una dificultad: ¿si el mito del progreso estaba inserto en el pensamiento cristiano qué tiene de moderno? En este sentido la tesis central entra en conflicto con el subtítulo de la obra. Pero concedamos que esto no fuera así: en ninguna parte del libro se explica la relación y el desarrollo entre la idea de progreso que hubiere en el cristianismo y la moderna. Esta será una buena muestra de cómo escoge, desarrolla y explica los asuntos este autor: de forma deshilvanada, dispersa, haciendo uso de la afirmación y casi diría que sin ningún rigor argumentativo... No es que haya una mala argumentación, es que simplemente no la hay: apela constantemente a la afirmación de lo que piensa. De hecho hace un flagrante abuso de la falta de argumentación, despachando autores centrales del pensamiento y corrientes con un par de líneas (a veces le basta con una). De Nietzsche dice que su filosofía "proviene de una exagerada fantasía" (p. 103) sin añadir nada más. Eso le basta para refutarlo. No es que sea muy amigo del pensamiento de aquel pensador germano, pero tratar de ese modo su pensamiento, sin la más mínima indagación de de filosofía es un despropósito. En ocasiones comete errores manifiestos. La idea de progreso es la que más páginas acapara de este ensayo y hay un determinado lugar (p. 67) donde dice que esta idea es propia del mundo moderno y que no puede encontrarse entre los más sabios pensadores del mundo antiguo. Bien, pues parece olvidar a Plinio, Lucrecio y Vitruvio.

    Conforme avanza el ensayo continua lanzando ataque torpes contra lo que él considera que son mitos modernos: el liberalismo, el socialismo, dedica algunos dardos contra la economía y sus planteamientos actuales... Todo ello nos lleva a un diagnóstico: hay una corriente de pensamiento que se inicia con Sócrates, perpetuado en el critianismo, y que nos ha extraviado de diversas formas que él va indicando a lo largo de la obra. Es de señalar que el Sócrates que critica es el personaje que nos presentara Platón... Obvia que se hicieron de su pensamiento y figura otras semblanzas como ejemplifican los escritos de Jenofonte o las enseñanzas de Antístenes. Es curioso así mismo que critica todo el pensamiento filosófíco pero, sin embargo, no disecciona ninguna obra filosófica. Se limita, mayormente, al empleo de literatura y poesía a la hora de elaborar el ensayo. Esto no es, per se, ningún problema pero no es posible criticar el pensamiento filosófico sin examinar parte de sus obras de manera concienzuda. Hacer eso sería como criticar todos los conocimientos de anatomía sin recurrir a uno solo de los libros que se han escrito sobre dicha materia. Estos "palos de ciego" no son ciegos del todo, en la medida en que sirven a una serie de intuiciones afines  a destruir la cosmovisión del hombre occidental en la que este ocupa el centro. El objetivo de John Gray es situar al hombre como un mero animal más... Por supuesto no indica dónde fallan las argumentaciones antropocentristas; solo afirma que están en un error y que hay que ir más allá de las palabras (en forma de mitos y explicaciones más o menos convincentes) y sumirse en silencio de los animales.

     A los reproches añadiría alguno más pero la verdad es que no considero que sea necesario. Para ser justos, diré que el libro no es infumable: lo que le falta de rigor lo gana en amenidad. Pese a estar en desacuerdo en algunos puntos y ver que otros simple y llanamente están mal tratados, la obra se hace bastante ligera y agradable. La amenidad es algo que se aprecia, pero no solo. Un ensayo debe comprometerse con un examen cabal de la cuestión que va a tratar y, a mi juicio, este libro no lo hace. Siendo sincero, me tendrían que amenazar (o pagar) para que recomendara este libro.



miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sobre publicidad erótica

    Acabo de pasar ante mi vista la última artimaña publicitaria del salón erótico de Barcelona de este año. No contentos con el vídeo del año pasado, muy justamente caricaturizado (como si hiciera falta hacerlo), han decidido repetirlo este año. Esta vez, sin embargo, le han dado una nueva forma, aprovechando la situación cercana de muchos: la de la reciente crisis de nuestras instituciones y modelos de vida. Me ha escandalizado ver que una de las páginas que compartió dicho vídeo consiguió 17000 likes en facebook. La publicidad parece haber funcionado: resulta que la industria porno es la herramienta con la que detectar los problemas sociales y atajarlos. Claramente la alianza entre la pontificación y la industria del porno tiene intereses redentores que van más allá de hacerse un mayor hueco en el mercado a través de conseguir la estima del personal de turno. 

    Por lo general suelo abstenerme de opinar sobre estos asuntos, nimios en el fondo, pero este me tocó especialmente la moral. Los que tenemos algo de confianza en el género humano nos molesta ver cómo este cae tan rápido a la seducción de la publicidad. No se engañen, no critico la industria del porno, solo su discurso, el cual es claramente incongruente y para nada desinteresado.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Fragmento de "Poetas italianos contemporáneos"

Edoardo Sanguineti:

a la funcionaria de la aduana en minifalda que me ha
elegido con sus ojos de sibila y de paloma entre una
interminable fila de viajeros de paso, le he dicho toda
la verdad, recluido en esta especia de biombo-confesiona-
rio de madera prensada: le he dicho que tengo un
un hijo que estudia ruso y alemán, que Bonjour les amis,
curso de lengua francesa en 4 volúmenes, era para mi
mujer:
       estaba dispuesto a declarar más cosas: sabía que
fue Rosa Luxenburg la primera en lanzar la palabra
de "orden o progreso"; y de ello podía sacar
el provecho de un impresionante madrigal:
                                                                             pero suda-
ba hurgándome en los bolsillos, buscando inútilmente
la cuenta del Operncafé: y luego, tú, has irrumpi-
do arrastrando también detrás de ti a los niños, ma-
ravillosos y maravillados:
(con los mismos gestos de dureza te arrojábamos de allí
yo y aquella democrática "Beatriz" en uniforme)
                                                                                   pero
lo irreparable ya estaba consumado allí, en la frontera
de los dos Berlines,
para mí: cuarentón seducido por un policía.

domingo, 18 de septiembre de 2016

"Homo plus" de Frederick Pohl


    El personal del proyecto se había aislado del resto del mundo. Si podían evitaban mirar las noticias de la televisión y no leían en los periódicos más que las gacetillas deportivas. Para las altas esferas, la explicación, la explicación era que no tenían tiempo, pero no era esa la razón. La razón era, sencillamente, que no querían enterarse. El mundo se había vuelto loco, y el extraño aislamiento dentro del gran cubo blanco del edifico del proyecto les parecía sano y real, mientras que las revueltas en Nueva York, la encarnizada lucha en torno al golfo arábigo y las masas hambrientas de lo que solían llamarse 'las naciones en desarrollo' les parecían fantasías sin importancia. (p. 103)

     Estas no son las primeras líneas con las que empieza la novela de Frederik, pero sí podrían haber sido aquellas con las que hubiera podido comenzar. Sirven desde luego para ponernos en situación, para saber qué mundo ha creado en sus imaginaciones el escritor de Mercaderes del espacio o Pórtico. El escenario no nos es desconocido: el mundo está al borde del colapso y necesita ser salvado. ¿Su última esperanza? Que el imperio yanqui llegue a Marte. No parece muy prometedor el argumento. De hecho, por obvio, puede echarnos para atrás. Ahora bien, resulta casi un reto hacer que con esas premisas se consiga un libro decente. Frederik consigue eso... aunque no mucho más.

    Los primeros momentos de la novela nos van exponiendo la situación en la que se plantean todos los medios en marcha para poner a punto el proyecto de colonización de Marte. El proyecto pone especial cuidado en la parte más importante y más endeble: la creación de un hombre que pueda vivir sin apenas recursos en el que será su nuevo hábitat. A tal fin se hacen todo intervenciones quirúrgicas y de todo tipo que dan como resultado un monstruo o un nuevo hombre mejorado (a gusto de quien lea la novela). A esta parte se dispone casi todo el libro, donde el protagonista, Roger Torraway, sufre cambios considerables en su cuerpo. Durante el proceso se describen los estados de ánimo del personaje, las pruebas a las que debe hacer frente y su posterior aventura en el planeta rojo.

    Aquella letanía se endulza para el lector con la introducción de una serie de personajes, muy pocos, que dan algo de vida a la novela. Con ellos se acarameliza la lectura. Aun cayendo en ciertos tópicos, consiguen cumplir su papel y salvar de algún modo la novela. Entre los tópicos explotados en el elenco de personajes tenemos el científico taimado, presentado en la figura de Alexander Bradley y Don Kayman, científico y religioso (aunque por el rol que desempeña más bien debería decirse al revés). Entre ellos se pone de manifiesto dos actitudes algo reducidas pero muy comunes: el científico que solo se preocupa por la investigación y aquel que preocupado precisamente por estos indivuduos tiene en consideración las repercusiones y ciertos compromisos. En otras palabras, uno es el contrapeso del otro: mientras uno solo se compromete con conseguir resultados el otro se compromete con que esos resultados no signifiquen la anulación de la libertad moral de Roger Torraway. Exceptuando estos dos personajes, ocuparán algunas páginas otros dos: la mujer del protagonista y una inquietante enfermera, cuyos papeles en la novela ya descubrirá el lector.

    Con aquel reducido elenco Frederik nos lleva desde los laboratorios americanos a Marte, con un estilo bastante pobre hay que decir, que adolece de virtudes literarias. Con todo, no es soez y, mal que bien, se las apaña para entretenernos. Pesa muy desfavorablemente el hecho de que la narración de lo que se hace en los laboratorios ocupe más dos terceras partes de la novela sin que ocurra nada significativo. En un primer momento pareciera que se nos plantea un dilema: lo que las instituciones o los gobiernos pueden llegar a hacer con una persona sin que esta tenga elección, pero este sería un falso dilema. Ello se debe a que todo está justificado tras la misión de "salvar a la humanidad". Lo poco que en este sentido se muestra es para una cuestión práctica, que tiene que ver con el desarrollo del personaje principal. Quizá hubiera ayudado que esta parte se hubiera completado con una profundización en la psicología de los personajes, pero esta no es una novela que se caracterice por personajes sólidos y complejos. No son planos, pero desde luego no son memorables. El resultado es un novela entretenida, pero nada más. Los premios que tuvo esta novela sirven a eso que popularmente se dice de "mucho ruído y pocas nueces".






viernes, 9 de septiembre de 2016

"El conde Luna" de Alexander Lernet-Holenia


    Hay ocasiones en las que uno coge casualmente uno de los libros de sus estanterías y no sabe cómo ni por qué demonios lo adquirió. Sin recordar el momento de la adquisición se pregunta si  merecerá el lugar que ocupa o por el contrario es un intruso poco deseable entre el resto de libros. En esta ocasión mi sensación inicial se vio acompañada por la curiosidad que despierta la portada. Sí, muy probablemente comprara este libro por la portada (y el buen precio que tuviera en alguna librería de viejo). Sea como fuere me dispuse a leer la novela sin mirar mucho por la red en busca de alguna reseña que lo recomendara (o no).

    Comenzadas las páginas no veía nada particular: el relato de las fortunas y vaivenes de una familia rusa que tras generaciones acaba bien afincada. Uno de los vástagos de la estirpe, Alexander Jessiersky, es el protagonista de esta historia de autor austríaco. El protagonista descendiente de aquella familia nos resulta algo anodino: Alexander, sin vicios ni rasgos particulares, pertenece a esa acomodada clase que disfruta de los beneficios de una gran empresa. Su vida pasa apaciblemente de reunión social en reunión social, tiene un linda mujer y varios hijos. Entre tanto los negocios no le pueden ir mejor pues las ganancias parecen aseguradas. Pero, como es previsible, algún quiebro en su fortuna debía haber. El que sucede es el siguiente: ocupado en su esparcimiento, el protagonista deja en manos de otras personas el control de su empresa. Sin saberlo, estos adquirirán unas tierras de una forma poco noble y que tendrá como consecuencia que el antiguo propietario acabe en los campos de concentración.
Alexander-Holenia

    Aquel evento va a ser el desencadente, el punto de inicio real de la historia, pues a partir de dicho momento la historia se centra, empieza a contar algo: la obsesión del protagonista. Es normal que cualquier persona que no sea excesivamente malvada muestre arrepentimiento, aun no habiendo hecho nada directamente, ante un suceso así. En efecto, Alexander mostrará gestos de malestar intentando ayudar al pobre desgraciado en los campos de concentración y visitando a sus parientes... Jamás ha visto a aquel al que ha arruinado la vida, pero traumatizado por este hecho comenzará a buscar sus orígenes, que resultan ser nobiliarios. Afaenado con libros de heráldica y nobleza se va sumiendo en un mundo cada vez más pequeño, que anula todo lo que no sea él y el conde Luna, el antiguo propietario de las tierras expropiadas. Así comienza a desatender a su mujer -cosa que tendrá consecuencias en el relato-, sus negocios y, en general, su vida en favor de una investigación obsesiva del conde... y de la constante sensación de ser cercado, puesto en peligro por su presencia errática, pues cree que este todavía vive y le acosa a él y a su familia. Testimonios de esa presencia errática son los momentos ambiguos, en los que se juega con lo ilusorio, dando lugar a un cierto aire fantástico en el relato. Sumido en la ilusoria o real presencia del conde -que el lector nunca podrá discernir del todo- se produce un profundo cambio en Alexander: se transforma en lo que él percibe como su contrario, su opuesto:

(...) verdad que ahora Luna pretendía ejercer su venganza sobre Jessiersky desde la oscuridad, pero también él, Jessiersky, se alejaba de la luz para alcanzar a Luna en la oscuridad, convertía su luz en la oscuridad de manejos igualmente desdeñables como eran los de Luna, y trataba de llevar a la luz aquella oscuridad. Porque en el fondo no hay mucha diferencia entre las personas que obran en oposición; ya por el hecho de obrar así, por el hecho de que no se puede crear algo opuesto sin que exista lo que se le opone, obran en realidad del mismo modo." (p. 62)

    Dicha reflexión de Alexander-Holenia es la base de la obra que nos lleva desde Europa del este hasta las catacumbas de la ciudad de Roma. Hasta entonces Alexander intenta protegerse de diversos modos del conde Luna... ¡Llega a pensar que hay cierta relación entre la luna y el conde Luna! Esto último nos hace ver que el propio Alexander deshecha cualquier explicación racional y comienza a creer en poderes que tendría el supuesto conde. Con esa idea urde un plan que es el que le lleva al trágico final que el lector habrá descubrir... en realidad no, pues ya en el principio se nos dice cómo termina.

    Es esta una novela curiosa, que juguetea con lo fantastico, que lo roza, pero que no lo muestra. Las apariciones inexplicables de Luna, las catacumbas, la conversación al umbral de la muerte, entre algunos elementos más del libro, nos sitúan en ese "aire" que no termina de germinar en una obra de pletórica fantasía. Es por eso que calificar esta novela como fantástica es complicado, pero tampoco se puede decir de ella que sea realista. En esa zona ambigua, es en la que se mueve la novela. Para mi gusto esa ambigüedad no está mal empleada -de hecho hay momentos en que ha conseguido captar mi interés- pero esto no se traduce en una lectura que vaya más allá de lo inquietante. Y a aquello le hace un flaco favor un final en el que no se resuelve la historia. En lugar de ello, se nos ofrece una conversación pretenciosa y bizantina entre el moribundo Alexander y unos fantasmas.





sábado, 3 de septiembre de 2016

"La sabiduría antigua" de Giovanni Reale

 
   Giovanni Reale es conocido por sus escritos académicos que se centran, principalmente, en la exégesis moderna de los diálogos de Platón. Su saber, dispersado en muchas obras, ha contribuido de manera benéfica a ampliar nuestro saber histórico de la antigüedad. En esta obra suya de 1995 se propone salir un poco de su especialidad... sin hacerlo realmente. Lo que pretende es llevar o arrastrar los problemas que plantea a su propio terreno. ¿Cuál es el problema que suscita las 250 páginas que nos presentó la editorial Herder hace más de dos décadas? La respuesta será acaso sugerente para el lector moderno, contemporáneo. Ya nos pone sobre aviso el subtítulo de la obra: Tratamiento para los problemas del hombre contemporáneo. No, no es un libro de autoayuda (aunque algunos fragmentos caigan en ello). Por el contrario es un análisis, algunos dirán que lúcido, en el cual se nos presenta por un lado un diagnóstico de nuestro tiempo y también una solución.

   ¿Cuál es el diagnóstico y cuál la solución? El diagnóstico vendrá elucidado de la mano de Nietzsche, al que se sitúa como un visionario que adelantó los males de nuestro tiempo. Perdón, no es el propio Nietzsche el que es empleado en la obra. Más bien es la lectura que Heidegger hiciera de él. Con los ojos de ese Nietzsche es con el que se pretende ver y analizar nuestros días, en los cuales, se dice, ha triunfado el nihilismo, con la consiguiente negación y trivialización de todo valor. De la negación de los valores, a los cuales se considera ficciones creadas para que relacionarse con el mundo sea más fácil, más cómodo, y de las cuales no surge nada. La negación de toda jerarquía de valores, el considerar las figuras concretas de la abstracción (conceptos, valores, etc) como quimeras lleva al hombre a una situación de inquietudes e inseguridades en la vida moderna. La seguridad de los antiguos es sustituida por la nada etérea, pero envolvente, de la modernidad. Este es el diagnóstico, pero ahora queda saber cuál es la solución. Como dijimos Reale pretende hacer como si saliera de su terreno académico, cuando lo que en realidad hace es arrastrarlo hacia sí, hacia sus estudios. Esto lo hace diciendo que la solución a los problemas actuales está, en buena medida, conociendo lo que los antiguos griegos pensaron y dijeron. En las palabras de Platón y Aristóteles se hayan respuestas, alternativas y soluciones a los problemas de la modernidad.

    Son nueve los problemas de la modernidad según el autor. El cientificismo, considerar que la felicidad se haya en los bienes externos o el materialismo son algunos de esos nueve problemas. Problemas que siempre trata del mismo modo: habla de ellos, nos dice que son muy malos y finalmente nos explica qué decían Platón y Aristóteles. En este sentido el libro es considerablemente previsible. Su previsibilidad no guardará recovecos o sorpresas al lector, que verá esa estructura repetida no una, sino nueve veces, en detrimento del posible entretenimiento que el libro hubiera podido ofrecer. El libro no nos deleita en este sentido con una original disposición de sus elementos... Pero es que tampoco lo hará con el modo de exponer la cuestión. Ello se debe a que este autor es incapaz de tratar un tema sin citar. Citar no es un crimen, pero presentar un libro de citas ordenadas no me parece del todo decente. En efecto, de las de las 250 páginas del libro al menos 150 serían, sin riesgo a equívoco, citas. La incontinencia a la hora de citar por parte de este autor es patente... hasta el punto de hacernos plantearnos qué es lo que él dice, ya que casi todo lo dicen otros. 

    Respecto a eso último, a lo que Reale expresa (que la solución a los problemas de nuestra era está en las palabras del pensamiento antiguo) tengo dos objeciones:

    1) El saber de la antigüedad no se haya solo en Platón y en Aristóteles. Pretender, sin decirlo, que todo se concentra ahí, es una caricatura histórica. Que esos sean los autores más importantes de la antigüedad se debe, en buena medida, a que la criba de textos que se ha hecho a lo largo de los siglos ha sido bondadosa con ellos. Pero, sin embargo, esto no hace que en su mismo tiempo ellos fueran los más importantes. A Aristóteles por ejemplo no se le leyó apenas hasta bien entrada la antigüedad. Es por esto que no es la sabiduría de los antiguos la que nos enseña Reale, sino la de algunos antiguos.
   2) En caso de que lo primero no fuera cierto habría un nuevo problema: que solo los doctos que tengan conocimiento del pensamiento antiguo tendrían los fármacos para combatir los males de la modernidad. Si consideramos esto entonces este libro no serviría, por ineficaz, para "tratar los problemas del hombre contemporáneo" pues serían unos pocos (y no la sociedad en general) los que pudieran tratar esos males.

    Atendiendo estas dos razones me parece un libro fallido, que no termina de solucionar aquello que pretendía. ¿Qué más se le podría añadir a este libro? Una mala edición: no es solo que en la portada hayan mostrado poco empeño (una imagen pixelizada), sino que además el libro está repleto de faltas ortográficas y hay alguna ocasión en la que el traductor olvida la noble lengua castellana para abrazar el indio. Un fragmento puede ser un buen ejemplo: "Ningún hombre vivir sin unirse al otro en el amor" (pág 169). No pretenderé, sin embargo, decir que este libro es una basura aunque sí remarcar que en ocasiones algunos pasajes son dignos de un libro de autoayuda. Un ejemplo nos tendrá servir aquí también:
"(...) no trates de aumentar aquello que tienes, sino trata de lograr que aquello que tienes esté en armonía con lo que eres.
 
    Si quieres aumentar aquello que tienes (los bienes exteriores), debes aumentar consiguientemente aquello que eres (los bienes interiores)". (pág. 251)
    Eliminando tales pasajes hay que considerar que al menos el libro tiene una parte buena, haciéndonos recordar algunos puntos de vista de los pensadores antiguos. Quitando eso, me parece un libro torpe, poco útil y en general poco agradable por la forma que tiene el autor de exponer. Queda ahí mi opinión de este libro del que creo que más de alguno alabará simplemente por ser de quien es.