viernes, 12 de mayo de 2017

"Diálogo de la dignidad del hombre" de Fernán Pérez de Oliva


    Juan de Valdés, Luis Vives. Ginés de Sepúlveda, Bartolomé de las Casas, Boscán, Garcilaso de la Vega y otros muchos conforman nombres insignes del renacimiento español. A ese linaje de escritores de grácil pluma y punzante ingenio hay que añadir el de Fernan Pérez de Oliva. Su historia guarda en común con la de muchos intelectuales en que gozó de breve vida. No llegó a cuarenta años aquel joven de curioso ingenio que hizo de Salamanca lugar de enseñanza. Allí fue donde comenzó sus estudios a edad temprana, aunque los continuara en París y terminara, finalmente, en Roma al servicio de León X (Juan de Médici). No, no tuvo vida longeva, dijimos, pero sí que dejó una obra extensa que enriqueció por igual la ciencia, la historia, el teatro y el tratado moral.

    El Diálogo de la dignidad del hombre se adscribe a ese género tan fructífero para la filosofía (y no solo) como fue el diálogo. Este sin embargo no se recobró de su inicio en el que Platón le diera acabamiento y forma perfecta. Esta obra carece de la viveza de aquella que tenían las obras del antiguo filósofo y también de las de otros modernos pero conserva una misma intención: poner un elemento dramático a la exposición de una serie de ideas. Podríamos decir de otra manera que se da cuerpo a una concepción... O dos, como es el caso, pues Fernán Pérez de Oliva divide sus páginas en una introducción (en la que da breve acomodo a sus personajes) tras la cual se suceden dos partes: una encabezada por Aurelio; la otra por Antonio. Ambos se miden en un juego que es más retórico que dialéctico donde no faltan, eso sí, razones que les avalen. Aurelio es por ejemplo detractor de la dignidad humana y para defender su postura comienza una puntillosa retahíla de razones que van desde la disposición del universo, el lugar que ocupa el hombre en él y sus pobres habilidades, hasta lo fantasioso que resultan las esperanzas de fama y gloria. Todas las dignidades, todas las ansias de trascendencia del hombre son, sistemáticamente, ahogadas por el discurso algo negativo, pesimista si se quiere, de Aurelio.
"Las letras de Egypcios y Caldeos y otros muchos que tanto florecieron, quién las sabe? quién conoce agora los Reyes, los grandes hombres que a ellas encomendaron su fama? Todo va en oluido, el tiempo lo borra todo. Y los grandes edificios, que otros toman por socorro, para perpetuar la fama, también los abate y los yguala con el suelo. No ay piedra que tanto dure ni metal, que no dure más el tiempo consumidor de las cosas humanas," (Diálogo de la dignidad del hombre, p. 92)
   Apostaría a que sobre la base de este discurso hay cierto conocimiento del De caelo de Aristóteles, aunque no acerco en exceso la mano al fuego. Digo esto porque sigue el modelo del Estagirita en que los cielos están poblados por cuerpos eternos y, todo lo que se sitúa debajo, está compuesto por vil materia que se descompone y cambia constantemente. Este modelo es empleado por Pérez de Oliva, bajo la máscara de ese personaje que es Aurelio, para decirnos que el hombre ocupa el lugar menos digno (el de la materia) del cosmos y que, aun aquí, ni siquiera tiene un lugar preeminente pues está expuesto a multitud de causas que le pueden dañar o matar (animales salvajes, enfermedades, etc).

   Antonio, el otro contertulio, no se amilana ante todas las razones que le presenta Aurelio y, siendo así, ofrece una exposición algo más larga defendiendo un lugar preeminente para el hombre en la naturaleza. Muchos dirían que aquí se encuentra la concepción clásica del renacimiento acerca del hombre (aunque yo creo que eso puede ponerse en cuestión)... Lo que está claro es que aquí resuena, y muy claramente, la voz de Pico della Mirandola: Antonio no solo nos recuerda que el hombre es un pequeño mundo en sí mismo, sino que exalta ese pequeño microcosmos que es el hombre... Y retoma, también de Pico, aquella referencia al Protágoras de Platón, donde, con motivo del mito de Prometeo y Epimeteo, se discute de las habilidades (o la falta de ellas) que tiene el hombre. Pico dio acogida a dicha comparación en su Discurso sobre la dignidad del hombre y, Fernán Pérez de Oliva reutiliza ese topos... que también reaprovechará más tarde, creo, Luis Vives en su Fabula del hombre.

   Se completan con estos dos discursos las partes de esta obra breve, que sin ser propiamente filosófica, guarda un interés diletante con dicha disciplina para atender a las preocupaciones sobre el hombre, su dignidad y lugar en el cosmos que ocupa... temas que hicieron fortuna dentro y fuera del humanismo. Pero, como dije, la obra guarda cierto aire diletante. Por poner un ejemplo, entre las páginas 85 y las inmediatamente cercanas, se entremezcla la problemática del alma, con la sabiduría y el intelecto de una forma rápida, poco cara a la precisión conceptual de un filósofo (de uno bueno, claro).

    La obra no incluye una decantación por ninguna de sus dos partes (aunque hay que remarcar que la parte dedicada a Antonio es algo más extensa que la de Aurelio) lo cual nos deja en la duda: ¿Por dónde se inclina el criterio del propio autor? Esa respuesta la debe resolver el audaz lector que rescate este breve y ameno escrito del olvido en que se halla.

lunes, 17 de abril de 2017

"Kalpa imperial" de Angélica Gorodischer

   "Y todo el imperio puso los ojos en la nueva capital y todos los caminos convergieron a los montes más allá de lo que había sido un desierto, y todos los ambiciosos soñaron con irse a vivir allí y  algunos lo hicieron, y no hubo en  muchos cientos de años en el pasado y en el futuro una capital tan esplendorosa, tan rica, tan activa, tan bella, tan próspera. Y la dinastía de los Selbiddöes, de los Avvoggardios y de los Rubbaerderum gobernaron desde allí el vasto Imperio, en algunos casos bien, en otros regular, en otros mal, como sucede siempre, y el agua siguió manando y algunos palacios cayeron y se levantaron otros y algunas calles se abrieron y otras se cerraron entre las casas y los parques (...)"
(Kalpa imperial, pág. 84) 
    Imaginen un reino grande, muy grande. No, un reino no. Un imperio. Sí, imaginen uno bien basto, inabarcable casi. Imaginen que dicho imperio no solo es inmenso sino que nunca cae del todo, que le pasa como aquel ave mitológica que de sus cenizas vuelve a resurgir. Y ahora imaginen que le cuentan algunas historias de ese imperio que nunca cae, que cambia mucho sí, pero que nunca cae. Si lo hacen ya tendrán una idea general de qué es lo que presentó la editorial Gigamesh en el año 2000 con este volumen. Por supuesto la historia editorial de este libro es más compleja: originariamente no existió este libro, sino dos, que luego la editorial Minotauro reunió. Pasado un tiempo, Gigamesh rescató del olvido este libro y lo ofreció de nuevo al público español. Los once relatos de Gorodischer que trataban sobre ese imperio imaginario se nos ofrecieron de nuevo con toda su riqueza. Yo pude apreciar parte de ellos -porque no llegué a terminar el libro- por primera vez hará una década, allá por los neblinosos tiempos de mi paso por la ESO. Ha llovido bastante desde entonces pero me agrada reencontrarme de nuevo con los relatos que en el pasado disfruté y con otros nuevos, de los cuales algunos me gustaron unos más que otros.

   Como dije, el libro nos ofrece once relatos de los cuales, sinceramente, solo tres me conquistaron. Del resto hay algunos que estuvieron bien y otros que no conseguían remontar el vuelo. Supongo que esto es el pan de cada día de las recopilaciones de relatos: que hay de todo. Los tres que más disfruté fueron Retrato del emperador, Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente y La vieja ruta del incienso. El primero de los mencionados abre el volumen mientras que el tercero lo cierra. El otro está entre medias; es el quinto, para ser exactos. Cada uno de ellos tiene sus grandes virtudes. En Retrato del emperador Gorodischer nos cuenta el resurgimiento del imperio gracias a la curiosidad de un joven que mira y toca las cosas del pasado con interés, descubriendo para su poblado objetos útiles que serán la base para la capital de un imperio rejuvenecido del que él será el primer emperador. Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente vira en su planteamiento ya que no es este o aquel tiempo el que protagoniza el relato, ni siquiera este o aquel personaje, sino que es una ciudad, anodina al principio, la que ocupa las treinta siguientes páginas de esta recopilación. Páginas gozosas que transforman las vicisitudes de una ciudad en primera y única protagonista del relato. Un claro guiño a Calvino. La vieja ruta del incienso, por su parte, da fin a esta recopilación quebrando el estilo narrativo de los diez relatos anteriores. Tiene el valor no solo de añadir una nota de color al conjunto precisamente por su ruptura (estilo, diálogos, etc.), sino también por ofrecernos una historia más convencional, con personajes que viven y se desarrollan en las mismas páginas en que se habla de ellos mientras, al mismo tiempo, adereza eso con las historias  de Homero  y un viaje por el desierto que pone a prueba engaños y velos.

   Toda la recopilación, a excepción del último relato, se adapta el estilo propio de los contadores de cuentos, esos trotamundos locuaces que interpelan al público en plazuelas y calles para ganarse el pan. Predomina por tanto una voz distanciada, eso que algunos llaman voz en off, que narra las historias del imperio. Aquella voz predominante que mencionamos es enriquecido con numerosas disquisiciones que añaden humor o giros inteligentes en las frases. También se emplea para estirar tanto como se pueda una frase, haciendo de estas un río con múltiples meandros. La autora, por lo tanto, convierte la enumeración en vicio recurrente... y este vicio, en un buen estilo. Aun así cansa en ocasiones al lector, atiborrado con la información de su prolijo estilo... Y tan solo consigue enmendar esto con una habilidad notable, que envuelve todo en un halo poético, redentor con creces.

   Como broche final les dejo una pregunta que Gorodischer nos deja caer para que la respondan ustedes.
"Pero, ¿qué sería de los anales del imperio si los archivistas nos pusiéramos a fantasear como los contadores de cuentos?"
                                                                            (Kalpa imperial, pág. 33) 


   Mi respuesta es que tendríamos esta magnífica obra imaginaria. Si pueden disfrútenla.



sábado, 8 de abril de 2017

"Rihla" de Juan Miguel Aguilera


   La literatura siempre nos plantea escenarios que pueden estar muy ceñidos a la realidad o muy distantes de ella. Entre los extremos, y hablando de géneros, quizá pudiéramos colocar las ucronías: narraciones que adoptan los contornos de una realidad histórica pero que la rebasan con elementos que le son ajenos. El género en España tiene algunas obras recientes. Me viene ahora mismo a la memoria Alejandro Magno y las águilas de Roma, de Javier Negrete. Otra es la que hoy traigo a colación.

   Juan Miguel Aguilera se ha distinguido sobre todo en España por sus contribuciones al género de la ciencia ficción. Tuve la oportunidad, hace mucho, de leer Mundos y demonios, obra en la que nos dejaba una dignísima space opera donde varios personajes nos mostraban escenarios sorprendentes, con partes de buena acción y alguna idea excelentemente desarrollada. Debo decir que me conquistó. Ahora, que por azares pude toparme con algo nuevo de él he quedado descolocado, desorientado. No tanto por el cambio de un género como porque me he encontrado con una novela algo insulsa... opinión a contracorriente con todo lo que he encontrado en la red donde, en bastantes lugares, se la elogia. Quizá no me pilló inspirado pero como este es mi blog yo voy a dar mi opinión, que para eso es mío.

    Esta incursión literaria de Juan Miguel Aguilera se sitúa en el empequeñecido reino musulmán en España, que lejos de su antiguo gloria, se ve amenazados en sus fronteras por los reinos cristianos de la península. Ajeno a esta decadencia se halla la personalidad del personaje principal: un sabio estudioso más afanado en la búsqueda de manuscritos que en los asuntos mundanos. Pero con esto no podemos hacer una novela de aventura así que da la casualidad de que el sabio, de nombre muy largo por cierto (Lisán Al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib ibn al-Salmani), encuentra unos textos en planchas de cobres que narran los viajes de un fenicio hacia el nuevo mundo, todavía desconocido para ellos. Es así como el protagonista busca apoyo de otras personas para dirigir una nave hacia el nuevo continente. Este Colón que no sabe manejar un astrolabio da por fortuna con un hombre misterioso que le puede proveer de barco y tripulación. Baba es su nombre. Lo que sigue a esto son las andanzas de la expedición en América donde encuentran las culturas autóctonas y sus costumbres, civilizadas algunas; barbaras otras. Pero eso ya lo irá viendo el lector ya que Juan Miguel Aguilera intenta hacernos más cercanas esas culturas a lo largo del libro. El vehículo del que se vale para ello es Lisán, el protagonista, que compara habitualmente las similitudes y desemejanzas entre su cultura y las recientemente encontradas.

    Esta tentativa de indagar una cultura chirría durante toda la novela. Molesta a los ojos, por ejemplo, cuando emplea monosílabos de la cultura autóctona (beey, ma/ sí, no) de forma abusiva, como si esto fuera a dotar a la novela de mayor capacidad para dar cuenta de estas culturas. Del mismo modo chirría cuando hace equiparaciones entre las cosmologías, haciendo que algún personaje parezca una especie de Michio Kaku entremezclado con un nativo americano de hace cinco siglos. Quizá la razón de este fracaso es que esta es principalmente una novela de aventuras, no una novela que atienda al verismo literario que exige mostrar una nueva cultura. Pero que esto no nos pierda. Como novela de aventuras que es, no hay que pedirle el rigor que quizá deban tener las novelas históricas.

    Fuera de cosmogonías y atavíos con los que intentar dar una profundidad que la novela no tiene, la historia de Juan Miguel Aguilera dispone un tablero donde las piezas enfrentadas no son solo humanas (imperios autóctonos enfrentados), sino también criaturas fantásticas que, a la sombra de las luchas de los hombres, orquestan los acordes predominantes del escenario. Esto no es excepcional pues hay muchas historias que intercalan el conflicto humano con el cósmico. Ambos conflictos los relaciona bien el autor y van juntos de la mano de principio a fin de la historia. Entre ambos introduce algunos elementos, que algunos diremos que son de fantasía y otros dirán que son de ciencia ficción. Depende de cómo se mire. Eso lo tendrá que determinar cada lector.

   Como conclusión, porque no me apetece escribir más sobre este libro, diría que "Rihla" es un producto de entretenimiento bajo en calorías, que se reviste de ucronía, fantasía y divagación científico-religiosa que no es un gran libro porque no logra ser ni una buena ucronía, ni una buena fantasía, ni una buena divagación. 


viernes, 31 de marzo de 2017

"Dionisio areopagita" de María Toscano y Germán Ancochea


   La historia es muchas veces caprichosa y nos hace llegar lo que le apetece. Esto se aplica sobre todo a los textos y autores antiguos, que unas veces son bien conservados, comentados y traducidos y, otras veces, sufren el olvido y hasta la desaparición completa. Hay ocasiones especiales en que poseemos un texto pero no tenemos ni idea de quién lo escribió ni cuándo. Eso es justamente lo que pasa con un conjunto de escritos atribuidos erróneamente a Dionisio Areopagita. 

   Fue aquel un converso seducido por San Pablo, mártir en Atenas. Pero su nombre se conoce más por la persona que se hizo pasar por él y que escribió una serie de escritos con su nombre. De esos textos y de su autor solo se sabe que debieron ser escritos sobre el s. V d. C y por alguien que se hizo pasar por el mencionado mártir. Nada más sabemos. Solo nos ha quedado un corpus junto con su mensaje. Entre sus páginas se entremezcla la filosofía y la religión, siendo de los primeros escritos que consiguen insertar, de forma eficiente, cierta especulación neoplatónica con las Escrituras. El resultado fue muy fructífero ya que proveyó al medievo de una fuente para su cosmología, pero también de unas orientaciones de pensamiento que se desarrollarían ricamente en la cultura filosófica del medievo. La mística, también, le deberá mucho a este autor anónimo.


    El innomido griego al que llamamos falso Areopagita (Pseudo Dionisio) desarrolló elementos que ya estaban presentes en su tiempo, solo que en el contexto de la exégesis bíblica... Las conclusiones a las que llega serán rotundas y hallarán ecos lejanos en la cultura europea, religiosa y laica. Los elementos presentes que manejaba eran propios de Plotino y Proclo, continuadores tardíos de las enseñanzas de Platón. Este, que no sistematizó su pensamiento, sino que lo dejó en una serie de diálogos, no ofreció una visión de conjunto como sí aportarían sus continuadores tardíos. En el contexto de la cristianización del imperio romano el pensamiento cristiano se acerca al neoplatonismo, encontrando un vocabulario y un marco conceptual que le servirá para dar el salto de un discurso meramente religioso a uno discursivo y filosófico. Pseudo Dioniso hace una aportación decisiva en la juntura de ambas corrientes, acercándolas y fundiéndolas en un molde exitoso.

   Los neoplatónicos en sus estudios metafísicos llegaron a la conclusión de que el ser es producto de un principio distinto, que es no-ser. Los inicios de esa tesis tan poco obvia en un principio, se hallan en los discusiones que Platón desarrolla en sus Diálogos, especialmente en La república. Platón llamó a dicho principio idea del Bien. Concluyó que el Bien era el principio de las formas (ideas) y que se diferenciaba de ellas por no ser "ser". Consecuente al principio de Parménides de que lo que "es" puede conocerse, acaba postulando que la forma del Bien, puesto que no es, tampoco puede conocerse. La estructura metafísica, por lo tanto, quedaba dispuesta por un principio incognoscible y del que nada sabíamos. Sobre la base de esto trabajarían los platónicos posteriores y los padres de la iglesia que se sintieron atraídos por estas elucubraciones metafísicas. Pseudo Dionisio no dudó en reconocer, con su mirada cristiana, a Dios donde los platónicos mencionaban el principio del ser. Sobre esta reformulación de los materiales heredados elabora escritos sobre la base de que Dios es incognoscible, innombrable y que no se le puede pensar de ningún modo. Surge así lo que ha venido a llamarse teología negativa: la idea de que más que conocer a Dios por lo que es, se le conoce por lo que no es. Tan solo se le puede aludir de forma negativa: "no es esto...; no es aquello...; tampoco es esto otro...".

   El libro de María Toscano y Germán Ancochea pretende rellenar un hueco en la bibliografía moderna en la que está ausente, por lo general, las preocupaciones sobre el Pseudo Dionisio y su impacto en la cultura. El intento se agradece, aunque el texto muestra carencias importantes tanto en estructura como en contenido. Sobre la estructura solo hay un problema: el libro está hábilmente dispuesto para decir muy poco del pensamiento de este autor. Me explico: de sus doscientas páginas se emplean las 115 primeras para tratar la vida, el contexto y el resumen de algunas obras de Pseudo Dionisio. Además, luego hay otras 20 páginas (págs. 177-205) en las que se trata de algunas obras y autores influidos por el Areopagita. El resultado es que apenas dedica sesenta páginas al pensamiento de este pensador antiguo donde, sinceramente, se dicen generalidades. Aquí es donde entra la segunda carencia: el contenido. Ambas carencias están claramente entrelazadas, pues si no dejas espacio para hablar del tema que te dispones tratar es normal que luego solo tengas tiempo de decir generalidades. Además el libro muestra un poso de manuales, que no es malo per se, pero sí en este caso. Da la impresión de que es el resumen de muchos libros, el resultado de un estudiante avanzado en la materia, más que el de un especialista. Quizá esto se deje ver bastante en alguna parte, como cuando habla de las relaciones entre Sto. Tomás y Pseudo Dionisio, donde se alude a estudios modernos, pero en ningún momento se alude a la obra del propio Tomás de Aquino. No hay que juzgar el todo por la parte, pero es que esta parte se evidencia en otras partes. En conjunto me ha parecido un libro pobre.

   


viernes, 17 de marzo de 2017

"Las naves de la magia" de Robin Hobb

     Tochos, tochos, tochos... En el mundo de la fantasía parece que últimamente si no haces un libro que sea de tamaño similar a un ladrillo has trabajado para nada. Martin nos tiene más que aleccionados desde que empezó con su famosa saga Canción de hielo y fuego, ahora televisada con éxito. Robin Hobb parece que decidió hace mucho no quedarse atrás en esta empresa. Recuerdo la trilogía del Vatídico que devoré en un caluroso verano, cuando las vacaciones del instituto le dejaban a uno tiempo. Era una serie larga de seis libros, en realidad tres, con letras diminuta y que excedía las 1500 páginas. La recompensa, eso sí, merecía la pena, pues había bastante calidad en ellos y un intrigante, aunque austero, uso de la magia. Desde entonces, no he vuelto a leer nada de esta autora; y cuando compré la nueva trilogía, Las leyes del mar, la dejé intacta en las lejas hasta hace algo más de un mes... Porque sí, me ha costado un mes y una semana este ladrillo de más de seiscientas páginas con letra más bien pequeña. 

    La nueva trilogía sigue ambientada en el mismo mundo que nos ilustró Hobb en el Vatídico, solo que en otra parte. No me he molestado demasiado por consultar exactamente dónde. Sea como fuere, el escenario que se nos plantea guarda algún rasgo en común con la trilogía anterior: un reino o reinos comerciales cuya situación es apurada. En este caso no son los seis ducados, sino una ciudad fundada por colonos de Jamaillia. De aquella ciudad partieron todos aquellos que se hicieron a la mar en busca de tierras y riquezas. El gobernante de la ciudad garantizó que cuanto encuentraran sería suyo, pero sin olvidar de dónde venían y que debían guardar ciertos lazos con la capital. Los colonos llegarían a instalarse en una zona boscosa, que lindaba con un río, el Pluvia.

   Allí consiguen hallar muchos productos con los que hacer objetos maravillosos y de fantasía. Pero no todo podía ser bonito: por algún motivo la gente muere. En poco tiempo, y con consternación, la mayoría de ellos deciden trasladarse a otro lugar, donde no pueden tener los productos maravillosos que allí se encuentran, pero al menos consiguen conservar la vida. Se funda así Mitonar, ciudad comercial que guarda lazos y rutas con los colonos que decidieron no irse con ellos y que se afincaron de forma definitiva en el río Pluvia.

   Hay bastante historia de trasfondo, como se puede ver, pero Hoob nos la va desgranando. Espacio tiene, desde luego. Mientras ese trasfondo nos va resultando conocido, también nos llegan a resultar familiares un plantel de personajes. Hoob se decanta por un coro de voces para ir presentándonos distintos lugares y situaciones, para hacer más rico y real este archipiélago y sus gentes. La mayoría de ellos forman parte de una familia comercial, los Vestrit (Althea, Ronica, Keffria, Malta, Wintrow). Otros están directamente relacionados con ellos (Kyle Haven, Brassen). Tan solo hay un personaje en toda la historia que no guarda relación alguna con aquellos: Kennit, aguerrido pirata de aviesas intenciones, con más suerte que morro ( y de morro va sobrado, créanme).



    Todos son piezas hábilmente conducidas, hábilmente esbozadas de principio a fin, en el juego de tablero que la autora va construyendo. Hobb los trata como ya nos había enseñado en el Vatídico: a palo y mamporro. Eso, y el formato de folletín, inflan el libro con muchas historias, cambios de rumbo y circunstancias. Todas estas nos distraen del núcleo de la historia, que ya se intuye en el primer tercio del libro. Esto no creo que se pueda contar precisamente como una virtud en el libro, pero no seamos injusto, que no siempre nos tienen que sorprender para darnos una buena historia. Aunque el factor sorpresa no sea el fuerte de la novela, contamos con un buen desarrollo de los personajes

   Quizá uno de los problemas de este libro sea que como novela fantástica no llega a ser lo suficientemente sugerente. En la saga del Vatídico consiguió captar mi atención con "la habilidad", que creo que era así como llamaba a la magia. En esta nueva trilogía se prescinde de ella para dar privilegio a otros rasgos fantasiosos, como son embarcaciones vivas, con capacidad de juicio, con carácter. Como veremos en algunos momentos estas naves tienen más humanidad que la fauna humana que pueblan estas páginas. Agudamente nos presenta Hobb esta paradoja cuando cargan una de esas embarcaciones con esclavos y esta siente consternación por las aflicciones de los pobres desgraciados. Aquí se nos dice:
"A veces pensaba que debería limitarse a ignorarla cuando hablaba, como si fuera una de las esclavas implorando clemencia. A veces, en cambio, pensaba que tenía el deber de escuchar sus delirios y temores infundados. Porque lo que había llegado a considerar locura era la incapacidad de la nao para ignorar la miseria contenida en sus bodegas. Él había instalado las cadenas, había traído los esclavos, con sus propias manos había encadenado a los hombres y mujeres en la oscuridad bajo las cubiertas que pisaba. Podía oler el hedor de su confinamiento y oír sus gritos. Quizá fuera él el que estaba realmente loco, pues de su cinto colgaba una llave y no hacía nada." (Las naves de la magia, pp. 582-583)
   Quitando el elemento de las naves animadas, nos queda la incógnita acerca de los colonos que permanecieron en el río Pluvia, de los cuales está por desvelar casi todo. En el primer libro, al menos, se nos dice más bien poco. Se nota bastante que este tomo es el inicio de una larga jornada que está pendiente de desarrollarse. Le falta garbo y autonomía, en mi opinión. Su estilo literario es bastante bueno, tengo que reconocerlo, pero el libro no me ha engatusado.

martes, 7 de marzo de 2017

"El germen" de Mike Resnick

    Las breves incursiones que hago al género de ciencia ficción me llevan en ocasiones a títulos que tienen relación directa con alguno que ya he leído anteriormente. En esta ocasión ha sido un libro que indaga asuntos religiosos, justo como la última novela del género que compartí en este blog hace no mucho.

   Con unos cuantos años que median entre ambos (tres décadas), la entrega de Resnick aborda bajo un prisma distinto las relaciones que median entre lo divino y lo humano, la historia y la creación, la voluntad divina y la voluntad de los hombres... Y lo hace de un modo nuevo y gracioso haciendo que el mesías sea un juerguista, un golfo, un fullero que se pone en medio del camino de uno de los mayores señores del crimen: Salomon Moody Moore.
 
   Todo tiene como inicio un encuentro casual en el que Solomon, como buen matón adinerado, le da un paliza al mesías, cuyo nombre es Jeremías el G. El paso que esté seguirá a continuación será tramar un intento pretendidamente fallido de asesinato contra Salomon Moody Moore. El plan trazado no es excesivamente complicado: tras el intento fallido de asesinato intentará escapar de la organización criminal de Salomon el tiempo suficiente para que este se confiese incapaz, con todo su poder, de prender a su objetivo. Con ello pretende sorprender a Salomon y que le de un puesto en la organización con el cual llevar una vida disipada. Lo se, no suena muy prometedor o muy atractivo el argumento, pero Mike Resnik sabe hacerlo bien y engancha rápido, con hábiles diálogos y comentarios graciosos.

   Pronto, la primera parte de la novela, más jocosa, va cediendo lugar a una mayor seriedad cuando se va descubriendo que, efectivamente, Jeremías el G. tiene peculiaridades que le hacen distinto a cualquier humano o mutante. Son varias las veces que Salomon Moody Moore (me gusta cómo suena este nombre) lo apresa y le intenta dar muerte... Todas ellas son fracasos absolutos. Transcurrido el tiempo, el propio Salomon, Jeremías y otros personajes, al observar la biografía del fugitivo inmortal van sospechando la real naturaleza de este. Parece encajar con todos los rasgos del mesías, pero no el cristiano, sino el del antiguo testamento. En torno a él se va conformando una organización cada más sólida que hace que al rey del crimen le sea imposible capturar o, simplemente, seguir los movimientos de Jeremías. La justicia humana, asegurada con el poder de las armas y su voluntad, se topa de bruces con la divina, que impide que el mesías sea dañado de cualquier forma. Esta tensión se desarrolla durante toda la novela hasta que Jeremías cumple el cometido al que supuestamente está atado. Moore, sin embargo, no ceja en su empeño y conforme crece la fuerza de su rival va buscando aliados cada vez más fuertes: primero, socios de los negocios sucios; finalmente, llega a hablar hasta con dirigentes de alto nivel preocupados por el cariz que está tomando la nueva situación. Esta situación anormal es la que hace que pese a ser un personaje de moral más que cuestionable, las simpatías del lector se sitúen por completo del lado del mafioso asesino. Sobre todo porque su conflicto personal le lleva a tener un conflicto con el mismo Dios... Al fin y al cabo su obsesión de acabar con el mesías es su manera no de cuestionar la existencia de Dios -que le importa muy poco-, sino la forma en que este muestra su "benignidad". Tal cosa la manifiesta en una breve conversación con el Creador que tiene lugar casi al final de la novela:
"-ESTOY AQUÍ, DONDE SIEMPRE HE ESTADO, PORQUE ESTE LUGAR FUE EL MONTE HOREB ANTES DE SER EL MONTE SINAÍ, Y AQUÍ FUE DONDE HABLÉ CON MOISÉS.
 -¿Por qué no enviaste alguien como Moisés? -dijo amargamente Moore- ¿Por qué un loco sanguinario como Jeremías? (...) ¿Dónde estabas cuando te necesitábamos? ¿Por qué no enviaste ayuda durante la inquisición, por qué no salvaste al pueblo elegido del yugo de los nazis? ¿Qué te lo impidió?       
 - (...)!ANULO MI PACTO CON EL HOMBRE! ¡NUNCA MÁS PREOCUPARÉ POR VUESTROS ASUNTOS!
 -¡Nos las arreglaremos! -gritó Moore en dirección al cielo- ¡Nos las apañamos cuando tú estuviste demasiado ocupado para preocuparte por nosotros, y nos las apañaremos ahora!" (El germen, p. 188)*
* He tenido que mutilar la cita para no hacer spoiler. De ahí que pueda dejaros algo descolocados y parezca que no tiene sentido del todo.

   Así las cosas, la historia que a un primer vistazo iba a ser solo una graciosa novela de género se convierte en una reflexión sobre el destino y sobre si la voluntad del hombre puede hacer algo teniendo todas las cartas en contra. No está mal para una novela que al principio no me llamaba la atención. Aunque no destaque por un plantel de grandes personalidades, ni tampoco de grandes secundones, se deja leer muy bienel libro de Mike Resnick.


viernes, 3 de marzo de 2017

"La cultura del Renacimiento en Italia" de Jacob Burckhardt


    A toda obra le cae con el tiempo algún que otro varapalo. Cosas que tiene eso de la edad. Con los libros sucede que o bien caen el olvido o bien se consagran como clásicos. El libro de Burckhardt es uno de los segundos. Este autor suizo pudo escribir en la segunda mitad del siglo XIX una obra que merece ser tildada de monumental. Sus tesis pueden haber sido superadas, pero nadie ha sabido abarcar la época con la habilidad con que él mostró un tiempo pasado. Sobre la montaña de datos que acumula su obra se erige una voz que clara, nítida, que ha sabido sobrevivir más de un siglo... Y lo que le queda. Entra así de facto en la categoría de obras como El espíritu protestante y el capitalismo, de Max Weber, o de La decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon.

    La obra, terminada en 1860, quedó estructurada en seis partes que se ocupan de tres aspectos principalmente: las relaciones entre rasgos del Renacimiento, a saber, el estado, la cultura y la religión. Esas tres esferas son las plataformas privilegiadas desde las que Burckhardt partió para mostrar varios hilos discursivos que dan cuenta del aquel tiempo protagonizado por grandes latinistas, artistas y filósofos. Y es precisamente ese elenco de grandes personalidades a las que hace presente el autor... Lección de la que deberían aprender, en mi modesta opinión, algunos historiadores, enfrascados más en las interpretaciones modernas de compañeros que en la lectura de las fuentes primeras. Merced a estas fuentes crea una tupida gama de relaciones; el nacimiento de la subjetividad con sus nuevas formas de expresión y modos de relacionarse. Que nazcan obras como Trattato del governo della famiglia de Agnolo Pandolfini, Il galateo de Giovanni della Casa o Il cortigiano de Castiglione no es casualidad. Todas ellas, juntos con las biografías de Benvenuto Cellini o Girolamo Cardano, expresan un cambio profundo en la manera en que el individuo se examina y concibe a sí mismo. El ideal del caballero medieval da paso a nuevos prototipos y formas de conducta. La esfera íntima, el modo adecuado de vivir, de actuar, el cómo hablar o la familia se convierten en trasunto de reflexión. Meditación, eso sí, orientada al amparo de la cultura latina que vive una exaltación en este tiempo. Ovidio, Virgilio y otros muchos poetas son leídos e imitados... porque eso que se suele decir de que el Renacimiento da la espalda a las autoridades y piensa "por sí mismo" es una falsedad. Da la espalda a los medievales y su forma de entender el mundo, pero solamente para abrazar la de los latinos. Esto no es librarse de una autoridad, sino someterse a otra.

    En vistas a lo arriba comentado se comienza en los pequeños y grandes principados y repúblicas de Italia a crear bibliotecas con nuevas ediciones de los escritos antiguos. Además, aprovechando la decadencia y caída de Constantinopla, Italia da acogida a los sabios bizantinos. Argirópulos, Crisoloras, Jorge de Trebizonda se convierten en adinerados profesores de griegos y en traductores de autores vedados al pensamiento medieval. La biblioteca Vaticana, la Laurenciana y la veneciana conocen en este momento un notable aumento con los más nobles ejemplares. Así se nos dice del incremento de algunas de ellas:
"En las copias para grandes señores el material era siempre pergamino y la encuadernación era, uniformemente, tanto en la Vaticana como en Urbino, de terciopelo carmesí, con guarniciones de plata. Teniendo en cuenta esta actitud espiritual, que testimoniaba la veneración por el contenido de los libros con la presentación más bella posible y los más nobles materiales, se comprende que la repentina aparición de los libros impresos fuera recibida al principio, con desagrado. Federigo de Urbino ¨se hubiera avergonzado¨ de poseer un libro impreso" (La cultura del Renacimiento en Italia, p. 152)
   Toda esta parte dedicada a las bibliotecas, adquisiciones, traducciones y obras creadas ingeniosamente en esta época es, sin duda, la que más acaparó mi interés. Le sigue, de lejos, las consideraciones sobre el estado como obra de arte, que nos revela un mosaico de reinos, los de Italia, que eran incapaces de vivir en paz y que, avocados a sus continuos vicios guerreros, atrajeron la ruina sobre sí al dejar que los franceses intervinieran en sus asuntos. Italia perdería, de este momento en adelante, la iniciativa cultural que ostentaba desde hacía tiempo. Señala Burckhardt en repetidas ocasiones la influencia negativa que en esto tuvo la presencia española en la península italiana. Abomina del buen honor castellano cada vez que lo menciona. Su hispanofobia, como otros puntos del libro han quedado muy atrás... Y como fruto del pasado hay que verlos. La irreligiosidad de la época de la que habla ha sido también muchas veces matizada por historiadores del período (Kristeller, por ejemplo). Esto, junto a las carencias de la obra en terrenos científicos o filosóficos, nos dejan una obra que se sostiene en su conjunto, pero que ha sido superada en cada uno de sus aspectos singulares. El retrato que Burckhardt nos presenta le ocurre algo así como a Hegel con su filosofía: última gran síntesis, visión totalizadora que, sin embargo, en cada área particular ha sido superada, mas no en conjunto. Del mismo modo que no ha habido síntesis mayor que la del filósofo alemán no ha habido, hasta la fecha, mejor retrato general del Renacimiento que el que Burckhardt nos dio.


sábado, 4 de febrero de 2017

"Lorenzo el magnífico" de Marcel Brion


   Hay nombres que están asociados a lugares o épocas con más fuerzas que los eslabones unidos de una cadena: César, con Roma; Sócrates, con Atenas; Jesucristo, con Jerusalén; Florencia, con los Médici. Precisamente sobre uno de estos últimos trata el libro que traigo hoy aquí. Un libro algo olvidado, como su autor... y encuentro razones para ello, la verdad.

    La que supuestamente es la biografía de Lorenzo el magnífico es, también, la historia algo extensa de su familia. Marcel Brion da inicio a la obra hablándonos del abuelo y de los tejemanejes bancarios de este, mientras busca el equilibrio con el poder reinante. Por asuntos que nos llevan muy atrás en el tiempo -y que no voy a contar demasiado por su largueza-, los Médici quedaron en descrédito ante la plutocracia cuando no se opusieron al pueblo en uno de sus alzamientos. Las consecuencias no fueron agradables pues el dinero y el poder de lo Médici peligró. El abuelo de Lorenzo (Juan) cambió esta suerte invirtiendo a la carta ganadora, fijando un nuevo rumbo para los asuntos familiares: abandonando los asuntos políticos se dedicó única y enteramente a los negocios. ¿Para qué implicar a la familia en política cuando con favores y dinero se podía poner a amigos en puestos de poder?¿Vale la pena el riesgo de que se sospeche acerca de ellos sobre tentativas de tiranía cuando se puede dominar el escenario político de forma encubierta? Juan, que supo de la conveniencia de los disfraces, se guardó mucho de los asuntos públicos... al menos públicamente. Brion va trenzado en las paginas sucesivas las conquistas encubiertas que hace Juan, al tiempo que deja preparadas las líneas maestras de su sucesor, Cosme.


Lorenzo el magnífico de Benozzo Gozzoli

    Planificadas así las cosas, a Brion se le va de la mano los precedentes de Lorenzo y hace que estos ocupen más o menos la mitad del libro. Unos precedentes algo largos... Cuando se nos habla de la educación del joven ya ha transcurrido un tercio del libro. La historia se queda estancada en los progresos con los poco a poco se hacían con el poder los Médici en la ciudad que, por derecho propio, podía ser llamada la capital cultural de occidente en ese siglo: Florencia.

     El advenimiento al poder de los Médici contribuyó a unas nuevas relaciones y a una realidad política distinta en la península italiana. Florencia es, de todos los grandes estados de Italia, el más débil por su situación: al norte linda con el ducado de Milán, al noreste con Venecia, al este con el Papado y el reino de las dos Sicilias:
"(...) Una riña con Milán significaba, por ejemplo, que el acceso a todos los mercados del norte le quedaban privados en adelante, y que toda su economía interior se derrumbaba. Una nación cuyo equilibrio financiero reposa esencialmente sobre sus exportaciones, debe guardar vías libres. No es cuestión de influjo lo que aconseja la posesión de Pisa, sino la necesidad de dejar abierta la embocadura del Arno y el comercio mediterráneo. El paso por la Romaña, que puede ser impedido el día menos pensado por el Papa o por Venecia, desemboca directamente en el Adriático y, más allá, el levante."(Lorenzo el Magnífico, p. 101)
    Lorenzo, por su parte, seguiría en política exterior las líneas maestras trazadas por Cosme: una alianza con Milán (tradicional enemigo de Florencia) y Nápoles. Eso, junto con la amenaza del turco que tenía inquietos al Papado y Venecia, que veía peligrar sus dominios de ultramar, brindaron a Italia una etapa de relativa calma. Calma que solo las conjuraciones de un Papa (Sixto IV) y sus exhortaciones a la guerra hirieron casi de muerte. 

    Todos aquellos hechos, y muchos más, son cubiertos por Brion, pero lo hace de una forma que no respeta la cronología. No son pocas las ocasiones en que nos habla de unos sucesos y no sabemos cuál de los jefes de la familia Médici (Juan, Cosme y Lorenzo) afrentan los peligros. Las fechas son un gran desconocido en este volúmen. Son pocas las ocasiones en las que se emplea. Además, los hechos a veces son dejados en segundo plano en aras de dar importancia a disquisiciones innecesarias de Brion... o de loas dedicadas a los Médici... Porque, sí, Brion parece un panegirista de esta familia: todos son bondadosos, excelsos e inteligentes entre los Médici. Son los otros, los rivales, los que guardan para sí la maldad, la fealdad y los malos propósitos. Es así como Savonarola nos es presentado como un mero frustrado que por su fealdad se dedica con empeño al rezo y desdeña los placeres mundanos. Si atendemos a otros aspectos, la obra podría ser una oportunidad de darnos una idea de los intelectuales (poetas, pintores y pensadores) que rodearon a la familia Médici. Aquí también pierde una oportunidad Marcel Brion, quien alguna vez menciona algún intelectual, pero sin ponerlo en relación con otros de la misma ciudad ni hablar muy profundamente de ellos. Todo esto, y las extensas divagaciones, ponen al límite una narración que asiste, milagrosamente, a algunos puntos de verdadero interés: reconozco que el pasaje de la conjuración de los Pazzi en la catedral me dejó absorbido línea tras línea. Pero quitando ese momento estamos ante una pésima biografía que confunde la vida de un personaje destacado con contar los sucesos de la familia, por un lado, y la divagación y la loa como análisis histórico, por otro. Es la obra de un diletante que no está mal, pese a todo.


miércoles, 18 de enero de 2017

Shouwa genroku rakugo shinjuu


    Mucho se perdió tras la segunda guerra mundial, tanto en occidente como en oriente. Shouwa Genroku rakugo shinjuu (qué nombre más complicado, joder) se ubica antes de esos hechos, pero también durante y después. En una pequeña casa, en la intimidad de un pequeño teatro, la serie habla de la pérdida de un arte antiguo: el rakugo. Dicho arte consistía en contar historias de todo tipo a un público. No es nada fácil aunque pueda parecerlo en un principio. No todo el mundo tiene la gracia que requiere una historia picarona, ni la gravedad que exige una historia de terror. Muchos años de práctica, modulando la voz y aprendiendo la clásicas historias, son necesarios para llegar a adquirir maestría en tal habilidad.

    El modo en que un joven irrumpe a un maestro de rakugo, Yakumo Yurakutei, da comienzo a una historia interior. El maestro rememora sus primeros días de juventud, cuando ingresó en la casa del maestro rakugo que le enseñaría lo necesario de la técnica. Allí conoce al que será su amigo, casi su hermano, para toda la vida (Yin para los amigos). Uno y otro van trenzando en lo sucesivo una historia de aprendizaje, espectativas y frustraciones. Uno representa el talento natural, que necesita de poco entrenamiento para destacar, mientras que el otro encarna un espíritu severo, de hábitos y trabajo constante. Ambos tienen altas espectativas y, por si no fuera poco las dificultades que les pone el rakugo, la vida también les irá brindando buenas y malas experiencias. El anime se convierte, entonce, en una crónica de ambos jóvenes que no pierde el punto de vista en ningún momento: quien nos la cuenta es Yurakutei. Todo lo que vemos, escuchamos y pensamos está orientado según su recuerdo.

   Sí, se que todo esto es un jaleo de nombres, pero merece la pena. La serie sabe conquistarnos sin necesidad de grandes cosas. El tañir de las cuerdas de un shamisen, una historia de rakugo, una conversación con un poco de sake de por medio... son todos momentos sin grandilocuenciencia, pero que están bien ejecutados con animación embelesadora, invitándonos siempre a ver el próximo capítulo.

   Respecto a la historia es cierto que hay algún giro forzado a lo largo de los trece capítulos, pero lo compensan con un ritmo constante y sin grandes cambios... Cosa que no nos vuelve invulnerables a las penas de los personajes. Yurakutei (Bon es su nombre original) mira con recelo a Yin durante gran parte de esos capítulos. La naturalidad de su arte es algo que no es capaz de alcanzar por mucho que se encuentre. Un buen tramo de la historia estará dedicado a la búsqueda de su estilo en rakugo. La otra parte estará más centrada en su relación con una mujer y en las alteraciones que esta provoca en el precario equilibrio que hay en las relaciones entre Yin y Bon.

    De la animación no hay mucho que decir. Es sobresaliente y la verdad es que se han marcado un buen punto en esta parte el equipo productivo. Todos los escenarios están realizados atendiendo a los detalles, con lujo y colorido. Aquí, en parte, radica el encanto del mundo que se nos presenta, acompañado con una música que no destaca demasiado. Esta es quizá la única mancha de una serie que es sobresaliente alejándose de las series de corte juvenil que pululan en la animación japonesa. Se que no he desgranado demasiado la serie pero es que es mejor que vean la serie en vez de leer reseñas. Créanme: merece la pena.

martes, 17 de enero de 2017

"Mesías" de Gore Vidal

 "Muchas actitudes venerables fueron abandonadas y numerosas ¨verdades eternas¨ del siglo anterior, que había arrojado una sombra que parecía venir de un alto peñasco, tan formidable y tan densa era, resultaron, entonces, arena pura, adecuada para construir edificios fantásticos pero perecederos y expuestos al movimiento de las mareas" (Mesías, p. 20-21)
   Siempre he tenido la impresión de que nuestra época en más de algún sentido se puede equiparar a la tardía antigüedad, cuando el imperio romano  todavía era fuerte pero, interiormente, mostraba todo signo de descomposición. Las gentes no tenían ninguna convicción, ni patriotismo, ni confianza. Se dejaban caer, bien crédulas, en cualquier secta oriental que procurara calma de espíritu. Hoy, como en aquel tiempo, vemos proliferar pseudociencias y doctrinas aquí y allá. Todas ellas con unas buenas bolsas llenas y literatura barata que se puede encontrar en cualquier librería. Ya sea psicoanálisis, astrología prostituida (recordemos que la astrología de nuestros días no tiene mucho que ver con la antigua) o autoayuda, mucha gente devora libros, conferencias, va a reuniones y cree firmemente en ideas generales de pseudo saberes.

   Gore Vidal, me temo, pensaba en este paralelo cuando escribió este libro. No en vano el personaje principal, Eugene Luther, escribe una biografía de Juliano el apóstata. El propio Gore Vidal tiene una novela histórica sobre dicho personaje, por cierto. Los dos personajes, Eugene en esta novela y Juliano en la otra, comparten el hecho de partir del mismo punto: un escenario en el que una religión irrumpe y destruye a las religiones y facciones competidoras. Las orientaciones y perspectivas de ambas historias, eso sí, varían de forma considerable. En la novela que nos ocupa nuestro protagonista es un ocioso estudioso, lector de Platón y de los clásicos, que vive retirado del mundo mientras disfruta de la lectura de Dión Casio o algún otro escritor antiguo. La placidez de su retiro se ve estorbada por las reuniones con una tal Clarissa, personaje enigmático del cual poco se nos dice en la novela. Por mediación de ella conocerá a una hermosa joven, de nombre Iris Mortimer. Ambas le harán tomar contacto con una incipiente secta en la que quedará atrapado por las palabras de evidente carisma de su ¨mesías¨, John Cave. 

    Al poco de trabar conocimiento con estos dos personajes, Eugene se descubre a sí mismo seducido por la nueva doctrina, mientras que se da cuenta de que esta también ha conquistado la mente de otras personas. Cuando Cave habla, los demás se sienten arrastrados a su terreno sin poder oponerse. No hay teología, ni doctrinas de comportamiento en esta secta. Cave es un inspirado, no un pensador... Y de ello surge un pensamiento cautivador de masas, pero que no aporta un modo de vida. Quienes le siguen se dan cuenta de ello y deciden extender la palabra de su mentor... mientras añaden alguna otra. Ahí es donde entra en acción nuestro protagonista pues él, hombre culto y de prosapia intelectual, se encargará de dar forma a la doctrina. Escribirá panfletos, diarios, ensayos y hasta diálogos filosóficos. Poco a poco, en torno a la organización surgen personas que son las que verdaderamente sostienen las riendas de la empresa. Se despliega entonces un campo de intereses y relaciones que tienen muy poco que ver con la verdad, con la fe o con cualquier valor y sí, y mucho, con la ambición, el poder y  la inmoralidad. 

    Al leer la novela uno puede caer en el error de pensar que la idea que subyace a toda la narración versa sobre el uso peligroso que se puede hacer de los medios de masas, de la televisión, periódicos y diarios para inculcar una idea, sea esta verdadera o falsa... Y puede que halla algo de eso en la novela, pero no es del todo así. Tampoco tiene que ver con una irreligiosidad, pues en más de algún momento se sugiere la existencia de seres inspirados... pero de cuyas palabras y obras se hace lo que quieren otros. Así, hablando de la doctrina de Cave, en un momento se dice:
"-Sospecho que John es el anticristo -dijo Iris, y vi por su expresión que lo decía absolutamente en serio-. Ha venido a anular todas las iniquidades del cristianismo.
          -Aunque espero que no de Cristo -dije-. Hay cierta virtud en su leyenda, aun corrompida en Nicea tres siglos después." (Mesías, p. 138)

    Despachando esas categorías simplistas no hay duda de que haya que situarla en esa estela de autores de ficción empeñados en indagar la condición humana y sus devenires. Por esto, muchos han situado esta novela bajo la categoría de new wave. Pero esta categoría, atendiendo a la mera cronología, me parece imprecisa. Aquella corriente de novelas de ciencia ficción halla sus orígenes en años posteriores a la publicación de esta novela (1954). Todas estas razones hacen que la novela de Vidal sea rara y de géneros entremezclados, pero con un claro interés de especulación sobre cómo los fenómenos religiosos podrían desarrollarse en nuestras sociedades modernas.

     Sobre la calidad de la obra he de decir que me ha decepcionado. Yo leí con devoción en mi juventud Juliano el apóstata y Creación. Como todo joven que se encuentra con obras notables, me sentí maravillado y tenía un respeto inusual a este autor. Parte de él lo conservo en buena medida, pero Mesías ha cambiado ligeramente eso. El humor cáustico -mi favorito- tiene lugar y no es que el libro carezca de bella narración, pero los personajes son en su mayoría pobres y de algunos acabamos sin saber nada. A eso se suma que a uno le da la impresión de que la novela se alarga demasiado, de que la misma idea se vierte en exceso, que cien páginas menos le hubieran sentado bien a la narración. El final está bien resuelto y causa impresión, pero me he quedado con la sensación de que la novela está coja, de que le faltan elementos para ser una narración sólida. Sin llegar a ser insalvable (ni mucho menos) no la tildaré de gran obra. Como dato curioso diré que Eugene Luther son los dos primeros nombre del escritor, cuyo nombre completo es Eugene Luther Gore Vidal.

jueves, 12 de enero de 2017

"Caracteres" de Teofrastros y "Cartas" de Alcifrón


"De Yofonte a Eraston
Ojalá reviente y de mala muerte muera el malvado e infame gallo que me despertó, mientras que yo en sueños contemplaba un agradable espectáculo. (...)"  (Cartas, p. 190)
    Resulta difícil abrir un libro de la antigüedad, etapa revestida de una seriedad proverbial y de la que todos hablan como si en ella hubiera un ligero eco de lo divino, que me haya provocado una risa mayor al leerlo. No he leído muchos libros de tal período y quizá, por las maravillas que sobre Platón, la sofística y otras personalidades del mundo antiguo se dice, halla olvidado que no todo lo que escribieron los antiguos tiene que ver con asuntos serios y profundos. Olvidé por completo, y de forma descuidada, que lo vano y lo humorístico también lo cultivaron. Sí que es cierto que me sonaban nombres como Aristófanos, Plauto, Terencio e incluso Luciano de Samosata, pero mi visión de persona que no frecuenta el mundo de los "Clásicos" me llevó a tal deformación de la realidad. Las Cartas de Alcifrón y los escritos recopilados bajo el título Caracteres, de Teofrasto, han tenido una consecuencia inmediata: ese malentendido se ha derrumbado, como la pared que ya no se sostiene a sí misma.

    Unas pocas cartas de Alcifrón sirven para darnos a entender que Atenas fue algo más que el lugar donde se creó la Academia, el Liceo, el Partenón, esta o aquella gloria... Atenas también eran sus pobres, sus desarrapados y sus meretrices. Así reza el subtítulo de la obra, que nos da a entender que el conjunto de misivas son escritas por "perscadores, campesinos, parásitos y cortesanas". Entre las distintas cartas hay de todo, obviamente. Desde un pescador que escribe sobre sus preocupaciones por la azarosa marea que le permite comer o, por el contrario, penar, hasta las artimañas algo audaces de una dama para mantener a un mancebo junto a sí. Todas ellas gozan del verismo que pretende alcanzar el autor sobre una época que él mismo no vivió. Alcifrón, del cual poco se sabe, perteneció al movimiento denominado segunda sofística, que tuvo como inclinación retornar a las formas clásicas en cuanto estilo y, desde luego, muy interesada en representar un pasado que para ellos tuvo el más vivo interés. Fruto de ese interés, Alcifrón elige la epístola como manera de acercarnos a los chismorreos de las gentes antiguas, más preocupadas de cómo llenar el estómago o de los padecimientos sentimentales que de batallas e ideas. En los escarceos literarios que suponen estas misivas se recurre en muchas ocasiones al humor, aunque no siempre: hay más de algún personaje que es un miserable por las penosas circunstancias que le aquejan. A pesar de que no todas las correspondecias son de interés, el conjunto hace que tengamos cierta empatía hacia los habitantes de aquella época. Empatía que un tratado de historia no nos puede proporcionar. Eso, junto al humor vertido en más de una de las cartas, hacen de este libro una lectura para nada engorrosa.

Teofrasto
   Más afortunado fue Teofrasto que su compañero en este tomo. De él se ha conservado ciertas partes de su obra, aunque en conjunto no toda. También, a diferencia de Alcifrón, conocemos algo de su vida y avatares, pues fue el heredero del Liceo. Fue un discípulo avanzado de Aristóteles, hasta el punto de que tuvo un pensamiento propio gracias a su gran erudición y estudio. Su obra Caracteres no puede ser relacionada de forma directa con el quehacer filosófico, aunque en la introducción de este tomo se nos sugieren curiosas relaciones con la Ética de su maestro o, quizá, con el ámbito de la enseñanza. Puede que fueran escritos con el ánimo de distender el ambiente en el Liceo gracias al humor tras las jornadas de estudio y disertación .


    Sin conocer las intenciones que tuviera el autor al escribir la obra nos ha quedado un libro que nos habla en treinta breves capítulos sobre las inflexiones y modulaciones del carácter. Los capítulos suelen presentar un orden similar: encabezados con una definición, se pasa a continuación a enumerar una serie de frases típicas de los que tienen el carácter del que se trata. Por último, indaga algo más en los rasgos principales del carácter. No hay disertación o argumentación profunda en ninguna de estas piezas. Todas pretenden, modestamente, describir las principales tipologías humanas y, en todas ellas, Teofrasto hace gala de humor y hasta mala leche, como solemos decir nosotros. He disfrutado varios de sus capítulos de forma intensa, especialmente el dedicado a los locuaces, a aquellos que hablan tanto que:
"Incluso soportan las burlas de sus propios hijos, los cuales, cuando quieren dormirse, le suplican que les hable: 'Papá, cuéntanos algo para que nos entre sueño'" (Caracteres, p. 63)
    Ambas obras, escritas en momentos distintos, perteneciendo a géneros bien diferenciado y con intencionalidades diferentes, ayudan a tener un contacto amable con la antigua literatura. Su carácter ligero garantiza entretenimiento y, de paso, enseñarnos que los griegos antiguos no eran tan diferentes, ni tenían preocupaciones muy distintas, a las que tenemos nosotros en nuestros días. Recomiendo el libro como pasatiempo. Para ese cometido es más que apropiado. 


lunes, 2 de enero de 2017

"El faro de Alejandría" de Gillian Bradshaw

 
    Gillian Bradshaw no se cómo llegó a mis lejas. Solamente se que huyendo de los turrones de estos días y de ensayos di a parar con ella. Estaba ahí, en mi leja, acumulando polvo desde hace un par de años... y seguirá ahí, acumulando más polvo durante otros tantos. Pero ahora, cuando lo vea, sabré que es uno de esos libros que no me miran con aire hostil, acusándome de no prestarle atención. De la autora poco sabía y del libro no mucho más. La contraportada no anima demasiado a su lectura, pero tras leerlo puedo decir que mereció la pena comenzarlo pese a los defectos que presenta. 

    El título es del todo inapropiado pues solo un tercio de la novela transcurre en Alejandría... Aunque un autor puede poner el título que más le plazca. Para eso es su novela. El tocho de 600 páginas que tengo en la mano se escribió sobre 1986. Han pasado unos años desde entonces y sin embargo el libro ha sido reeditado en un par de ocasiones y en formatos distintos.  Se puede decir que ha triunfado la novela en nuestro país y, sinceramente, no me extraña. Sus virtudes no están tanto en la maestría narrativa como en saber entretener.... Pero vayamos un poco a la historia, que todavía no le he dado tregua al libro.

    Bradshaw elije desde el principio un campo idóneo para situar al lector y, en alguna medida, comprometerlo: con una adolescente que debe enfrentarse a la incapacidad de no poder elegir su futuro, ni siquiera su esposo. ¿Quién no va a comprometerse con tal personaje desde el principio? Joven, bondadosa -como su nombre, Caris, indica-, oprimida por la sociedad romana del siglo IV... Es imposible no mirarla con simpatía. Del mismo modo que es imposible que otros personajes no sean objeto de odio por parte del lector. Caris, que debe huir de los segundos, se refugia en Alejandría para aprender las artes de la medicina. Conociendo muy bien la máxima "Ars longa, vita brevis" de Hipócrates se dispone allí a emplear años al estudio de esta ciencia. Magulladuras, enfermedades, huesos rotos deberán ser afrentados que el buen hacer de sus manos e ingenio, haciendo caso a los tratados y manuscritos que caigan en sus manos. ¿Qué mejor lugar del mundo antiguo para obtenerlos? Alejandría era, sin duda y desde hacía mucho tiempo, el centro cultural del mundo antiguo, que había dejado detrás a Atenas y todas las ciudades de occidente y oriente. Su faro no solo deslumbraba las embarcaciones que se atisbaban en lontananza, sino también las artes y las ciencias. Como ciudad próspera y una de las principales urbes del imperio, también era lugar de lucha y disputas. Y es así que Caris se ve envuelta -y menospreciada- por todas las facciones y ganándose, poco a poco, su favor. Así ocurre con los cristianos que finalmente la dejan tratar a Atanasio, el gran obispo que se había enfrentado y sobrevivido a cuatro emperadores. No lo conseguirá con el quinto, llamado Valente, que realizará una purga tras la muerte de aquel.  Llegado a este punto, Caris, con más de un problema, emigra a Tracia, donde su condición de médico le permite ser una observadora privilegiada de la invasión de los godos. Después de peripecias varias se nos lanza un aviso del que cada vez eran más conscientes los romanos:

"En todas partes hay dificultades: bárbaros en el norte, persas en el este, en el sur los sarracenos y africanos. Y no tenemos fuerzas para impedirles entrar. Demasiadas tierras están desiertas y hay conflictos de la Iglesia con el Estado, los funcionarios y los gobernadores se llenan los bolsillos, a menudo para la ruina del bien público, y los que están lejos de las fronteras desprecian a los soldados que los protegen. Ha empezado a desmoronarse. No caerá con rapidez... puede durar más que nuestras propias vidas, pero caerá y seremos testigos de la caída." (El faro de Alejandría, p. 631)

     Pese a todos los agujeros que he dejado en mi resumen, ya puede atisbar el lector que la novela de Bradshaw es de todo menos una novela descriptiva y de acompasadas descripciones barrocas de escenarios o personajes. Por el contrario, es una novela que no deja de lado la aventura y la intriga. Eso, y el ritmo de la novela es lo que dotan a la narración de una agilidad que la hace óptima para lectores nóveles y también para los que no lo son tanto. No importa que los personajes se dividan entre "buenos" y "malos", o que de vez en cuando nos suelte algún comentario solo para dar a entender lo que sabe de la antigüedad. En conjunto, las virtudes compensan los defectos. En este sentido, Bradshaw me ha recordado un poco a Almudena Grandes, a esa estirpe de escritores que no son maestros de la escritura, pero que son adeptos avanzados que saben cómo escribir algo muy entretenido.