jueves, 9 de noviembre de 2017

"Ciclo de Tschai" de Jack Vance


Traz y Anacho salieron fuera para sentarse a la pálida luz del atardecer, y finalmente Reith se reunió con ellos. Con imágenes de la Tierra en su mente, el paisaje se volvió repentinamente extraño, como si estuviera contemplándolo por primera vez. La desmoronante ciudad  gris de Sivishe, las espiras de Hei, la Caja de Cristal reflejando un brillo bronce oscuro a la luz de Carina 4269, los altos acantilados apenas entrevistos en la bruma: aquello era Tschai. 
                                                                                                                             (Jack Vance, Los dirdir, p.134)


    Jack Vance hará sonreír a más de una persona. Alguno le conocerá por El jardín de Suldrun, sus continuaciones y quizá alguna otra saga, como la Tierra moribunda. Y les hará sonreír porque siempre consigue hacer despegar en sus páginas cierto sentido de la aventura, alejado de la narración pesada y bien cercano a lo exótico, lo extravagante y lo desconocido. Leer una novela suya es adentrarse en una red de caminos poco hollados que reciben al aventurero, figura principal de sus novelas, con muchas vicisitudes. Aunque solo he leído la trilogía de Lyonesse, y hace mucho tiempo, he conseguido con mucha facilidad reconocer algo del Vance que había en aquellos tres tomos en esta tetralogía, aunque esta se ambiente en la ciencia ficción y aquella hunda sus raíces en la leyenda fantástica. Ha conseguido ser tan ameno que me he "tragado" de una sentada los cuatro pequeños tomitos que la editorial Ultramar publicó (serie que me encanta por la sencillez y vistosidad de sus edición).

    ¿Qué tiene de especial Jack Vance, se preguntará algún lector? Pues, básicamente, la facilidad con la que desarrolla mundos que no requieren la seguridad de un par de cientos de páginas de preparación. Vance es un hábil constructor de bocetos ambientales. No necesita mucho espacio. Le bastan un par de líneas, un par de páginas para ponernos en escena y, de ahí, hacer empezar a rodar a sus personajes por peripecias, buenas y malas. Sus personajes lo conocen todo: desde el miedo, la inseguridad, la confianza y la alegría repentina por un logro casi imposible, hasta la seguridad y la comodidad de una caldeada habitación en una posada. Todos saborean de cerca el filo de la muerte y todos son siempre lo suficientemente ingeniosos, o lo suficientemente suertudos, para escapar de ella y adentrarse en una nueva aventura. Sus novelas son así un intrincado haz de acciones inesperadas, criaturas indescriptibles y resultado dudosos. 

   El mundo que despliega en esta tetralogía será recorrido casi en toda su extensión por el personaje principal de estas entretenidas novelas: Adam Reith. Al principio se nos hace saber que este formaba parte de una expedición espacial que se lanzó desde la Tierra y tenía como objetivo un distante mundo desde el que se detectó una extraña señal. La expedición, ya cerca de su destino, es atacada y se ve destruida. Tan solo Reith consigue sobrevivir a este suceso. Al aterrizar con una pequeña nave en la superficie del planeta, no tarda en descubrir para su sorpresa que el mundo está repleto de vida. Se encuentra primeramente con humanos que en su fisonomía han cambiado. No mucho, pero sí lo suficiente para ser distintos a él mismo. Poco después, descubre que el género humano vive en este mundo en condiciones de subdesarrollo sirviendo como mano de obra a distintas razas que pueblan Tschai. Horrorizado por esta esclavitud a la que se pliegan los humanos, intenta encontrar una manera de escapar del mundo y, al mismo tiempo, ayudar a los que se encuentra en su camino. Labor esta última que no es muy fácil, pues los hombres de Tschai, sin desarrollar y dispersados sin orden alguno son de la calaña más dudosa. Truhanes, sinvergüenzas, delatores y parias desfilan por las páginas de Vance y en no pocas páginas encontramos a auténticos explotadores.



    Reith, en este plantel que se encuentra, consigue la rara compañías de dos excluídos en sus respectivas sociedades: Traz, antiguo jefe de una banda tribal y Anacho, un exiliado algo refinado y pesimista. Este trío se mantendrá unido la mayor parte del tiempo en las cuatro novelas y, eventualmente, se les sumará alguna mujer. De estas no comentaré  muchos pues les falta enjundia y presencia. Carecen de una personalidad que se haga patente y su papel es el de meras desvalidas que aguardan al hombre fuerte y confiable que las rescate. Traz y Anacho no caen en esta falta de caracterización, pero en su contra hay que decir que no destacan y son fácilmente olvidables. En lo que respecta a nuestro personaje principal, es demasiado bueno como para ser cierto. Siempre es lo suficientemente astuto, fuerte y, en una palabra, capaz, para resolver todos los entuertos. Pese a esto los personajes funcionan y, si bien no destacan, sí que sirven como razón en la que apearse para contar las historias que tienen lugar en el ciclo de Tschai.

    La ciencia  ficción que Vance nos presenta no es compleja en sus personajes, como hemos visto. Acorde con esto, se nos presentan unas novelas que tienen muchos ingredientes pero no se emplean. Se podría haber explorado la condición humana en esta situación en la que se encuentra, se podría haber indagado en la lucha por su emancipación o incluso suscitar inquietudes por los aspectos de las sociedades que hay en Tschai, pero Vance descarta estas posibilidades y agota su narración en la pura aventura. Quizá esto no motive a muchos lectores porque, encandilados con la necesidad de lo trascendente, solo atienden a la ciencia ficción que explora la antropología, la sociología o aun cuestiones filosóficas. Vance no toma esos caminos ya hollados por un Silverberg, un Brian Aldiss, un Bob Shaw o esa larga lista de autores cuya escritura se condensa en la búsqueda de suscitar futuros inquietantes a través de los cuales reflexionar sobre nuestro presente o sobre nosotros mismos. Su apuesta y trinchera es otra. Descarta aquella para dejar volar su imaginación a un mundo despreocupado, forjado con imaginación exótica. Su escritura es un crear de sociedades y mundos que se deleita en esas sociedades y mundos. Los construye y los muestra como escenarios del camino errático de sus personajes pero no los instrumentaliza para hablar de otra cosa.

   En esta tetralogía desfilan cuatro razas, a cada cual peor (por sus fines y carácter), cuyas intenciones no van más allá derrotar al resto y hacerse con el control del planeta. Todas tienen su interés aunque yo solo voy a mencionar aquí la raza Pnume, que es la que más curiosa de estas cuatro. A diferencia de las otras, los Pnume se caracterizan por abandonar los conflictos a los que periódicamente se ven abocados el resto de razas. Viven en un mundo subterráneo, poblado de pasadizos caóticos para el desconocido y son meros espectadores de lo que acontece. Son una suerte de enciclopedistas, que reúnen muestras de todas las razas y guardan memoria de todo cuanto ha pasado. Vance les dedica parte del último a explorar esta raza pero no llega a ahondar demasiado en ellos. Quizá esto lo haga precisamente más interesante.

    Sin aportar más datos invito al interesado en pasarlo bien al leer a Jack Vance. Es un escritor con carencias, qué duda cabe, pero tiene aciertos que solventan esos fallos. Si falla su caracterización y profundidad de personajes y aun el modo de resolver algunas situaciones, siempre sabe hacer que pasemos la siguiente página y, después de esta, la siguiente hasta terminar sus libros.



domingo, 22 de octubre de 2017

"Sertorio" de Adolf Schulten

   Debió Sertorio emprender su marcha, subiendo primero por el Guadiana, luego el Gigüela hacia Segóbriga y desde allí, en dirección al norte, atravesando el Tajo, hacia el alto Henares y Caraca; se hallan unidas Segóbriga y Caraca por una carretera romana. Coincide justamente con aquella región, la viva descripción de Plutarco relativa a la argucia de Sertorio aplicada a los moradores en cuevas de Caraca. Leemos que los habitantes de Caraca no vivían en una ciudad o en un pueblo, sino en cuevas, singularmente en unas habilitadas para viviendas situadas en un alto y dilatado acantilado de la cara norte. Se sentían los moradores de esta pétrea fortaleza seguros frente a Sertorio, que acampaba ante ellos. Supo, sin embargo, Sertorio la forma de burlarlos. Examinando el lugar comprendió que no podía ni pensar en asaltar las cuevas situadas en lo más alto sobre el nivel del valle. Se le presentó entonces un aliado inesperado; el viento del noreste levantando, en torbellino, verdaderas nubes de polvo hacia las cuevas. (...) Cuando de nuevo sopló el viento del noreste hizo acumular una gran cantidad de tierra seca a todo lo largo de la base del acantilado de las covachas; el viento cuidó del resto. Suave al amanecer, pero soplando cada vez con mayor fuerza a medida que ascendía el sol, introdujo el viento una gran cantidad de polvo en las cuevas (...). Por fin los moradores de las cuevas tuvieron que entragarse al tercer día, a punto ya de asfixiarse.
(Schulten, Sertorio, pp. 145-146)

    La república romana experimentó en sus últimas dos centurias y media un gran éxito. Un éxito en el que anidaría la causa de su propia caída. Por un lado, los territorio  conquistados necesitaban de un cuidado que el entramado gubernamental republicano no contemplaba: inmovilizada en las normas que se proveyeron los romanos al inicio de su república, no habían cambiado gran cosa con el paso del tiempo. Pero Roma sí había cambiado considerablemente. Había pasado de una urbe más entre las grandes ciudades del Lacio a ser el centro político y económico de la cuenca del mediterráneo. Por otro lado, la necesidad constante de afrentar a los numerosos enemigos hizo que la república se tuviera que valer de figuras de considerables dotes. Grandes generales, con grandes ejércitos que debían conformarse al terminar sus belicosos encuentros con dejar todo su poder y gloria a un lado. Cosa difícil es el dejar el poder una vez que ya se ha poseído. Estos dos factores, unidos a la lucha de clases en la propia Roma y las facciones políticas, determinaría que en el siglo I estallaran guerras civiles. La primera tuvo como personajes a Cayo Mario, vencedor de numidios, cimbrios y teutones, y Lucio Cornelio Sila, victorioso general de los insurrectos itálicos. Quiso la suerte que, iniciadas las contiendas entre estos dos grandes hombres, Cayo Mario muriese, mientras Lucio Cornelio partía en pos de Mitrídates, un gran rival de Roma, buen estratega y pésimo táctico. Roma quedó, entonces, bajo la férula de los seguidores de Cayo Mario, a la cabeza de los cuales se hallaba Lucio Cinna. Una figura menos reconocida de los partidarios de Mario, pero que tendría gran importancia, fue Sertorio, al que Adolf Schulten dedicó el libro que hoy vamos a comentar brevemente.

   Fue Sertorio quizá el más dotado de los partidarios de Mario, pero fue también el más ignorado de entre los suyos y fue, sobre todo, el más desgraciado. Su vida tiene cierto hálito de epopeya. Esforzado y valiente, no menos capaz que sagaz, aguantó frente a las águilas romanas de Sila más de ocho años. Ocho duros años con privaciones, en desventaja... Donde solo a fuerza de voluntad e intelecto supo sobreponerse a ejércitos que le doblaban en número y que estaban mejor pertrechados. Pero esto es adelantarnos. Baste con decir que, una vez que Sila venció a Mitrídates volvió a Roma y derrotó fácilmente a los partidarios de Mario; Sertorio, hábil analista que ya había advertido a sus compañeros, estaba lejos de Roma. Tras algunas aventuras por el norte de África fue avisado por los lusitanos de que se pondrían bajo su mando si aceptaba liderarlos.
  
Lucio Cornelio Sila

    Sertorio no se lo pensó demasiado y, más temprano que tardé, desembarcó con unas exiguas tropas romanas en la península en el 80 a. C. Lo que iba a suceder a partir de ahora sería una constante preocupación para Roma, que destinó a dos de sus mejores generales, Quinto Cecilio Metelo y Pompeyo Magno. Durante los próximos años la república no pararía de enviar tropas que, año tras años, Sertorio aniquilaba de un modo u otro. Su astucia era proverbial y, sabiendo que el suyo no era un ejército romano (se componía principalmente de iberos con armamento ligero), adoptó la estrategia de guerrillas que ya le brindara grandes éxitos a Viriato. En su momento de mayor poder, controlaba casi toda la península, con pequeñas zonas en las que se veían reducido sus rivales. Pero si Sertorio era un hombre capaz, no tuvo la suerte de poseer una buena cadena de mando. Sus derrotas, que nunca fueron suyas, se debieron a los altos mandos. Si Sertorio vencía en el norte se encontraba luego con que algún lugarteniente había perdido una batalla o incluso un ejército entero allá donde él no podía estar. Su más capaz hombre fue Hirtuleyo, pero cayó en la batalla de Segovia frente a Metelo. Heredó su puesto Perpenna, que perdería muchas batalla. Sería este quien tramaría con el resto de altos mandos de Sertorio la muerte de su caudillo. Una noche del año 72 a. C.,  en un banquete con ricos manjares y vinos, fue vilmente acuchillado por aquellos que más debieron protegerlo. Resulta reconfortante saber que el instigador, Perpenna, fue vencido por Pompeyo. En sus últimos momentos imploraba por su vida alegando que podía delatar a muchos contactos favorables a Sertorio en Roma. Enseñó a Pompeyo cartas, pero este, repugnado ante un ser tan cobarde y traidor, le hizo matar y quemó las cartas sin siquiera mirarlas.

   Dejo a un margen una considerable cantidad de datos, pero estoy seguro de que el lector interesado acudirá al libro de Schulten, crónica fehaciente, esmerada y lúcida de las guerras sertorianas. La obra tiene ya alguna antigüedad y puede que haya quedado, no lo se, anticuada por el manantial de literatura histórica moderna. Sobre este punto me hallo incapaz de opinar, aunque puedo decir que me ha parecido un libro serio (como requiere el tema) y que suscribo lo que dice de él el prologuista (Francisco Socas): "Se lee con gusto y comodidad".

   Considero que merece algún comentario el trabajo de la editorial Renacimiento con el libro de Schulten. Hay que hacer mención de honor al prologuista que cumple esmeradamente su cometido, uniendo rica prosa y conocimiento del asunto. Complementa a este libro, de buena presentación, un apéndice de Felipe Mateu y Llopis que satisfará a los curiosos de la numismática... Su interés es relativo y podrá pasar desapercibido para muchos lectores (entre los que me incluyo). Por último, se echa en falta mapas en el libro para tener a un golpe de vista el desarrollo de las campañas militares. De tener esto, la editorial Renacimiento, hubiera otorgado una útil ayuda al lector. Quitando esto último, el texto se nos presenta sin errata alguna y en una edición muy cómoda y manejable.



sábado, 16 de septiembre de 2017

Loudon Sainthill (1918-1969)




Fragmento de "Figuras de la historia de Roma"

Muerte de Aníbal


   La clientela de Roma abrazaba ya todos los estados desde el extremo oriental del Mediterráneo hasta las columnas de Hércules. En ninguna parte había una potencia que pudiese inspirar temores. Pero aún vivía un hombre a quien Roma hacía el honor de juzgar como un enemigo temible; hablo del proscrito cartaginés que, después de haber armado contra Roma el occidente, había sublevado todo el oriente, fracasando solo en una y otra empresa por las faltas de una aristocracia desleal en Cartago, y en Asia por la estupidez política de las camarillas de los reyes. Al hacer Antíoco la paz, prometió, sin duda, entregar al grande hombre, y este fue a refugiarse primero en Creta y después en Bitinia. En la actualidad vivía en la corte de Prusias, prestándole su concurso en sus luchas con Eumenes y, como siempre, victorioso por mar y por tierra. Se ha dicho que intentaba lanzar al rey bitinio en una guerra contra Roma; absurdo cuya verosimilitud salta a la vista de cualquiera. El Senado hubiera creído seguramente rebajar su dignidad mandando coger al ilustre anciano en su último asilo, y no creo en la tradición que le acusa; lo que parece verosímil es que Flaminio, en su insaciable vanidad, siempre en busca de proyectos y de nuevas hazañas, después de hacerse el liberador de Grecia, quisiera también librar a Roma de sus terrores. Si el derecho de gentes prohibía entonces hundir el puñal en el pecho de Aníbal, no impedía aguzar el arma ni señalar a la víctima. Prusias, el más miserable de los miserables príncipes de Asia, tuvo un placer en conceder al enviado romano la satisfacción que este no se había atrevido a a pedir más que a medias palabras. Aníbal vio un día asaltada su casa repentinamente por una banda de asesinos, y tomó veneno. Hacía mucho tiempo, decía un escritor romano, que lo tenía preparado, conociendo a Roma y la palabra de los reyes. No se sabe fijo el año de su muerte, pero debió ocurrir, sin duda, a mediados del año 571 (183 a. C.), y a la edad de setenta años. En la época de su nacimiento luchaba Roma, con éxito dudoso, por la conquista de Sicilia; y vivió bastante para ver sometido a su yugo todo el Occidente, para encontrar delante de sí, en su último combate contra Roma, los buques de su ciudad natal, avasallada ya por los romanos; para ver a Roma arrastrar en pos de sí el Oriente, como arrastra el huracán la nave sin piloto, y hacer ver que sólo él hubiera sido bastante fuerte para conducirla. El día de su muerte se habían desvanecido ya todas sus esperanzas; pero en su lucha de cincuenta años, había cumplido al pie de la letra el juramento que siendo niño había hecho a su padre al pie de los altares.

                                                                            (Mommsen, Figuras de la historia de Roma, p. 41-42)

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Figuras de la historia de Roma" de Theodor Mommsen

Retrato de Mommsen por Ludwig Knaut
   Envuelto en libros, papeles y algún que otro busto romano, un hombre de ajadas facciones, pelo largo, blanco y algo ondulado, escribió una gran obra en la afortunada vida que gozó.  Así fue como lo presentó, creemos que con justicia, Ludwig knaus a Theodor Mommsen en 1881.

   Romanista, conocedor de leyes, lenguas y hasta de monedas, Mommsen amplió los campos tradicionales de la historia, especialmente de la romana. Y esto fue no solo porque renegara de los mitos, que en la antigüedad siempre se enhebraban con la política o los actos de este o aquel general, sino porque escribió a lo largo de sus días una vasta obra sobre Roma. La historia que le dedicó a esa ciudad abarca su nacimiento, con la unión de varias tribus en las orillas del Tíber, hasta los últimos coletazos de la república: unos 700 años. Atrás quedan Eneas y, más lejos, incluso, Rómulo y Remo; cerca nos deja un relato verosímil, un gran conocimiento legislativo de la antigua Roma y más cosas que este pobre lector no puede contar de primera mano... En 3º de ESO me leí su primer tomo de Historia de Roma . Me desgastó tanto aquella lectura que hasta el día de hoy no había retomado nada suyo. La promesa de este tomo, implícita, de liviandad y amenidad me hizo probar suerte... ¡Y bien que hice!

   El texto que Mommsen dio a imprenta bajo el título de Figuras de la historia de Roma es un libro desarropado de las técnicas más asépticas del método científico y además rescata, para deleite del lector, las técnicas propias de los biógrafos antiguos. Este libro se aleja, por tanto, de otros textos que escribió Mommsen de corte más científico que presentaban, hay que recordar, su buen hacer literario en su prosa rica, enérgica y amplia en recursos expresivos. En esta obra vemos que la trampa verbal que prepara Mommsen al lector es eficiente, si no mortal. Quien empiece a leerlo no puede parar su lectura.

   Comienza el libro con Anibal. Nos habla de su carácter y de sus hechos pero no pretende, ni mucho menos, una biografía. La pluma de Mommsen prefiere lo fragmentario, muchas veces le basta un suceso. Es así como dedica el inicio del libro a uno de los más temibles adversarios de Roma, si no el que más y, luego, otro capítulo lo protagoniza, pero no tanto el personaje, sino el suceso de su muerte, al que la escritura ágil de Mommsen provee de cierto dramatismo al que no es inmune el lector. Otro tanto ocurre con Escipión africano, el único que batió y se alzó con la vitoria frente a Aníbal, que no es mostrado como triunfador, sino como un hombre vencido por los recelos de sus compañeros. No rehuye Mommsen en sus esbozos biográficos verter la opinión del moralista junto con la del justiciero historiador, escorando la narración hacia el ávido lector, que quizá no entienda de historias, pero sí de sentimientos y de la aflicción, la alegría o el orgullo que debió invadir el corazón de estos hombres. Uno se siente cercano a estos personajes cuando lee pasajes como el siguiente:
"De genio altanero, creyéndose formado de otro y mejor barro que el común de los mortales, completamente entregado al sistema de las influencias de familia, arrastrando en pos de sí por el camino de grandeza a su hermano Lucio, triste testaferro de un héroe, se había granjeado muchos enemigos, y no sin motivo. La dignidad es el escudo del corazón. El excesivo orgullo lo descubre y expone a todos los dardos lanzados por grandes y pequeños, hasta que llega un día en que esta pasión ahoga el sentimiento natural de la verdadera dignidad. Y además, ¿no es siempre propio de esas naturalezas, mezcla extraña de oro puro y brillante oropel, como era la de Escipión, el necesitar para encantar a los hombre el brillo de la felicidad y la juventud? Cuando desaparece una u otra, llega la hora de despertar, hora triste y dolorosa, principalmente para el que, habiendo producido grande entusiasmo, se ve ahora desdeñado."
                                                                                (Mommsen, Figuras de la historia de Roma, p. 44)


   Siguiendo esa estela, la del que que hace retratos de las figuras que trata, sopesando sus valías y defectos, va pasando revista a personalidades del mundo antiguo. Encontramos apuntes bien definidos sobre Filipo de Macedonia, aquel que se alió con Aníbal y lo hizo para causarle más desgracias que ayudas. Como complemento a las figuras heroicas o guerreras, se nos ofrece otros cuya valía se deslizaba mejor en otras áreas. Cicerón destaca en ese apartado, compartiendo lugar con los hermanos Gracos, legisladores que no sobrevivieron a sus propias leyes. Con ellos llegamos de lo que serían las futuras agonías de la pobre república romana. Intentaron ellos realizar unas reformas que incluyeran en el reparto de riquezas a los más desfavorecidos. Desde ese pasado, sepultado con los cadáveres de los Gracos a manos de la oligarquía romana, llegamos a Mario, Sila, Sertorio y César. Cuando uno cierra el volumen de remembranzas que Mommsen hila puede darse cuenta el lector de que el volumen se cierra justo donde los estudios más serios del autor terminaron: el fin de la república romana y el inicio del principado.

   Está exenta de dudas esta obra en cuanto a rigor histórico aunque, evidentemente, por su carácter fragmentario no se presta a la disquisición puntillosa de nada. Deja buen sabor de boca e invita como buen aperitivo a buscar otros textos que complementen este con matices e historias más largas. El conjunto no presenta debilidades, pues hay que tener el libro por lo que es: unión de puntos dispersos que aportan un mosaico de momentos y vidas. Delicioso como libro.

lunes, 28 de agosto de 2017

Fragmento de "Los enamoramientos" de Javier Marías

Págs. 139-140

    Cuando no provocamos inmediatas pasiones, creemos que la lealtad y la presencia acabarán siendo premiadas teniendo más durabilidad y más fuerza que cualquier arrebato o capricho. En esos casos sabemos que nos sentiremos difícilmente halagadas aunque se cumplan nuestras expectativas mejores, pero sí calladamente triunfantes, si en efecto estas se cumplen. Pero de eso no hay certeza nunca mientras se prolonga el forcejeo, y hasta las más creídas con motivo, hasta las cortejadas universalmente hasta entonces, se pueden llevar grandes chascos con esos hombres que no se les rinden y les hacen presuntuosas advertencias. No pertenezco yo a esa clase, a la de las creídas, la verdad es que no albergo esperanzas triunfantes, o las únicas que me permito pasan por que Díaz-Varela fracase con Luisa antes, y entonces, tal vez, con suerte, se quede junto a mí por no moverse, hasta los hombres más inquietos y diligentes o maquinadores pueden tornarse perezosos en algunas épocas, sobre todo tras una frustración o una derrota o una muy larga espera inútil. Se que no me ofendería ser un sustitutivo, porque en realidad lo es todo el mundo siempre, inicialmente: lo sería Díaz-Varela para Luis, a falta de su marido muerto; lo sería para mi Leopoldo, al que aun no he descartado pese a gustarme solo a medias -supongo que por si acaso- y con el que acababa de empezar a salir, qué oportuno, justo antes de encontrarme a Díaz-Varela en el Museo de ciencias y de oírle hablar mirándole sin cesar los labios como todavía sigo haciendo cada vez que estamos juntos, solo puedo apartar de ellos la vista para llevarla hasta sus ojos nublados; quizá la propia Luisa lo fue para Deverne en su día, quién sabe, tras el primer matrimonio de aquel hombre tan agradable y risueño que no se entendería que nadie hubiera podido hacerle mal o dejarlo, y sin embargo ahí lo tenemos, cosido a navajazos por nada y en camino hacia el olvido. Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o solo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, solo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos nosotros, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios; inverosimilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano.

martes, 22 de agosto de 2017

Brian Aldiss

   Hace tres días, el día 19 de agosto, Brian Aldiss murió a la larga edad de 92 años. Despedimos desde aquí a este gran escritor.