lunes, 17 de abril de 2017

"Kalpa imperial" de Angélica Gorodischer

   "Y todo el imperio puso los ojos en la nueva capital y todos los caminos convergieron a los montes más allá de lo que había sido un desierto, y todos los ambiciosos soñaron con irse a vivir allí y  algunos lo hicieron, y no hubo en  muchos cientos de años en el pasado y en el futuro una capital tan esplendorosa, tan rica, tan activa, tan bella, tan próspera. Y la dinastía de los Selbiddöes, de los Avvoggardios y de los Rubbaerderum gobernaron desde allí el vasto Imperio, en algunos casos bien, en otros regular, en otros mal, como sucede siempre, y el agua siguió manando y algunos palacios cayeron y se levantaron otros y algunas calles se abrieron y otras se cerraron entre las casas y los parques (...)"
(Kalpa imperial, pág. 84) 
    Imaginen un reino grande, muy grande. No, un reino no. Un imperio. Sí, imaginen uno bien basto, inabarcable casi. Imaginen que dicho imperio no solo es inmenso sino que nunca cae del todo, que le pasa como aquel ave mitológica que de sus cenizas vuelve a resurgir. Y ahora imaginen que le cuentan algunas historias de ese imperio que nunca cae, que cambia mucho sí, pero que nunca cae. Si lo hacen ya tendrán una idea general de qué es lo que presentó la editorial Gigamesh en el año 2000 con este volumen. Por supuesto la historia editorial de este libro es más compleja: originariamente no existió este libro, sino dos, que luego la editorial Minotauro reunió. Pasado un tiempo, Gigamesh rescató del olvido este libro y lo ofreció de nuevo al público español. Los once relatos de Gorodischer que trataban sobre ese imperio imaginario se nos ofrecieron de nuevo con toda su riqueza. Yo pude apreciar parte de ellos -porque no llegué a terminar el libro- por primera vez hará una década, allá por los neblinosos tiempos de mi paso por la ESO. Ha llovido bastante desde entonces pero me agrada reencontrarme de nuevo con los relatos que en el pasado disfruté y con otros nuevos, de los cuales algunos me gustaron unos más que otros.

   Como dije, el libro nos ofrece once relatos de los cuales, sinceramente, solo tres me conquistaron. Del resto hay algunos que estuvieron bien y otros que no conseguían remontar el vuelo. Supongo que esto es el pan de cada día de las recopilaciones de relatos: que hay de todo. Los tres que más disfruté fueron Retrato del emperador, Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente y La vieja ruta del incienso. El primero de los mencionados abre el volumen mientras que el tercero lo cierra. El otro está entre medias; es el quinto, para ser exactos. Cada uno de ellos tiene sus grandes virtudes. En Retrato del emperador Gorodischer nos cuenta el resurgimiento del imperio gracias a la curiosidad de un joven que mira y toca las cosas del pasado con interés, descubriendo para su poblado objetos útiles que serán la base para la capital de un imperio rejuvenecido del que él será el primer emperador. Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente vira en su planteamiento ya que no es este o aquel tiempo el que protagoniza el relato, ni siquiera este o aquel personaje, sino que es una ciudad, anodina al principio, la que ocupa las treinta siguientes páginas de esta recopilación. Páginas gozosas que transforman las vicisitudes de una ciudad en primera y única protagonista del relato. Un claro guiño a Calvino. La vieja ruta del incienso, por su parte, da fin a esta recopilación quebrando el estilo narrativo de los diez relatos anteriores. Tiene el valor no solo de añadir una nota de color al conjunto precisamente por su ruptura (estilo, diálogos, etc.), sino también por ofrecernos una historia más convencional, con personajes que viven y se desarrollan en las mismas páginas en que se habla de ellos mientras, al mismo tiempo, adereza eso con las historias  de Homero  y un viaje por el desierto que pone a prueba engaños y velos.

   Toda la recopilación, a excepción del último relato, se adapta el estilo propio de los contadores de cuentos, esos trotamundos locuaces que interpelan al público en plazuelas y calles para ganarse el pan. Predomina por tanto una voz distanciada, eso que algunos llaman voz en off, que narra las historias del imperio. Aquella voz predominante que mencionamos es enriquecido con numerosas disquisiciones que añaden humor o giros inteligentes en las frases. También se emplea para estirar tanto como se pueda una frase, haciendo de estas un río con múltiples meandros. La autora, por lo tanto, convierte la enumeración en vicio recurrente... y este vicio, en un buen estilo. Aun así cansa en ocasiones al lector, atiborrado con la información de su prolijo estilo... Y tan solo consigue enmendar esto con una habilidad notable, que envuelve todo en un halo poético, redentor con creces.

   Como broche final les dejo una pregunta que Gorodischer nos deja caer para que la respondan ustedes.
"Pero, ¿qué sería de los anales del imperio si los archivistas nos pusiéramos a fantasear como los contadores de cuentos?"
                                                                            (Kalpa imperial, pág. 33) 


   Mi respuesta es que tendríamos esta magnífica obra imaginaria. Si pueden disfrútenla.



sábado, 8 de abril de 2017

"Rihla" de Juan Miguel Aguilera


   La literatura siempre nos plantea escenarios que pueden estar muy ceñidos a la realidad o muy distantes de ella. Entre los extremos, y hablando de géneros, quizá pudiéramos colocar las ucronías: narraciones que adoptan los contornos de una realidad histórica pero que la rebasan con elementos que le son ajenos. El género en España tiene algunas obras recientes. Me viene ahora mismo a la memoria Alejandro Magno y las águilas de Roma, de Javier Negrete. Otra es la que hoy traigo a colación.

   Juan Miguel Aguilera se ha distinguido sobre todo en España por sus contribuciones al género de la ciencia ficción. Tuve la oportunidad, hace mucho, de leer Mundos y demonios, obra en la que nos dejaba una dignísima space opera donde varios personajes nos mostraban escenarios sorprendentes, con partes de buena acción y alguna idea excelentemente desarrollada. Debo decir que me conquistó. Ahora, que por azares pude toparme con algo nuevo de él he quedado descolocado, desorientado. No tanto por el cambio de un género como porque me he encontrado con una novela algo insulsa... opinión a contracorriente con todo lo que he encontrado en la red donde, en bastantes lugares, se la elogia. Quizá no me pilló inspirado pero como este es mi blog yo voy a dar mi opinión, que para eso es mío.

    Esta incursión literaria de Juan Miguel Aguilera se sitúa en el empequeñecido reino musulmán en España, que lejos de su antiguo gloria, se ve amenazados en sus fronteras por los reinos cristianos de la península. Ajeno a esta decadencia se halla la personalidad del personaje principal: un sabio estudioso más afanado en la búsqueda de manuscritos que en los asuntos mundanos. Pero con esto no podemos hacer una novela de aventura así que da la casualidad de que el sabio, de nombre muy largo por cierto (Lisán Al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib ibn al-Salmani), encuentra unos textos en planchas de cobres que narran los viajes de un fenicio hacia el nuevo mundo, todavía desconocido para ellos. Es así como el protagonista busca apoyo de otras personas para dirigir una nave hacia el nuevo continente. Este Colón que no sabe manejar un astrolabio da por fortuna con un hombre misterioso que le puede proveer de barco y tripulación. Baba es su nombre. Lo que sigue a esto son las andanzas de la expedición en América donde encuentran las culturas autóctonas y sus costumbres, civilizadas algunas; barbaras otras. Pero eso ya lo irá viendo el lector ya que Juan Miguel Aguilera intenta hacernos más cercanas esas culturas a lo largo del libro. El vehículo del que se vale para ello es Lisán, el protagonista, que compara habitualmente las similitudes y desemejanzas entre su cultura y las recientemente encontradas.

    Esta tentativa de indagar una cultura chirría durante toda la novela. Molesta a los ojos, por ejemplo, cuando emplea monosílabos de la cultura autóctona (beey, ma/ sí, no) de forma abusiva, como si esto fuera a dotar a la novela de mayor capacidad para dar cuenta de estas culturas. Del mismo modo chirría cuando hace equiparaciones entre las cosmologías, haciendo que algún personaje parezca una especie de Michio Kaku entremezclado con un nativo americano de hace cinco siglos. Quizá la razón de este fracaso es que esta es principalmente una novela de aventuras, no una novela que atienda al verismo literario que exige mostrar una nueva cultura. Pero que esto no nos pierda. Como novela de aventuras que es, no hay que pedirle el rigor que quizá deban tener las novelas históricas.

    Fuera de cosmogonías y atavíos con los que intentar dar una profundidad que la novela no tiene, la historia de Juan Miguel Aguilera dispone un tablero donde las piezas enfrentadas no son solo humanas (imperios autóctonos enfrentados), sino también criaturas fantásticas que, a la sombra de las luchas de los hombres, orquestan los acordes predominantes del escenario. Esto no es excepcional pues hay muchas historias que intercalan el conflicto humano con el cósmico. Ambos conflictos los relaciona bien el autor y van juntos de la mano de principio a fin de la historia. Entre ambos introduce algunos elementos, que algunos diremos que son de fantasía y otros dirán que son de ciencia ficción. Depende de cómo se mire. Eso lo tendrá que determinar cada lector.

   Como conclusión, porque no me apetece escribir más sobre este libro, diría que "Rihla" es un producto de entretenimiento bajo en calorías, que se reviste de ucronía, fantasía y divagación científico-religiosa que no es un gran libro porque no logra ser ni una buena ucronía, ni una buena fantasía, ni una buena divagación. 


viernes, 31 de marzo de 2017

"Dionisio areopagita" de María Toscano y Germán Ancochea


   La historia es muchas veces caprichosa y nos hace llegar lo que le apetece. Esto se aplica sobre todo a los textos y autores antiguos, que unas veces son bien conservados, comentados y traducidos y, otras veces, sufren el olvido y hasta la desaparición completa. Hay ocasiones especiales en que poseemos un texto pero no tenemos ni idea de quién lo escribió ni cuándo. Eso es justamente lo que pasa con un conjunto de escritos atribuidos erróneamente a Dionisio Areopagita. 

   Fue aquel un converso seducido por San Pablo, mártir en Atenas. Pero su nombre se conoce más por la persona que se hizo pasar por él y que escribió una serie de escritos con su nombre. De esos textos y de su autor solo se sabe que debieron ser escritos sobre el s. V d. C y por alguien que se hizo pasar por el mencionado mártir. Nada más sabemos. Solo nos ha quedado un corpus junto con su mensaje. Entre sus páginas se entremezcla la filosofía y la religión, siendo de los primeros escritos que consiguen insertar, de forma eficiente, cierta especulación neoplatónica con las Escrituras. El resultado fue muy fructífero ya que proveyó al medievo de una fuente para su cosmología, pero también de unas orientaciones de pensamiento que se desarrollarían ricamente en la cultura filosófica del medievo. La mística, también, le deberá mucho a este autor anónimo.


    El innomido griego al que llamamos falso Areopagita (Pseudo Dionisio) desarrolló elementos que ya estaban presentes en su tiempo, solo que en el contexto de la exégesis bíblica... Las conclusiones a las que llega serán rotundas y hallarán ecos lejanos en la cultura europea, religiosa y laica. Los elementos presentes que manejaba eran propios de Plotino y Proclo, continuadores tardíos de las enseñanzas de Platón. Este, que no sistematizó su pensamiento, sino que lo dejó en una serie de diálogos, no ofreció una visión de conjunto como sí aportarían sus continuadores tardíos. En el contexto de la cristianización del imperio romano el pensamiento cristiano se acerca al neoplatonismo, encontrando un vocabulario y un marco conceptual que le servirá para dar el salto de un discurso meramente religioso a uno discursivo y filosófico. Pseudo Dioniso hace una aportación decisiva en la juntura de ambas corrientes, acercándolas y fundiéndolas en un molde exitoso.

   Los neoplatónicos en sus estudios metafísicos llegaron a la conclusión de que el ser es producto de un principio distinto, que es no-ser. Los inicios de esa tesis tan poco obvia en un principio, se hallan en los discusiones que Platón desarrolla en sus Diálogos, especialmente en La república. Platón llamó a dicho principio idea del Bien. Concluyó que el Bien era el principio de las formas (ideas) y que se diferenciaba de ellas por no ser "ser". Consecuente al principio de Parménides de que lo que "es" puede conocerse, acaba postulando que la forma del Bien, puesto que no es, tampoco puede conocerse. La estructura metafísica, por lo tanto, quedaba dispuesta por un principio incognoscible y del que nada sabíamos. Sobre la base de esto trabajarían los platónicos posteriores y los padres de la iglesia que se sintieron atraídos por estas elucubraciones metafísicas. Pseudo Dionisio no dudó en reconocer, con su mirada cristiana, a Dios donde los platónicos mencionaban el principio del ser. Sobre esta reformulación de los materiales heredados elabora escritos sobre la base de que Dios es incognoscible, innombrable y que no se le puede pensar de ningún modo. Surge así lo que ha venido a llamarse teología negativa: la idea de que más que conocer a Dios por lo que es, se le conoce por lo que no es. Tan solo se le puede aludir de forma negativa: "no es esto...; no es aquello...; tampoco es esto otro...".

   El libro de María Toscano y Germán Ancochea pretende rellenar un hueco en la bibliografía moderna en la que está ausente, por lo general, las preocupaciones sobre el Pseudo Dionisio y su impacto en la cultura. El intento se agradece, aunque el texto muestra carencias importantes tanto en estructura como en contenido. Sobre la estructura solo hay un problema: el libro está hábilmente dispuesto para decir muy poco del pensamiento de este autor. Me explico: de sus doscientas páginas se emplean las 115 primeras para tratar la vida, el contexto y el resumen de algunas obras de Pseudo Dionisio. Además, luego hay otras 20 páginas (págs. 177-205) en las que se trata de algunas obras y autores influidos por el Areopagita. El resultado es que apenas dedica sesenta páginas al pensamiento de este pensador antiguo donde, sinceramente, se dicen generalidades. Aquí es donde entra la segunda carencia: el contenido. Ambas carencias están claramente entrelazadas, pues si no dejas espacio para hablar del tema que te dispones tratar es normal que luego solo tengas tiempo de decir generalidades. Además el libro muestra un poso de manuales, que no es malo per se, pero sí en este caso. Da la impresión de que es el resumen de muchos libros, el resultado de un estudiante avanzado en la materia, más que el de un especialista. Quizá esto se deje ver bastante en alguna parte, como cuando habla de las relaciones entre Sto. Tomás y Pseudo Dionisio, donde se alude a estudios modernos, pero en ningún momento se alude a la obra del propio Tomás de Aquino. No hay que juzgar el todo por la parte, pero es que esta parte se evidencia en otras partes. En conjunto me ha parecido un libro pobre.

   


viernes, 17 de marzo de 2017

"Las naves de la magia" de Robin Hobb

     Tochos, tochos, tochos... En el mundo de la fantasía parece que últimamente si no haces un libro que sea de tamaño similar a un ladrillo has trabajado para nada. Martin nos tiene más que aleccionados desde que empezó con su famosa saga Canción de hielo y fuego, ahora televisada con éxito. Robin Hobb parece que decidió hace mucho no quedarse atrás en esta empresa. Recuerdo la trilogía del Vatídico que devoré en un caluroso verano, cuando las vacaciones del instituto le dejaban a uno tiempo. Era una serie larga de seis libros, en realidad tres, con letras diminuta y que excedía las 1500 páginas. La recompensa, eso sí, merecía la pena, pues había bastante calidad en ellos y un intrigante, aunque austero, uso de la magia. Desde entonces, no he vuelto a leer nada de esta autora; y cuando compré la nueva trilogía, Las leyes del mar, la dejé intacta en las lejas hasta hace algo más de un mes... Porque sí, me ha costado un mes y una semana este ladrillo de más de seiscientas páginas con letra más bien pequeña. 

    La nueva trilogía sigue ambientada en el mismo mundo que nos ilustró Hobb en el Vatídico, solo que en otra parte. No me he molestado demasiado por consultar exactamente dónde. Sea como fuere, el escenario que se nos plantea guarda algún rasgo en común con la trilogía anterior: un reino o reinos comerciales cuya situación es apurada. En este caso no son los seis ducados, sino una ciudad fundada por colonos de Jamaillia. De aquella ciudad partieron todos aquellos que se hicieron a la mar en busca de tierras y riquezas. El gobernante de la ciudad garantizó que cuanto encuentraran sería suyo, pero sin olvidar de dónde venían y que debían guardar ciertos lazos con la capital. Los colonos llegarían a instalarse en una zona boscosa, que lindaba con un río, el Pluvia.

   Allí consiguen hallar muchos productos con los que hacer objetos maravillosos y de fantasía. Pero no todo podía ser bonito: por algún motivo la gente muere. En poco tiempo, y con consternación, la mayoría de ellos deciden trasladarse a otro lugar, donde no pueden tener los productos maravillosos que allí se encuentran, pero al menos consiguen conservar la vida. Se funda así Mitonar, ciudad comercial que guarda lazos y rutas con los colonos que decidieron no irse con ellos y que se afincaron de forma definitiva en el río Pluvia.

   Hay bastante historia de trasfondo, como se puede ver, pero Hoob nos la va desgranando. Espacio tiene, desde luego. Mientras ese trasfondo nos va resultando conocido, también nos llegan a resultar familiares un plantel de personajes. Hoob se decanta por un coro de voces para ir presentándonos distintos lugares y situaciones, para hacer más rico y real este archipiélago y sus gentes. La mayoría de ellos forman parte de una familia comercial, los Vestrit (Althea, Ronica, Keffria, Malta, Wintrow). Otros están directamente relacionados con ellos (Kyle Haven, Brassen). Tan solo hay un personaje en toda la historia que no guarda relación alguna con aquellos: Kennit, aguerrido pirata de aviesas intenciones, con más suerte que morro ( y de morro va sobrado, créanme).



    Todos son piezas hábilmente conducidas, hábilmente esbozadas de principio a fin, en el juego de tablero que la autora va construyendo. Hobb los trata como ya nos había enseñado en el Vatídico: a palo y mamporro. Eso, y el formato de folletín, inflan el libro con muchas historias, cambios de rumbo y circunstancias. Todas estas nos distraen del núcleo de la historia, que ya se intuye en el primer tercio del libro. Esto no creo que se pueda contar precisamente como una virtud en el libro, pero no seamos injusto, que no siempre nos tienen que sorprender para darnos una buena historia. Aunque el factor sorpresa no sea el fuerte de la novela, contamos con un buen desarrollo de los personajes

   Quizá uno de los problemas de este libro sea que como novela fantástica no llega a ser lo suficientemente sugerente. En la saga del Vatídico consiguió captar mi atención con "la habilidad", que creo que era así como llamaba a la magia. En esta nueva trilogía se prescinde de ella para dar privilegio a otros rasgos fantasiosos, como son embarcaciones vivas, con capacidad de juicio, con carácter. Como veremos en algunos momentos estas naves tienen más humanidad que la fauna humana que pueblan estas páginas. Agudamente nos presenta Hobb esta paradoja cuando cargan una de esas embarcaciones con esclavos y esta siente consternación por las aflicciones de los pobres desgraciados. Aquí se nos dice:
"A veces pensaba que debería limitarse a ignorarla cuando hablaba, como si fuera una de las esclavas implorando clemencia. A veces, en cambio, pensaba que tenía el deber de escuchar sus delirios y temores infundados. Porque lo que había llegado a considerar locura era la incapacidad de la nao para ignorar la miseria contenida en sus bodegas. Él había instalado las cadenas, había traído los esclavos, con sus propias manos había encadenado a los hombres y mujeres en la oscuridad bajo las cubiertas que pisaba. Podía oler el hedor de su confinamiento y oír sus gritos. Quizá fuera él el que estaba realmente loco, pues de su cinto colgaba una llave y no hacía nada." (Las naves de la magia, pp. 582-583)
   Quitando el elemento de las naves animadas, nos queda la incógnita acerca de los colonos que permanecieron en el río Pluvia, de los cuales está por desvelar casi todo. En el primer libro, al menos, se nos dice más bien poco. Se nota bastante que este tomo es el inicio de una larga jornada que está pendiente de desarrollarse. Le falta garbo y autonomía, en mi opinión. Su estilo literario es bastante bueno, tengo que reconocerlo, pero el libro no me ha engatusado.

martes, 7 de marzo de 2017

"El germen" de Mike Resnick

    Las breves incursiones que hago al género de ciencia ficción me llevan en ocasiones a títulos que tienen relación directa con alguno que ya he leído anteriormente. En esta ocasión ha sido un libro que indaga asuntos religiosos, justo como la última novela del género que compartí en este blog hace no mucho.

   Con unos cuantos años que median entre ambos (tres décadas), la entrega de Resnick aborda bajo un prisma distinto las relaciones que median entre lo divino y lo humano, la historia y la creación, la voluntad divina y la voluntad de los hombres... Y lo hace de un modo nuevo y gracioso haciendo que el mesías sea un juerguista, un golfo, un fullero que se pone en medio del camino de uno de los mayores señores del crimen: Salomon Moody Moore.
 
   Todo tiene como inicio un encuentro casual en el que Solomon, como buen matón adinerado, le da un paliza al mesías, cuyo nombre es Jeremías el G. El paso que esté seguirá a continuación será tramar un intento pretendidamente fallido de asesinato contra Salomon Moody Moore. El plan trazado no es excesivamente complicado: tras el intento fallido de asesinato intentará escapar de la organización criminal de Salomon el tiempo suficiente para que este se confiese incapaz, con todo su poder, de prender a su objetivo. Con ello pretende sorprender a Salomon y que le de un puesto en la organización con el cual llevar una vida disipada. Lo se, no suena muy prometedor o muy atractivo el argumento, pero Mike Resnik sabe hacerlo bien y engancha rápido, con hábiles diálogos y comentarios graciosos.

   Pronto, la primera parte de la novela, más jocosa, va cediendo lugar a una mayor seriedad cuando se va descubriendo que, efectivamente, Jeremías el G. tiene peculiaridades que le hacen distinto a cualquier humano o mutante. Son varias las veces que Salomon Moody Moore (me gusta cómo suena este nombre) lo apresa y le intenta dar muerte... Todas ellas son fracasos absolutos. Transcurrido el tiempo, el propio Salomon, Jeremías y otros personajes, al observar la biografía del fugitivo inmortal van sospechando la real naturaleza de este. Parece encajar con todos los rasgos del mesías, pero no el cristiano, sino el del antiguo testamento. En torno a él se va conformando una organización cada más sólida que hace que al rey del crimen le sea imposible capturar o, simplemente, seguir los movimientos de Jeremías. La justicia humana, asegurada con el poder de las armas y su voluntad, se topa de bruces con la divina, que impide que el mesías sea dañado de cualquier forma. Esta tensión se desarrolla durante toda la novela hasta que Jeremías cumple el cometido al que supuestamente está atado. Moore, sin embargo, no ceja en su empeño y conforme crece la fuerza de su rival va buscando aliados cada vez más fuertes: primero, socios de los negocios sucios; finalmente, llega a hablar hasta con dirigentes de alto nivel preocupados por el cariz que está tomando la nueva situación. Esta situación anormal es la que hace que pese a ser un personaje de moral más que cuestionable, las simpatías del lector se sitúen por completo del lado del mafioso asesino. Sobre todo porque su conflicto personal le lleva a tener un conflicto con el mismo Dios... Al fin y al cabo su obsesión de acabar con el mesías es su manera no de cuestionar la existencia de Dios -que le importa muy poco-, sino la forma en que este muestra su "benignidad". Tal cosa la manifiesta en una breve conversación con el Creador que tiene lugar casi al final de la novela:
"-ESTOY AQUÍ, DONDE SIEMPRE HE ESTADO, PORQUE ESTE LUGAR FUE EL MONTE HOREB ANTES DE SER EL MONTE SINAÍ, Y AQUÍ FUE DONDE HABLÉ CON MOISÉS.
 -¿Por qué no enviaste alguien como Moisés? -dijo amargamente Moore- ¿Por qué un loco sanguinario como Jeremías? (...) ¿Dónde estabas cuando te necesitábamos? ¿Por qué no enviaste ayuda durante la inquisición, por qué no salvaste al pueblo elegido del yugo de los nazis? ¿Qué te lo impidió?       
 - (...)!ANULO MI PACTO CON EL HOMBRE! ¡NUNCA MÁS PREOCUPARÉ POR VUESTROS ASUNTOS!
 -¡Nos las arreglaremos! -gritó Moore en dirección al cielo- ¡Nos las apañamos cuando tú estuviste demasiado ocupado para preocuparte por nosotros, y nos las apañaremos ahora!" (El germen, p. 188)*
* He tenido que mutilar la cita para no hacer spoiler. De ahí que pueda dejaros algo descolocados y parezca que no tiene sentido del todo.

   Así las cosas, la historia que a un primer vistazo iba a ser solo una graciosa novela de género se convierte en una reflexión sobre el destino y sobre si la voluntad del hombre puede hacer algo teniendo todas las cartas en contra. No está mal para una novela que al principio no me llamaba la atención. Aunque no destaque por un plantel de grandes personalidades, ni tampoco de grandes secundones, se deja leer muy bienel libro de Mike Resnick.


viernes, 3 de marzo de 2017

"La cultura del Renacimiento en Italia" de Jacob Burckhardt


    A toda obra le cae con el tiempo algún que otro varapalo. Cosas que tiene eso de la edad. Con los libros sucede que o bien caen el olvido o bien se consagran como clásicos. El libro de Burckhardt es uno de los segundos. Este autor suizo pudo escribir en la segunda mitad del siglo XIX una obra que merece ser tildada de monumental. Sus tesis pueden haber sido superadas, pero nadie ha sabido abarcar la época con la habilidad con que él mostró un tiempo pasado. Sobre la montaña de datos que acumula su obra se erige una voz que clara, nítida, que ha sabido sobrevivir más de un siglo... Y lo que le queda. Entra así de facto en la categoría de obras como El espíritu protestante y el capitalismo, de Max Weber, o de La decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon.

    La obra, terminada en 1860, quedó estructurada en seis partes que se ocupan de tres aspectos principalmente: las relaciones entre rasgos del Renacimiento, a saber, el estado, la cultura y la religión. Esas tres esferas son las plataformas privilegiadas desde las que Burckhardt partió para mostrar varios hilos discursivos que dan cuenta del aquel tiempo protagonizado por grandes latinistas, artistas y filósofos. Y es precisamente ese elenco de grandes personalidades a las que hace presente el autor... Lección de la que deberían aprender, en mi modesta opinión, algunos historiadores, enfrascados más en las interpretaciones modernas de compañeros que en la lectura de las fuentes primeras. Merced a estas fuentes crea una tupida gama de relaciones; el nacimiento de la subjetividad con sus nuevas formas de expresión y modos de relacionarse. Que nazcan obras como Trattato del governo della famiglia de Agnolo Pandolfini, Il galateo de Giovanni della Casa o Il cortigiano de Castiglione no es casualidad. Todas ellas, juntos con las biografías de Benvenuto Cellini o Girolamo Cardano, expresan un cambio profundo en la manera en que el individuo se examina y concibe a sí mismo. El ideal del caballero medieval da paso a nuevos prototipos y formas de conducta. La esfera íntima, el modo adecuado de vivir, de actuar, el cómo hablar o la familia se convierten en trasunto de reflexión. Meditación, eso sí, orientada al amparo de la cultura latina que vive una exaltación en este tiempo. Ovidio, Virgilio y otros muchos poetas son leídos e imitados... porque eso que se suele decir de que el Renacimiento da la espalda a las autoridades y piensa "por sí mismo" es una falsedad. Da la espalda a los medievales y su forma de entender el mundo, pero solamente para abrazar la de los latinos. Esto no es librarse de una autoridad, sino someterse a otra.

    En vistas a lo arriba comentado se comienza en los pequeños y grandes principados y repúblicas de Italia a crear bibliotecas con nuevas ediciones de los escritos antiguos. Además, aprovechando la decadencia y caída de Constantinopla, Italia da acogida a los sabios bizantinos. Argirópulos, Crisoloras, Jorge de Trebizonda se convierten en adinerados profesores de griegos y en traductores de autores vedados al pensamiento medieval. La biblioteca Vaticana, la Laurenciana y la veneciana conocen en este momento un notable aumento con los más nobles ejemplares. Así se nos dice del incremento de algunas de ellas:
"En las copias para grandes señores el material era siempre pergamino y la encuadernación era, uniformemente, tanto en la Vaticana como en Urbino, de terciopelo carmesí, con guarniciones de plata. Teniendo en cuenta esta actitud espiritual, que testimoniaba la veneración por el contenido de los libros con la presentación más bella posible y los más nobles materiales, se comprende que la repentina aparición de los libros impresos fuera recibida al principio, con desagrado. Federigo de Urbino ¨se hubiera avergonzado¨ de poseer un libro impreso" (La cultura del Renacimiento en Italia, p. 152)
   Toda esta parte dedicada a las bibliotecas, adquisiciones, traducciones y obras creadas ingeniosamente en esta época es, sin duda, la que más acaparó mi interés. Le sigue, de lejos, las consideraciones sobre el estado como obra de arte, que nos revela un mosaico de reinos, los de Italia, que eran incapaces de vivir en paz y que, avocados a sus continuos vicios guerreros, atrajeron la ruina sobre sí al dejar que los franceses intervinieran en sus asuntos. Italia perdería, de este momento en adelante, la iniciativa cultural que ostentaba desde hacía tiempo. Señala Burckhardt en repetidas ocasiones la influencia negativa que en esto tuvo la presencia española en la península italiana. Abomina del buen honor castellano cada vez que lo menciona. Su hispanofobia, como otros puntos del libro han quedado muy atrás... Y como fruto del pasado hay que verlos. La irreligiosidad de la época de la que habla ha sido también muchas veces matizada por historiadores del período (Kristeller, por ejemplo). Esto, junto a las carencias de la obra en terrenos científicos o filosóficos, nos dejan una obra que se sostiene en su conjunto, pero que ha sido superada en cada uno de sus aspectos singulares. El retrato que Burckhardt nos presenta le ocurre algo así como a Hegel con su filosofía: última gran síntesis, visión totalizadora que, sin embargo, en cada área particular ha sido superada, mas no en conjunto. Del mismo modo que no ha habido síntesis mayor que la del filósofo alemán no ha habido, hasta la fecha, mejor retrato general del Renacimiento que el que Burckhardt nos dio.