lunes, 24 de julio de 2017

"Eros y magia en el Renacimiento" de Culianu


    Uno va teniendo con los años sus peculiares filias que se han dejado, sin embargo, entrever de cuando en cuando. En el caso de este blog suelen ser algún que otro escrito que tiene que ver o bien con la astrología, o bien con la magia o bien con el ocultismo. Siempre he sentido interés por ese mundo en que, si bien puede que no haya nada verdadero, hay sin duda una potencia imaginativa desplegada en una gran cantidad de literatura. Su efecto no ha sido del todo irrelevante en la historia. Muchos sabrán de las aficiones bien expresadas de un Kandinski o un Mondrian, en quienes ciertas ideas teosóficas han inoculado su veneno y han dado como resultado representaciones pictóricas sugerentes y atractivas. Esta influencia en artistas no era exclusiva suya, pues muchos ingenios humanos se han visto atraídos por los estudios ocultos: Newton o Goethe suelen ser mencionados. Es por esto que, cuando encuentro una obra que promete un estudio serio de ciertos fenómenos como la magia, la astrología u otros similares, me acerco con cierto interés. El libro de Culiano ha acaparado, por las temáticas que ocupa, mi interés durante estos días.

   Eros y magia en el Renacimiento se publicó en 1984. Es un estudio, como vemos, que no es del todo antiguo. Han pasado treinta y tres años. Pocos, si se trata de un clásico; muchos, en cambio, si la obra no ofrece nada singular. Ya os dejo caer que este libro entra dentro de la segunda categoría... Pero antes de despellejar haré un breve resumen de lo que propone:

   Culiano presenta diversas tesis en este ensayo de corte histórico (pero no solo) de las que la primera es que, la magia, es predecesora directa de las ciencias psicológicas. Esto lo dice porque algunos escritos mágicos versan sobre cómo ejercer control sobre el individuo o un colectivo gracias a un control mental. El modo en el que se desarrolla esta disciplina de control es a través de la conceptualización que se hace del erotismo. El erotismo o amor, que tiene una significación importante en el pensamiento y la filosofía occidental desde El banquete de Platón, sirve como base al pensamiento mágico. Sigue a lo largo un itinerario bien marcado: comenzando con Ficino, siguiendo por Pico della Mirandola y terminando por Giordano Bruno. Otra de las tesis importantes que maneja en este libro es que la persecución del pensamiento mágico por la Reforma y la Contrarreforma dio el impulso definitivo para el nacimiento de la ciencia. La razón que aporta para esto es que con ambas iglesias (católica y protestante) se persigue todo enunciado de tipo cualitativo (mágico o religioso) y se deja solo libertad para aquellos de carácter cuantitativo, produciéndose así el desarrollo de las ciencias duras.

     Este es un libro que me ha sorprendido por su capacidad de ponerme contra él casi desde el principio. No es solo por el ligero tufo a influencias jungianas que permean su estudio histórico (frecuentes alusiones al inconsciente individual y colectivo), sino porque me parece discutible en bastantes cuestiones. Algunas se pueden perdonar dado el tiempo transcurrido desde su publicación; otras no. Entre las segundas incluyo no menos de tres faltas:

    1) Al convertir el eros en "el grado cero" de la magia traza un itinerario. Este enlaza la obra temprana de Ficino (De amore) con Pico della Mirandola y, finalmente, con Los heroicos furores y el De vinculis de Giordano Bruno. No tengo ningún problema con la interpretación que da de estas obras separadamente, aunque sí  con la tesis de que hay una continuidad entre ellas. Ha obviado, deliberadamente, información en aras a permitir la linealidad de todas las obras mencionada. Esa información que omite es que aquello que plantea Ficino en su tratado son la expresiones de un hombre joven que serán sustituidas por las del Ficino maduro que escribirá la Teología platónica, suma de su pensamiento. Resumiendo: en el De amore se expresa, es cierto, que el amor es una fuerza cósmica que tiene la capacidad de mediar, de servir como punto de unión entre todos los extremos. En la Teología platónica dicha función se le reserva al hombre. No mencionar esto es lo mismo que no ver el desarrollo completo del eros. Culianu se queda en la obra primeriza de Ficino y sugiere entonces la continuidad con Pico y Giordano Bruno. Si mencionara lo que apuntamos (que en realidad es lo que apuntó en su día P. O. Kristeller) no podría verse esa continuidad.
    2) De lo apuntado más arriba uno puede rastrear rápidamente que el continuum en el pensamiento mágico que propone el autor es deudor de la obra de Frances Yates (de quien ya reseñamos uno de sus libros hace algún tiempo). Hay un gran problema en este punto porque, si uno va siguiendo de cerca el aparato de notas así como la bibliografía, se da cuenta que esta obra debe más a estudios modernos que a las propias fuentes. Esto no sería un (gran) problema si la influencia se sopesara con una gran cantidad de estudios modernos, pero son pocos los que sostienen la mayor parte de las obra. Ficino, Bruno y Campanella los examina a través de la interpretación de Yates, a Pico della Mirandola con H. de Lubac, a Tritemius mediante la obra de Klaus Arnold. Esto, sin duda, resiente en no poco la originalidad del ensayo donde hay, que no quepa duda, aportaciones propias interesantes (el análisis del De vinculis de Bruno o la influencia de Sinesio de Cirene en Ficino (sospecho que aprovechando la pista que Kristeller apuntó pero que no explotó en su The philosophy of Marsilio Ficino, que emplea en su revisión mejorada y ampliada en Il pensiero filosofico di Marsilio Ficino).
   3) Por último creo que es impugnable, o que al menos se presta a controversia fundamentada su tesis de que los avances técnicos y científicos de la época se deben a lo que llama "la abolición de lo fantástico", es decir, la reforma protestante y la contrarreforma. Aquí sus opiniones me parecen de lo más descuidadas pues en primer lugar da por hecho que en el Renacimiento se dieron todos los avances de la época, evadiendo la discusión con los medievalistas (aquellos que dicen que los verdaderos avances de la ciencia se hicieron ya en las universidades medievales con Grosseteste o Juan Buridan al frente). Primero de suponer, sin refutar ni demostrar, que los logros científicos son en su esencia frutos del Renacimiento, no añade más "razones" con las que apoyar su tesis de que la ciencia experimentó su nacimiento gracias a la reforma y la contrarreforma. Por lo que respecto a los avances técnicos no hace falta leer mucha bibliografía para saber que la técnica y sus conquista preceden a la reforma protestante.

    Este libro es claramente uno que me hubiera gustado hace tiempo. Lo hubiera devorado sin contemplación. Ahora también lo he devorado, pero con un lápiz señalando las cosas que no me convencían. Quizá hubiera preferido leerlo hace años. Hoy por hoy me resulta un texto insípido (quien lo lea no debe esperar quedar atrapado en la miel de sus palabras) y bastante discutible, cuando no anticuado.


viernes, 12 de mayo de 2017

"Diálogo de la dignidad del hombre" de Fernán Pérez de Oliva


    Juan de Valdés, Luis Vives. Ginés de Sepúlveda, Bartolomé de las Casas, Boscán, Garcilaso de la Vega y otros muchos conforman nombres insignes del renacimiento español. A ese linaje de escritores de grácil pluma y punzante ingenio hay que añadir el de Fernan Pérez de Oliva. Su historia guarda en común con la de muchos intelectuales en que gozó de breve vida. No llegó a cuarenta años aquel joven de curioso ingenio que hizo de Salamanca lugar de enseñanza. Allí fue donde comenzó sus estudios a edad temprana, aunque los continuara en París y terminara, finalmente, en Roma al servicio de León X (Juan de Médici). No, no tuvo vida longeva, dijimos, pero sí que dejó una obra extensa que enriqueció por igual la ciencia, la historia, el teatro y el tratado moral.

    El Diálogo de la dignidad del hombre se adscribe a ese género tan fructífero para la filosofía (y no solo) como fue el diálogo. Este sin embargo no se recobró de su inicio en el que Platón le diera acabamiento y forma perfecta. Esta obra carece de la viveza de aquella que tenían las obras del antiguo filósofo y también de las de otros modernos pero conserva una misma intención: poner un elemento dramático a la exposición de una serie de ideas. Podríamos decir de otra manera que se da cuerpo a una concepción... O dos, como es el caso, pues Fernán Pérez de Oliva divide sus páginas en una introducción (en la que da breve acomodo a sus personajes) tras la cual se suceden dos partes: una encabezada por Aurelio; la otra por Antonio. Ambos se miden en un juego que es más retórico que dialéctico donde no faltan, eso sí, razones que les avalen. Aurelio es por ejemplo detractor de la dignidad humana y para defender su postura comienza una puntillosa retahíla de razones que van desde la disposición del universo, el lugar que ocupa el hombre en él y sus pobres habilidades, hasta lo fantasioso que resultan las esperanzas de fama y gloria. Todas las dignidades, todas las ansias de trascendencia del hombre son, sistemáticamente, ahogadas por el discurso algo negativo, pesimista si se quiere, de Aurelio.
"Las letras de Egypcios y Caldeos y otros muchos que tanto florecieron, quién las sabe? quién conoce agora los Reyes, los grandes hombres que a ellas encomendaron su fama? Todo va en oluido, el tiempo lo borra todo. Y los grandes edificios, que otros toman por socorro, para perpetuar la fama, también los abate y los yguala con el suelo. No ay piedra que tanto dure ni metal, que no dure más el tiempo consumidor de las cosas humanas," (Diálogo de la dignidad del hombre, p. 92)
   Apostaría a que sobre la base de este discurso hay cierto conocimiento del De caelo de Aristóteles, aunque no acerco en exceso la mano al fuego. Digo esto porque sigue el modelo del Estagirita en que los cielos están poblados por cuerpos eternos y, todo lo que se sitúa debajo, está compuesto por vil materia que se descompone y cambia constantemente. Este modelo es empleado por Pérez de Oliva, bajo la máscara de ese personaje que es Aurelio, para decirnos que el hombre ocupa el lugar menos digno (el de la materia) del cosmos y que, aun aquí, ni siquiera tiene un lugar preeminente pues está expuesto a multitud de causas que le pueden dañar o matar (animales salvajes, enfermedades, etc).

   Antonio, el otro contertulio, no se amilana ante todas las razones que le presenta Aurelio y, siendo así, ofrece una exposición algo más larga defendiendo un lugar preeminente para el hombre en la naturaleza. Muchos dirían que aquí se encuentra la concepción clásica del renacimiento acerca del hombre (aunque yo creo que eso puede ponerse en cuestión)... Lo que está claro es que aquí resuena, y muy claramente, la voz de Pico della Mirandola: Antonio no solo nos recuerda que el hombre es un pequeño mundo en sí mismo, sino que exalta ese pequeño microcosmos que es el hombre... Y retoma, también de Pico, aquella referencia al Protágoras de Platón, donde, con motivo del mito de Prometeo y Epimeteo, se discute de las habilidades (o la falta de ellas) que tiene el hombre. Pico dio acogida a dicha comparación en su Discurso sobre la dignidad del hombre y, Fernán Pérez de Oliva reutiliza ese topos... que también reaprovechará más tarde, creo, Luis Vives en su Fabula del hombre.

   Se completan con estos dos discursos las partes de esta obra breve, que sin ser propiamente filosófica, guarda un interés diletante con dicha disciplina para atender a las preocupaciones sobre el hombre, su dignidad y lugar en el cosmos que ocupa... temas que hicieron fortuna dentro y fuera del humanismo. Pero, como dije, la obra guarda cierto aire diletante. Por poner un ejemplo, entre las páginas 85 y las inmediatamente cercanas, se entremezcla la problemática del alma, con la sabiduría y el intelecto de una forma rápida, poco cara a la precisión conceptual de un filósofo (de uno bueno, claro).

    La obra no incluye una decantación por ninguna de sus dos partes (aunque hay que remarcar que la parte dedicada a Antonio es algo más extensa que la de Aurelio) lo cual nos deja en la duda: ¿Por dónde se inclina el criterio del propio autor? Esa respuesta la debe resolver el audaz lector que rescate este breve y ameno escrito del olvido en que se halla.

lunes, 17 de abril de 2017

"Kalpa imperial" de Angélica Gorodischer

   "Y todo el imperio puso los ojos en la nueva capital y todos los caminos convergieron a los montes más allá de lo que había sido un desierto, y todos los ambiciosos soñaron con irse a vivir allí y  algunos lo hicieron, y no hubo en  muchos cientos de años en el pasado y en el futuro una capital tan esplendorosa, tan rica, tan activa, tan bella, tan próspera. Y la dinastía de los Selbiddöes, de los Avvoggardios y de los Rubbaerderum gobernaron desde allí el vasto Imperio, en algunos casos bien, en otros regular, en otros mal, como sucede siempre, y el agua siguió manando y algunos palacios cayeron y se levantaron otros y algunas calles se abrieron y otras se cerraron entre las casas y los parques (...)"
(Kalpa imperial, pág. 84) 
    Imaginen un reino grande, muy grande. No, un reino no. Un imperio. Sí, imaginen uno bien basto, inabarcable casi. Imaginen que dicho imperio no solo es inmenso sino que nunca cae del todo, que le pasa como aquel ave mitológica que de sus cenizas vuelve a resurgir. Y ahora imaginen que le cuentan algunas historias de ese imperio que nunca cae, que cambia mucho sí, pero que nunca cae. Si lo hacen ya tendrán una idea general de qué es lo que presentó la editorial Gigamesh en el año 2000 con este volumen. Por supuesto la historia editorial de este libro es más compleja: originariamente no existió este libro, sino dos, que luego la editorial Minotauro reunió. Pasado un tiempo, Gigamesh rescató del olvido este libro y lo ofreció de nuevo al público español. Los once relatos de Gorodischer que trataban sobre ese imperio imaginario se nos ofrecieron de nuevo con toda su riqueza. Yo pude apreciar parte de ellos -porque no llegué a terminar el libro- por primera vez hará una década, allá por los neblinosos tiempos de mi paso por la ESO. Ha llovido bastante desde entonces pero me agrada reencontrarme de nuevo con los relatos que en el pasado disfruté y con otros nuevos, de los cuales algunos me gustaron unos más que otros.

   Como dije, el libro nos ofrece once relatos de los cuales, sinceramente, solo tres me conquistaron. Del resto hay algunos que estuvieron bien y otros que no conseguían remontar el vuelo. Supongo que esto es el pan de cada día de las recopilaciones de relatos: que hay de todo. Los tres que más disfruté fueron Retrato del emperador, Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente y La vieja ruta del incienso. El primero de los mencionados abre el volumen mientras que el tercero lo cierra. El otro está entre medias; es el quinto, para ser exactos. Cada uno de ellos tiene sus grandes virtudes. En Retrato del emperador Gorodischer nos cuenta el resurgimiento del imperio gracias a la curiosidad de un joven que mira y toca las cosas del pasado con interés, descubriendo para su poblado objetos útiles que serán la base para la capital de un imperio rejuvenecido del que él será el primer emperador. Acerca de las ciudades que crecen descontroladamente vira en su planteamiento ya que no es este o aquel tiempo el que protagoniza el relato, ni siquiera este o aquel personaje, sino que es una ciudad, anodina al principio, la que ocupa las treinta siguientes páginas de esta recopilación. Páginas gozosas que transforman las vicisitudes de una ciudad en primera y única protagonista del relato. Un claro guiño a Calvino. La vieja ruta del incienso, por su parte, da fin a esta recopilación quebrando el estilo narrativo de los diez relatos anteriores. Tiene el valor no solo de añadir una nota de color al conjunto precisamente por su ruptura (estilo, diálogos, etc.), sino también por ofrecernos una historia más convencional, con personajes que viven y se desarrollan en las mismas páginas en que se habla de ellos mientras, al mismo tiempo, adereza eso con las historias  de Homero  y un viaje por el desierto que pone a prueba engaños y velos.

   Toda la recopilación, a excepción del último relato, se adapta el estilo propio de los contadores de cuentos, esos trotamundos locuaces que interpelan al público en plazuelas y calles para ganarse el pan. Predomina por tanto una voz distanciada, eso que algunos llaman voz en off, que narra las historias del imperio. Aquella voz predominante que mencionamos es enriquecido con numerosas disquisiciones que añaden humor o giros inteligentes en las frases. También se emplea para estirar tanto como se pueda una frase, haciendo de estas un río con múltiples meandros. La autora, por lo tanto, convierte la enumeración en vicio recurrente... y este vicio, en un buen estilo. Aun así cansa en ocasiones al lector, atiborrado con la información de su prolijo estilo... Y tan solo consigue enmendar esto con una habilidad notable, que envuelve todo en un halo poético, redentor con creces.

   Como broche final les dejo una pregunta que Gorodischer nos deja caer para que la respondan ustedes.
"Pero, ¿qué sería de los anales del imperio si los archivistas nos pusiéramos a fantasear como los contadores de cuentos?"
                                                                            (Kalpa imperial, pág. 33) 


   Mi respuesta es que tendríamos esta magnífica obra imaginaria. Si pueden disfrútenla.



sábado, 8 de abril de 2017

"Rihla" de Juan Miguel Aguilera


   La literatura siempre nos plantea escenarios que pueden estar muy ceñidos a la realidad o muy distantes de ella. Entre los extremos, y hablando de géneros, quizá pudiéramos colocar las ucronías: narraciones que adoptan los contornos de una realidad histórica pero que la rebasan con elementos que le son ajenos. El género en España tiene algunas obras recientes. Me viene ahora mismo a la memoria Alejandro Magno y las águilas de Roma, de Javier Negrete. Otra es la que hoy traigo a colación.

   Juan Miguel Aguilera se ha distinguido sobre todo en España por sus contribuciones al género de la ciencia ficción. Tuve la oportunidad, hace mucho, de leer Mundos y demonios, obra en la que nos dejaba una dignísima space opera donde varios personajes nos mostraban escenarios sorprendentes, con partes de buena acción y alguna idea excelentemente desarrollada. Debo decir que me conquistó. Ahora, que por azares pude toparme con algo nuevo de él he quedado descolocado, desorientado. No tanto por el cambio de un género como porque me he encontrado con una novela algo insulsa... opinión a contracorriente con todo lo que he encontrado en la red donde, en bastantes lugares, se la elogia. Quizá no me pilló inspirado pero como este es mi blog yo voy a dar mi opinión, que para eso es mío.

    Esta incursión literaria de Juan Miguel Aguilera se sitúa en el empequeñecido reino musulmán en España, que lejos de su antiguo gloria, se ve amenazados en sus fronteras por los reinos cristianos de la península. Ajeno a esta decadencia se halla la personalidad del personaje principal: un sabio estudioso más afanado en la búsqueda de manuscritos que en los asuntos mundanos. Pero con esto no podemos hacer una novela de aventura así que da la casualidad de que el sabio, de nombre muy largo por cierto (Lisán Al-Aysar ibn al-Barrayan ibn Xahin al-Jatib ibn al-Salmani), encuentra unos textos en planchas de cobres que narran los viajes de un fenicio hacia el nuevo mundo, todavía desconocido para ellos. Es así como el protagonista busca apoyo de otras personas para dirigir una nave hacia el nuevo continente. Este Colón que no sabe manejar un astrolabio da por fortuna con un hombre misterioso que le puede proveer de barco y tripulación. Baba es su nombre. Lo que sigue a esto son las andanzas de la expedición en América donde encuentran las culturas autóctonas y sus costumbres, civilizadas algunas; barbaras otras. Pero eso ya lo irá viendo el lector ya que Juan Miguel Aguilera intenta hacernos más cercanas esas culturas a lo largo del libro. El vehículo del que se vale para ello es Lisán, el protagonista, que compara habitualmente las similitudes y desemejanzas entre su cultura y las recientemente encontradas.

    Esta tentativa de indagar una cultura chirría durante toda la novela. Molesta a los ojos, por ejemplo, cuando emplea monosílabos de la cultura autóctona (beey, ma/ sí, no) de forma abusiva, como si esto fuera a dotar a la novela de mayor capacidad para dar cuenta de estas culturas. Del mismo modo chirría cuando hace equiparaciones entre las cosmologías, haciendo que algún personaje parezca una especie de Michio Kaku entremezclado con un nativo americano de hace cinco siglos. Quizá la razón de este fracaso es que esta es principalmente una novela de aventuras, no una novela que atienda al verismo literario que exige mostrar una nueva cultura. Pero que esto no nos pierda. Como novela de aventuras que es, no hay que pedirle el rigor que quizá deban tener las novelas históricas.

    Fuera de cosmogonías y atavíos con los que intentar dar una profundidad que la novela no tiene, la historia de Juan Miguel Aguilera dispone un tablero donde las piezas enfrentadas no son solo humanas (imperios autóctonos enfrentados), sino también criaturas fantásticas que, a la sombra de las luchas de los hombres, orquestan los acordes predominantes del escenario. Esto no es excepcional pues hay muchas historias que intercalan el conflicto humano con el cósmico. Ambos conflictos los relaciona bien el autor y van juntos de la mano de principio a fin de la historia. Entre ambos introduce algunos elementos, que algunos diremos que son de fantasía y otros dirán que son de ciencia ficción. Depende de cómo se mire. Eso lo tendrá que determinar cada lector.

   Como conclusión, porque no me apetece escribir más sobre este libro, diría que "Rihla" es un producto de entretenimiento bajo en calorías, que se reviste de ucronía, fantasía y divagación científico-religiosa que no es un gran libro porque no logra ser ni una buena ucronía, ni una buena fantasía, ni una buena divagación. 


viernes, 31 de marzo de 2017

"Dionisio areopagita" de María Toscano y Germán Ancochea


   La historia es muchas veces caprichosa y nos hace llegar lo que le apetece. Esto se aplica sobre todo a los textos y autores antiguos, que unas veces son bien conservados, comentados y traducidos y, otras veces, sufren el olvido y hasta la desaparición completa. Hay ocasiones especiales en que poseemos un texto pero no tenemos ni idea de quién lo escribió ni cuándo. Eso es justamente lo que pasa con un conjunto de escritos atribuidos erróneamente a Dionisio Areopagita. 

   Fue aquel un converso seducido por San Pablo, mártir en Atenas. Pero su nombre se conoce más por la persona que se hizo pasar por él y que escribió una serie de escritos con su nombre. De esos textos y de su autor solo se sabe que debieron ser escritos sobre el s. V d. C y por alguien que se hizo pasar por el mencionado mártir. Nada más sabemos. Solo nos ha quedado un corpus junto con su mensaje. Entre sus páginas se entremezcla la filosofía y la religión, siendo de los primeros escritos que consiguen insertar, de forma eficiente, cierta especulación neoplatónica con las Escrituras. El resultado fue muy fructífero ya que proveyó al medievo de una fuente para su cosmología, pero también de unas orientaciones de pensamiento que se desarrollarían ricamente en la cultura filosófica del medievo. La mística, también, le deberá mucho a este autor anónimo.


    El innomido griego al que llamamos falso Areopagita (Pseudo Dionisio) desarrolló elementos que ya estaban presentes en su tiempo, solo que en el contexto de la exégesis bíblica... Las conclusiones a las que llega serán rotundas y hallarán ecos lejanos en la cultura europea, religiosa y laica. Los elementos presentes que manejaba eran propios de Plotino y Proclo, continuadores tardíos de las enseñanzas de Platón. Este, que no sistematizó su pensamiento, sino que lo dejó en una serie de diálogos, no ofreció una visión de conjunto como sí aportarían sus continuadores tardíos. En el contexto de la cristianización del imperio romano el pensamiento cristiano se acerca al neoplatonismo, encontrando un vocabulario y un marco conceptual que le servirá para dar el salto de un discurso meramente religioso a uno discursivo y filosófico. Pseudo Dioniso hace una aportación decisiva en la juntura de ambas corrientes, acercándolas y fundiéndolas en un molde exitoso.

   Los neoplatónicos en sus estudios metafísicos llegaron a la conclusión de que el ser es producto de un principio distinto, que es no-ser. Los inicios de esa tesis tan poco obvia en un principio, se hallan en los discusiones que Platón desarrolla en sus Diálogos, especialmente en La república. Platón llamó a dicho principio idea del Bien. Concluyó que el Bien era el principio de las formas (ideas) y que se diferenciaba de ellas por no ser "ser". Consecuente al principio de Parménides de que lo que "es" puede conocerse, acaba postulando que la forma del Bien, puesto que no es, tampoco puede conocerse. La estructura metafísica, por lo tanto, quedaba dispuesta por un principio incognoscible y del que nada sabíamos. Sobre la base de esto trabajarían los platónicos posteriores y los padres de la iglesia que se sintieron atraídos por estas elucubraciones metafísicas. Pseudo Dionisio no dudó en reconocer, con su mirada cristiana, a Dios donde los platónicos mencionaban el principio del ser. Sobre esta reformulación de los materiales heredados elabora escritos sobre la base de que Dios es incognoscible, innombrable y que no se le puede pensar de ningún modo. Surge así lo que ha venido a llamarse teología negativa: la idea de que más que conocer a Dios por lo que es, se le conoce por lo que no es. Tan solo se le puede aludir de forma negativa: "no es esto...; no es aquello...; tampoco es esto otro...".

   El libro de María Toscano y Germán Ancochea pretende rellenar un hueco en la bibliografía moderna en la que está ausente, por lo general, las preocupaciones sobre el Pseudo Dionisio y su impacto en la cultura. El intento se agradece, aunque el texto muestra carencias importantes tanto en estructura como en contenido. Sobre la estructura solo hay un problema: el libro está hábilmente dispuesto para decir muy poco del pensamiento de este autor. Me explico: de sus doscientas páginas se emplean las 115 primeras para tratar la vida, el contexto y el resumen de algunas obras de Pseudo Dionisio. Además, luego hay otras 20 páginas (págs. 177-205) en las que se trata de algunas obras y autores influidos por el Areopagita. El resultado es que apenas dedica sesenta páginas al pensamiento de este pensador antiguo donde, sinceramente, se dicen generalidades. Aquí es donde entra la segunda carencia: el contenido. Ambas carencias están claramente entrelazadas, pues si no dejas espacio para hablar del tema que te dispones tratar es normal que luego solo tengas tiempo de decir generalidades. Además el libro muestra un poso de manuales, que no es malo per se, pero sí en este caso. Da la impresión de que es el resumen de muchos libros, el resultado de un estudiante avanzado en la materia, más que el de un especialista. Quizá esto se deje ver bastante en alguna parte, como cuando habla de las relaciones entre Sto. Tomás y Pseudo Dionisio, donde se alude a estudios modernos, pero en ningún momento se alude a la obra del propio Tomás de Aquino. No hay que juzgar el todo por la parte, pero es que esta parte se evidencia en otras partes. En conjunto me ha parecido un libro pobre.