miércoles, 9 de noviembre de 2016

"El fuego secreto de los filósofos" de Patrick Harpur


    Un libro que cuenta con una portada de un cuadro de Arcimboldo no puede por menos que atraer la mirada de quien esté en la librería. Si además uno comprueba que el libro resulta ser de Atalanta y su autor es Patrick Harpur sabe que, como mínimo, va a leer algo decente... Al menos es lo que uno puede pensar por la buena prensa que el conde Siruela consigue con cada uno de los libros que publica. No me acerqué yo al libro por su peculiar portada, ni tampoco porque esta editorial lo publicara. Mi encuentro con él se debe mayormente a otro anterior con Harpur: La tradición oculta del alma. Me pareció aquel un libro delicioso, de los que uno devora y siente tristeza al acabar. Por su temática, deslindada de la mayor parte de planteamientos actuales, era una carta de presentación elocuente de uno de los autores que ha conseguido un lugar destacado en el catálogo de Atalanta.

    Pero dejando al margen el modo en que llegué al libro, veamos cómo se presenta. En la contraportada se nos dice que es una historia de la imaginación y promete "sacudir los cimientos de los rígidos mitos que han gobernado en los últimos siglos nuestro universo racional". Contraportada que anuncia a bombo y platillo la genialidad de la obra, sin duda, pero ¿qué nos encontramos al comenzar el ensayo? La respuesta es un conjunto de capítulos más o menos reiterativos sobre ciertos temas que se sostienen en un mismo punto: la llamada a un mundo animista. Bajo esta presentación aparece la actitud irónica de Harpur hablando de los tiempos modernos y cómo estos han escamoteado cierta visión tradicional del mundo. En esa visión tradicional, el universo goza de vitalidad en cada una de sus partes, estando poblada por seres feéricos de naturaleza contradictoria, grandes y pequeños, corpóreos e incorpóreos... Lo que viene a continuación no es una historia de la imaginación. Olvidan, quienes dicen eso, que una historia no se hace con retazos, sino que requiere cierta linealidad, de la cual carece por completo la obra. Pero no es solo que El fuego secreto de los filósofos no sea una historia de la imaginación por su estructura, sino porque como se dice este libro es:

"un rayo de luz difractada cuya fuente (...) proyecta un arco iris más allá de este libro (...)" (pág. 23)
    Una bonita forma de decir que el libro trata sobre la naturaleza de la realidad. Cierto es que la realidad que nos presenta requiere un componente imaginativo pues el mundo, nos dice Harpur, no se agota en lo material. Los seres feéricos no son realidades fácticas, como tampoco los mitos y otros elementos, pero hay que verlos como metáforas que conforman una realidad que va más allá de lo que vemos. Se dice, pues, que hay otro mundo, donde se encuentran los seres feéricos, mientras al mismo tiempo afirma que no existe literalmente -el lector se las deberá arreglar con la aparente o real contradicción-. Perder de vista la realidad daimónica del otro mundo conlleva una serie de circunstancias: pérdida de sentido vital y múltiples enfermedades físicas o psicológicas, etc. Como propuesta y remedio nos sugiere recobrar la antigua visión del mundo que él dice exponer:

"Si queremos cambiar nuestra obstinada literalidad, tendremos incluso que dejar entrar un poco de locura, abandonarnos a cierto éxtasis. Siempre podemos comenzar tratando de desarrollar un mayor sentido de lo estético, una apreciación de la belleza, que es el primer atributo del alma. Por la manera en que vemos el mundo podemos restaurar su alma (...)" (pág. 428).
    Para que no se me tache de forma simplona como escéptico a una visión del mundo animista no criticaré el libro desde fuera, sino desde dentro. No soy contrario a una visión animista de la realidad; sí que lo soy, sin embargo, cuando esta es inconsistente. Daré mis razones al respecto:
  1. La mención al neoplatonismo es algo reiterado en la obra, pero si atendemos a cómo lo trata me surgen una serie de dudas. Al hablar de Plotino, Harpur lo menciona diez veces, de las cuales solo tres nos remite a su obra. El resto de veces o no nos remite a alguna parte de sus Enéadas o lo hace a la interpretación que de él hace James Hillman, un jungiano... Lo cual me lleva a pensar que su lectura del neoplatónico Plotino está corrompida. A Jámblico, Ficino y Pico della Mirandola, como demuestra el aparato de notas, no los ha leído. Proclo ni siquiera tiene mención en la obra. Cabe preguntarse entonces cómo alguien que no tiene conocimiento profundo sobre el neoplatonismo puede hacer afirmaciones tan rotundas como las que hace.
  2. Algunos capítulos son meros resúmenes de otros libros. Por poner un ejemplo, el capítulo XIX, no dice nada que no podamos encontrar en Discarded image de C. S. Lewis. Llega a ser tan grotesco el resumen que a veces no se molesta en cambiar el orden de exposición. Lás páginas 248-249 expresan lo mismo que Lewis dijera en las páginas 99-100 de su libro, incluído, al menos, en la bibliografía de Harpur. Quien se sienta inquieto por esto le animo a comprobarlo.
  3. Hay momentos en que hace atrevidas (y descuidadas) equiparaciones. Veamos una:
"Kant está pensando en la tradición que procede de Platón y que anticipa a Jung. Sus categorías son las relaciones de las formas de Platón y de los arquetipos de Jung" (págs. 307-308)
    En fragmentos como este se ve que establece una equivalencia entre tres aspectos, confundiendo lo que tenga que ver con el fundamento de la realidad (ideas en Platón), con las operaciones que realiza la mente humana (categorías de Kant), con lo que sean los arquetipos de Jung. No es baladí la confusión porque nos lleva a no detectar tres áreas de pensamiento bien diferenciadas como son la ontología (Platón), la epistemología (Kant) o los arquetipos (psicología espiritual de Jung). 

    Estas tres razones (y alguna más) me parece que resienten en no poca medida la consistencia y la argumentación de la obra. Son insuficiencias de las que el libro no se hace cargo y que, creo, desmantelan los buenos propósitos que tuviera Harpur al escribir el libro. De no ser porque el autor tiene un buen manejo estilístico este libro tendría tantas flaquezas que lo convertirían en insalvable. Pero gracias a esto último podemos darle un hueco como rara avis en nuestras lejas.



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