martes, 17 de enero de 2017

"Mesías" de Gore Vidal

 "Muchas actitudes venerables fueron abandonadas y numerosas ¨verdades eternas¨ del siglo anterior, que había arrojado una sombra que parecía venir de un alto peñasco, tan formidable y tan densa era, resultaron, entonces, arena pura, adecuada para construir edificios fantásticos pero perecederos y expuestos al movimiento de las mareas" (Mesías, p. 20-21)
   Siempre he tenido la impresión de que nuestra época en más de algún sentido se puede equiparar a la tardía antigüedad, cuando el imperio romano  todavía era fuerte pero, interiormente, mostraba todo signo de descomposición. Las gentes no tenían ninguna convicción, ni patriotismo, ni confianza. Se dejaban caer, bien crédulas, en cualquier secta oriental que procurara calma de espíritu. Hoy, como en aquel tiempo, vemos proliferar pseudociencias y doctrinas aquí y allá. Todas ellas con unas buenas bolsas llenas y literatura barata que se puede encontrar en cualquier librería. Ya sea psicoanálisis, astrología prostituida (recordemos que la astrología de nuestros días no tiene mucho que ver con la antigua) o autoayuda, mucha gente devora libros, conferencias, va a reuniones y cree firmemente en ideas generales de pseudo saberes.

   Gore Vidal, me temo, pensaba en este paralelo cuando escribió este libro. No en vano el personaje principal, Eugene Luther, escribe una biografía de Juliano el apóstata. El propio Gore Vidal tiene una novela histórica sobre dicho personaje, por cierto. Los dos personajes, Eugene en esta novela y Juliano en la otra, comparten el hecho de partir del mismo punto: un escenario en el que una religión irrumpe y destruye a las religiones y facciones competidoras. Las orientaciones y perspectivas de ambas historias, eso sí, varían de forma considerable. En la novela que nos ocupa nuestro protagonista es un ocioso estudioso, lector de Platón y de los clásicos, que vive retirado del mundo mientras disfruta de la lectura de Dión Casio o algún otro escritor antiguo. La placidez de su retiro se ve estorbada por las reuniones con una tal Clarissa, personaje enigmático del cual poco se nos dice en la novela. Por mediación de ella conocerá a una hermosa joven, de nombre Iris Mortimer. Ambas le harán tomar contacto con una incipiente secta en la que quedará atrapado por las palabras de evidente carisma de su ¨mesías¨, John Cave. 

    Al poco de trabar conocimiento con estos dos personajes, Eugene se descubre a sí mismo seducido por la nueva doctrina, mientras que se da cuenta de que esta también ha conquistado la mente de otras personas. Cuando Cave habla, los demás se sienten arrastrados a su terreno sin poder oponerse. No hay teología, ni doctrinas de comportamiento en esta secta. Cave es un inspirado, no un pensador... Y de ello surge un pensamiento cautivador de masas, pero que no aporta un modo de vida. Quienes le siguen se dan cuenta de ello y deciden extender la palabra de su mentor... mientras añaden alguna otra. Ahí es donde entra en acción nuestro protagonista pues él, hombre culto y de prosapia intelectual, se encargará de dar forma a la doctrina. Escribirá panfletos, diarios, ensayos y hasta diálogos filosóficos. Poco a poco, en torno a la organización surgen personas que son las que verdaderamente sostienen las riendas de la empresa. Se despliega entonces un campo de intereses y relaciones que tienen muy poco que ver con la verdad, con la fe o con cualquier valor y sí, y mucho, con la ambición, el poder y  la inmoralidad. 

    Al leer la novela uno puede caer en el error de pensar que la idea que subyace a toda la narración versa sobre el uso peligroso que se puede hacer de los medios de masas, de la televisión, periódicos y diarios para inculcar una idea, sea esta verdadera o falsa... Y puede que halla algo de eso en la novela, pero no es del todo así. Tampoco tiene que ver con una irreligiosidad, pues en más de algún momento se sugiere la existencia de seres inspirados... pero de cuyas palabras y obras se hace lo que quieren otros. Así, hablando de la doctrina de Cave, en un momento se dice:
"-Sospecho que John es el anticristo -dijo Iris, y vi por su expresión que lo decía absolutamente en serio-. Ha venido a anular todas las iniquidades del cristianismo.
          -Aunque espero que no de Cristo -dije-. Hay cierta virtud en su leyenda, aun corrompida en Nicea tres siglos después." (Mesías, p. 138)

    Despachando esas categorías simplistas no hay duda de que haya que situarla en esa estela de autores de ficción empeñados en indagar la condición humana y sus devenires. Por esto, muchos han situado esta novela bajo la categoría de new wave. Pero esta categoría, atendiendo a la mera cronología, me parece imprecisa. Aquella corriente de novelas de ciencia ficción halla sus orígenes en años posteriores a la publicación de esta novela (1954). Todas estas razones hacen que la novela de Vidal sea rara y de géneros entremezclados, pero con un claro interés de especulación sobre cómo los fenómenos religiosos podrían desarrollarse en nuestras sociedades modernas.

     Sobre la calidad de la obra he de decir que me ha decepcionado. Yo leí con devoción en mi juventud Juliano el apóstata y Creación. Como todo joven que se encuentra con obras notables, me sentí maravillado y tenía un respeto inusual a este autor. Parte de él lo conservo en buena medida, pero Mesías ha cambiado ligeramente eso. El humor cáustico -mi favorito- tiene lugar y no es que el libro carezca de bella narración, pero los personajes son en su mayoría pobres y de algunos acabamos sin saber nada. A eso se suma que a uno le da la impresión de que la novela se alarga demasiado, de que la misma idea se vierte en exceso, que cien páginas menos le hubieran sentado bien a la narración. El final está bien resuelto y causa impresión, pero me he quedado con la sensación de que la novela está coja, de que le faltan elementos para ser una narración sólida. Sin llegar a ser insalvable (ni mucho menos) no la tildaré de gran obra. Como dato curioso diré que Eugene Luther son los dos primeros nombre del escritor, cuyo nombre completo es Eugene Luther Gore Vidal.

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