viernes, 3 de marzo de 2017

"La cultura del Renacimiento en Italia" de Jacob Burckhardt


    A toda obra le cae con el tiempo algún que otro varapalo. Cosas que tiene eso de la edad. Con los libros sucede que o bien caen el olvido o bien se consagran como clásicos. El libro de Burckhardt es uno de los segundos. Este autor suizo pudo escribir en la segunda mitad del siglo XIX una obra que merece ser tildada de monumental. Sus tesis pueden haber sido superadas, pero nadie ha sabido abarcar la época con la habilidad con que él mostró un tiempo pasado. Sobre la montaña de datos que acumula su obra se erige una voz que clara, nítida, que ha sabido sobrevivir más de un siglo... Y lo que le queda. Entra así de facto en la categoría de obras como El espíritu protestante y el capitalismo, de Max Weber, o de La decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon.

    La obra, terminada en 1860, quedó estructurada en seis partes que se ocupan de tres aspectos principalmente: las relaciones entre rasgos del Renacimiento, a saber, el estado, la cultura y la religión. Esas tres esferas son las plataformas privilegiadas desde las que Burckhardt partió para mostrar varios hilos discursivos que dan cuenta del aquel tiempo protagonizado por grandes latinistas, artistas y filósofos. Y es precisamente ese elenco de grandes personalidades a las que hace presente el autor... Lección de la que deberían aprender, en mi modesta opinión, algunos historiadores, enfrascados más en las interpretaciones modernas de compañeros que en la lectura de las fuentes primeras. Merced a estas fuentes crea una tupida gama de relaciones; el nacimiento de la subjetividad con sus nuevas formas de expresión y modos de relacionarse. Que nazcan obras como Trattato del governo della famiglia de Agnolo Pandolfini, Il galateo de Giovanni della Casa o Il cortigiano de Castiglione no es casualidad. Todas ellas, juntos con las biografías de Benvenuto Cellini o Girolamo Cardano, expresan un cambio profundo en la manera en que el individuo se examina y concibe a sí mismo. El ideal del caballero medieval da paso a nuevos prototipos y formas de conducta. La esfera íntima, el modo adecuado de vivir, de actuar, el cómo hablar o la familia se convierten en trasunto de reflexión. Meditación, eso sí, orientada al amparo de la cultura latina que vive una exaltación en este tiempo. Ovidio, Virgilio y otros muchos poetas son leídos e imitados... porque eso que se suele decir de que el Renacimiento da la espalda a las autoridades y piensa "por sí mismo" es una falsedad. Da la espalda a los medievales y su forma de entender el mundo, pero solamente para abrazar la de los latinos. Esto no es librarse de una autoridad, sino someterse a otra.

    En vistas a lo arriba comentado se comienza en los pequeños y grandes principados y repúblicas de Italia a crear bibliotecas con nuevas ediciones de los escritos antiguos. Además, aprovechando la decadencia y caída de Constantinopla, Italia da acogida a los sabios bizantinos. Argirópulos, Crisoloras, Jorge de Trebizonda se convierten en adinerados profesores de griegos y en traductores de autores vedados al pensamiento medieval. La biblioteca Vaticana, la Laurenciana y la veneciana conocen en este momento un notable aumento con los más nobles ejemplares. Así se nos dice del incremento de algunas de ellas:
"En las copias para grandes señores el material era siempre pergamino y la encuadernación era, uniformemente, tanto en la Vaticana como en Urbino, de terciopelo carmesí, con guarniciones de plata. Teniendo en cuenta esta actitud espiritual, que testimoniaba la veneración por el contenido de los libros con la presentación más bella posible y los más nobles materiales, se comprende que la repentina aparición de los libros impresos fuera recibida al principio, con desagrado. Federigo de Urbino ¨se hubiera avergonzado¨ de poseer un libro impreso" (La cultura del Renacimiento en Italia, p. 152)
   Toda esta parte dedicada a las bibliotecas, adquisiciones, traducciones y obras creadas ingeniosamente en esta época es, sin duda, la que más acaparó mi interés. Le sigue, de lejos, las consideraciones sobre el estado como obra de arte, que nos revela un mosaico de reinos, los de Italia, que eran incapaces de vivir en paz y que, avocados a sus continuos vicios guerreros, atrajeron la ruina sobre sí al dejar que los franceses intervinieran en sus asuntos. Italia perdería, de este momento en adelante, la iniciativa cultural que ostentaba desde hacía tiempo. Señala Burckhardt en repetidas ocasiones la influencia negativa que en esto tuvo la presencia española en la península italiana. Abomina del buen honor castellano cada vez que lo menciona. Su hispanofobia, como otros puntos del libro han quedado muy atrás... Y como fruto del pasado hay que verlos. La irreligiosidad de la época de la que habla ha sido también muchas veces matizada por historiadores del período (Kristeller, por ejemplo). Esto, junto a las carencias de la obra en terrenos científicos o filosóficos, nos dejan una obra que se sostiene en su conjunto, pero que ha sido superada en cada uno de sus aspectos singulares. El retrato que Burckhardt nos presenta le ocurre algo así como a Hegel con su filosofía: última gran síntesis, visión totalizadora que, sin embargo, en cada área particular ha sido superada, mas no en conjunto. Del mismo modo que no ha habido síntesis mayor que la del filósofo alemán no ha habido, hasta la fecha, mejor retrato general del Renacimiento que el que Burckhardt nos dio.


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