viernes, 17 de marzo de 2017

"Las naves de la magia" de Robin Hobb

     Tochos, tochos, tochos... En el mundo de la fantasía parece que últimamente si no haces un libro que sea de tamaño similar a un ladrillo has trabajado para nada. Martin nos tiene más que aleccionados desde que empezó con su famosa saga Canción de hielo y fuego, ahora televisada con éxito. Robin Hobb parece que decidió hace mucho no quedarse atrás en esta empresa. Recuerdo la trilogía del Vatídico que devoré en un caluroso verano, cuando las vacaciones del instituto le dejaban a uno tiempo. Era una serie larga de seis libros, en realidad tres, con letras diminuta y que excedía las 1500 páginas. La recompensa, eso sí, merecía la pena, pues había bastante calidad en ellos y un intrigante, aunque austero, uso de la magia. Desde entonces, no he vuelto a leer nada de esta autora; y cuando compré la nueva trilogía, Las leyes del mar, la dejé intacta en las lejas hasta hace algo más de un mes... Porque sí, me ha costado un mes y una semana este ladrillo de más de seiscientas páginas con letra más bien pequeña. 

    La nueva trilogía sigue ambientada en el mismo mundo que nos ilustró Hobb en el Vatídico, solo que en otra parte. No me he molestado demasiado por consultar exactamente dónde. Sea como fuere, el escenario que se nos plantea guarda algún rasgo en común con la trilogía anterior: un reino o reinos comerciales cuya situación es apurada. En este caso no son los seis ducados, sino una ciudad fundada por colonos de Jamaillia. De aquella ciudad partieron todos aquellos que se hicieron a la mar en busca de tierras y riquezas. El gobernante de la ciudad garantizó que cuanto encuentraran sería suyo, pero sin olvidar de dónde venían y que debían guardar ciertos lazos con la capital. Los colonos llegarían a instalarse en una zona boscosa, que lindaba con un río, el Pluvia.

   Allí consiguen hallar muchos productos con los que hacer objetos maravillosos y de fantasía. Pero no todo podía ser bonito: por algún motivo la gente muere. En poco tiempo, y con consternación, la mayoría de ellos deciden trasladarse a otro lugar, donde no pueden tener los productos maravillosos que allí se encuentran, pero al menos consiguen conservar la vida. Se funda así Mitonar, ciudad comercial que guarda lazos y rutas con los colonos que decidieron no irse con ellos y que se afincaron de forma definitiva en el río Pluvia.

   Hay bastante historia de trasfondo, como se puede ver, pero Hoob nos la va desgranando. Espacio tiene, desde luego. Mientras ese trasfondo nos va resultando conocido, también nos llegan a resultar familiares un plantel de personajes. Hoob se decanta por un coro de voces para ir presentándonos distintos lugares y situaciones, para hacer más rico y real este archipiélago y sus gentes. La mayoría de ellos forman parte de una familia comercial, los Vestrit (Althea, Ronica, Keffria, Malta, Wintrow). Otros están directamente relacionados con ellos (Kyle Haven, Brassen). Tan solo hay un personaje en toda la historia que no guarda relación alguna con aquellos: Kennit, aguerrido pirata de aviesas intenciones, con más suerte que morro ( y de morro va sobrado, créanme).



    Todos son piezas hábilmente conducidas, hábilmente esbozadas de principio a fin, en el juego de tablero que la autora va construyendo. Hobb los trata como ya nos había enseñado en el Vatídico: a palo y mamporro. Eso, y el formato de folletín, inflan el libro con muchas historias, cambios de rumbo y circunstancias. Todas estas nos distraen del núcleo de la historia, que ya se intuye en el primer tercio del libro. Esto no creo que se pueda contar precisamente como una virtud en el libro, pero no seamos injusto, que no siempre nos tienen que sorprender para darnos una buena historia. Aunque el factor sorpresa no sea el fuerte de la novela, contamos con un buen desarrollo de los personajes

   Quizá uno de los problemas de este libro sea que como novela fantástica no llega a ser lo suficientemente sugerente. En la saga del Vatídico consiguió captar mi atención con "la habilidad", que creo que era así como llamaba a la magia. En esta nueva trilogía se prescinde de ella para dar privilegio a otros rasgos fantasiosos, como son embarcaciones vivas, con capacidad de juicio, con carácter. Como veremos en algunos momentos estas naves tienen más humanidad que la fauna humana que pueblan estas páginas. Agudamente nos presenta Hobb esta paradoja cuando cargan una de esas embarcaciones con esclavos y esta siente consternación por las aflicciones de los pobres desgraciados. Aquí se nos dice:
"A veces pensaba que debería limitarse a ignorarla cuando hablaba, como si fuera una de las esclavas implorando clemencia. A veces, en cambio, pensaba que tenía el deber de escuchar sus delirios y temores infundados. Porque lo que había llegado a considerar locura era la incapacidad de la nao para ignorar la miseria contenida en sus bodegas. Él había instalado las cadenas, había traído los esclavos, con sus propias manos había encadenado a los hombres y mujeres en la oscuridad bajo las cubiertas que pisaba. Podía oler el hedor de su confinamiento y oír sus gritos. Quizá fuera él el que estaba realmente loco, pues de su cinto colgaba una llave y no hacía nada." (Las naves de la magia, pp. 582-583)
   Quitando el elemento de las naves animadas, nos queda la incógnita acerca de los colonos que permanecieron en el río Pluvia, de los cuales está por desvelar casi todo. En el primer libro, al menos, se nos dice más bien poco. Se nota bastante que este tomo es el inicio de una larga jornada que está pendiente de desarrollarse. Le falta garbo y autonomía, en mi opinión. Su estilo literario es bastante bueno, tengo que reconocerlo, pero el libro no me ha engatusado.

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